CARLOS GARRIDO
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Sólo se produce durante unos pocos minutos. Y casi siempre te coge desprevenido. Sin embargo, supone una de las metamorfosis más interesantes de la realidad urbana. Una verdadera transubstanciación. Los partes del tiempo deberían informarnos de su inminencia, para no perderlos. Son esos momentos de luz mágica, en que los rayos se llenan de una materialidad extraña, como si fuesen panes de oro. Suelen producirse con cielo muy nublado, cuando el sol atraviesa el aire límpido después de lluvias y ventadas. La oblicuidad de la iluminación, unida a las condiciones atmosféricas, convierten la luz en un pincel.
En esos momentos únicos, la piedra adquiere unas coloraciones increíbles. La Seu, por ejemplo, puede pasar del ocre al dorado, consumirse en carmín y terminar en tonos cárdenos, casi morados. Los campanarios como el del Santa Eulàlia adquieren de repente una fastuosidad fuera de toda medida. Los arcos, los pináculos, las gárgolas, parecen repintadas, esculpidas sobre metal en plena fundición. No sabes qué es más pictórico si las luces, esas superficies coloreadas, o las sombras. Porque incluso el no-color, la falta de luz, se aterciopela en silencio. Igual que si se negara a perder protagonismo.
A veces te gustaría hacer un pantone de esos anocheceres espectaculares. Fijar para siempre la calidez que adquiere el marés, la piedra viva, la frondosidad esponjosa de los árboles, la transparencia de los cristales cuando reflejan esas nubes azuligrises casi acuareladas.
Esté donde uno esté, la ciudad adquiere una característica casi sobrenatural. Todo parece hermoso, deslumbrante, como una capital de cuento. Y sólo dura de cinco a diez minutos a lo sumo. De manera que no sueles tener tiempo de trasladarte a un lugar alto, de hacer fotos, de perseguir esa ciudad quimérica que va dibujando la fosforencia gótica del atardecer. Hay un momento en que el color pierde tersura, se apaga por dentro. Y en dos suspiros ya se ha desmayado. Ya ha perdido fuerza. Llegan los tonos opacos y se hace de noche sin remisión.
Como decía Nietzsche: "La noche ha llegado, perdonadme que la noche haya llegado".