La familia Homar. Propietarios del estanco homar
LOURDES DURÁN. PALMA.
La sombra del indiano Pedro Juan Soler es alargada. El estanco que adquirió en 1923 a los Arbona, una familia acomodada de Palma que lo regentaba desde 1898, sigue latiendo en el corazón de la calle Sindicat. Lo mueven Miquel y Gori, biznietos de aquel mallorquín que hizo fortuna en Buenos Aires. Antes que ellos, su padre Pedro y su tío Lorenzo se afanaban por hacer del humo su negocio, heredado del yerno del idiano, Miquel Homar.
Los tiempos no son aptos para las virutas de los cigarrillos. La aplicación de la normativa que prohibirá fumar en restaurantes no parece preocupar al primogénito Miguel. "Sindicat es una calle muy comercial, y si Vuitton ha montado aquí uno de sus negocios, significa que lo ve rentable, ¿no?"
El padre, ya retirado, no deja de deambular por el estanco. Ciento sesenta y ocho metros cuadrados de una abultada página de su vida. Entre los tres Homar fuman dos paquetes diarios.
"La crisis la notamos relativamente, claro, pero cada día compran en el estanco 1.000 personas, sólo que el margen que deja la venta de cigarrillos es muy pequeño. El tabaco paga la Seguridad Social de este país", apunta Gori, el benjamín de esta saga de negociantes.
Además de cigarrillos, en el estanco se venden "cada vez menos", encendedores de marca. "Desde que salieron los mecheros bic, fue la ruina", comenta el patriarca. Aún sigue trabajando con ellos Pepe López, treinta y siete años despachando y, sobre todo, reparando encendedores. En Homar también trabaja Marina, la última en apuntarse a este espacio que es un eco del barrio.
"Por aquí han pasado Xesc Forteza, Bonet de Sant Pere, Bonet de ses pipes, su hijo Joan", quien justo asoma por el negocio. Se entabla una pequeña tertulia. "Muchos de nuestros clientes se han convertido en amigos, vienen, charlamos un ratito y luego se van. Hasta otro día", comenta Gori Homar. Su padre, aunque ya jubilado, es quien atesora más memorias del lugar, del barrio, de cómo se vivía antes en una de las calles más comerciales de Palma.
"Empecé a los 13 años. Miraba cómo trabajaba mi abuelo, y le imitaba. En aquellos años se vendía tabaco con los cupones de racionamiento, ¡cosas de la guerra!", rememora Pedro Homar.
"He visto como han desaparecido tantos negocios de la calle, tantos cambios de locales, recuerdo que aquí estaban la Granja Mallorquina, La Valenciana donde Miquel Frau de ´las neveras´ hacía helados... Lo que nos ha hecho daño no son las nuevas leyes ni nada. Han sido las grandes superficies", señala el patriarca Homar. De regreso al pasado, señala que "hace 50 años, cuando entre los payeses de la isla bajaban a la plaza a vender sus productos, aquí hacíamos trueque".
Cuando tan sólo era un aprendiz, la familia le encomendó la compra del material, "en Tabacalera, que estaba en la calle General Goded, ahora Palau Reial; al principio iba en bicicleta con un carrito para transportar el género, después me hice con una moto y ya cuando pasé al mostrador, el tabaco lo traía un carretero con un burrito". Pedro Homar recuerda que aquellas cajas de madera que contenían el preciado botín, eran después devueltas. "Las cerillas las comprábamos en la Cuartera", añade.
El grueso del negocio de un estanco en la postguerra española estaba en el papel timbrado. Cualquier documento debía ir acompañado de aquella especie de sellos. "A la Tabacalera les teníamos que pagar por adelantado. Recuerdo un día que vino un cliente con papel timbrado por valor de un millón de pesetas, empecé a sudar porque cómo íbamos a adelantar por semejante cantidad..."
Pedro Homar atesora historias de contrabando, "recuerdo a la señora del Born de Ca la eivisenca... ,y de cómo la policía también vendía. El precio del tabaco rubio en estanco era 5 pesetas y 2, si lo conseguías de estraperlo. A veces llegaba una partida grande de tabaco decomisado, y la cola llegaba hasta la otra esquina". "Sindicat fue un barrio tranquilo, con su ambiente de señoras de servicio y todo eso. Vender tabaco aquí, ha sido una lección de vida", asegura Pedro Homar.