MIGUEL VICENS
Cerrar una plaza en Sant Sebastià sucediendo en el escenario al grupo o solista cabeza de cartel es un mal trago. El artista empieza su actuación con un puñetazo en la autoestima, una desbandada general de público que provoca un enorme vacío junto al escenario, un agujero negro en lo que sólo unos minutos antes era una marea humana entregada. Y, por si fuera poco, se ve obligado a dedicar sus emocionados bises a la brigada más madrugadora de Emaya que, manguera en mano, espera el final de la última canción para devolver el lustre al pavimento después de la batalla y para recordar al personal que ni las mejores noches de la historia son eternas. Es el problema de celebrar en la fiesta del patrón más conciertos que en el resto del año. Las actuaciones se acumulan. No hay manera de verlo todo a la hora. Y en cuanto un concierto se retrasa, demora a su vez a todos los que le siguen, castigando al último de la fila a componer una canción triste para el coche escoba.