CARLOS GARRIDO
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Las ciudades no siempre son agradecidas con poetas y escritores. Mientras que otros personajes públicos gozan de mayor favor popular, los hombres de letras pasan fácilmente al olvido. La gente acaba conociéndolos, en el mejor de los casos, por el nombre de la calle en la que viven. Sin saber nada, por otro lado, sobre quién fue o por qué mereció tal honor.
Tal vez sea por esa razón por la que me gusta dar un paseo por la Ciudad de los Escritores. Se trata de una zona cercana al Conservatorio, en la barriada del Amanecer, donde con el tiempo se han ido rebautizando calles con los nombres de gente de libros. Puedes caminar por el recoleto Carrer de Josep Pla, compuesto a base de casas bajas, chalets, árboles, en medio del silencio y la tranquilidad. No tienes que andar mucho para llegar al Carrer de Pere Quart, seguir hacia el de Carles Riba, perderte por la calle de Salvador Espriu, desembocar en el Carrer de Joan Rosselló de Son Fortesa.
Pero si resulta poético dejarte llevar por esa geografía urbana tan evocadora, casi como una enciclopedia convertida en callejero, todavía lo es más cuando se trata de escritores a los que de un modo u otro has conocido.
Se hace raro por ejemplo entrar en el Carrer Guillem d'Efak, cuando uno lo recuerda como si fuera ayer mismo. Fumando en los bares con su camisa blanca y sus gafas de concha. O mirar la placa del Carrer Llorenç Moyà. Aquel personaje singular, enjuto y pequeño, con sus gafas y sus gestos de gato. Me lo cruzaba muchas veces por el Carrer de la Concepció. O lo encontraba en el autobús del aeropuerto, mirando por la ventana con aquella mirada tan complicada que tenía.
Uno se pone contento al llegar al Carrer de Damià Huguet. Hablamos tantas veces, cuando él ejercía de corresponsal en Campos de este diario. Siempre tenía algo que contar, llamaba por teléfono.
Era una persona accesible y nada engreída. Y ahora paseas por su calle.
Lo mismo que el inefable Joan Bonet. Tiene una calle muy extraña. Con clubes de petanca y la mitad de casas bajas y la otra un descampado. Creo que a Joan, con el que siempre quedábamos en el Pub Duska donde se fumaba unos cuantos pitillos clandestinos, le habría inspirado una secreta ternura. Pasear por esa zona de Palma es como tomar un café con todos ellos.