JOAN RIERA
RIERA.DIARIODEMALLORCA@EPI.ES
Las ruinas de lo que fue la fora vila palmesana se encuentran entre la carretera de Sóller y el camí de Passatemps, muy cerca de la rotonda del polígono de Son Castelló. Las ruinas de la fora vila o, al menos, uno de sus símbolos.
Apenas cuatro paredes. Muros construidos con una mezcla de cal y tierra, siguiendo ancestrales técnicas de construcción de los lugares donde escaseaban el ´marés´ y la piedra. Las esquinas están reforzadas con caliza tallada. En mi memoria aparecen unos arcos que hoy han desaparecido, si es que alguna vez estuvieron allí. Una línea de alta tensión sobrevuela los restos desmoronados. Donde un día los amos llevaron la vida placentera del campo mallorquín, hoy crecen las chumberas y la maleza. Donde se criaron cerdos y gallinas, no hay ahora ningún signo de vida animal.
Miles de coches pasan por la cercana carretera de Sóller a unos metros de las ruinas de Son Llorenç. La mayoría de los conductores ignoran qué son esas paredes derruidas, probablemente ni siquiera se han percatado de que están ahí. No debía suceder lo mismo un siglo atrás, cuando Mallorca aún era una sociedad eminentemente agrícola. Es fácil imaginar el paso lento de los carros. Los carreteros levantaban la mano para saludar a los moradores de Son Llorenç, mientras estos continuaban echando maíz a las gallinas o segaban la cosecha.
Entre Son Sardina, sa Indioteria y el Secar de la Real. En 1846 Son Llorenç era propiedad de Margarita Castelló y su colono se llamaba Bartolomé Fullana, según documenta Gaspar Valero, en su libro Els noms de fora porta de la Ciutat de Mallorca.
Hoy las casas son una ruina. La finca fue acechada primero por la expansión de la ciudad tras el derribo de las murallas. Después llegaron el polígono industrial de Son Castelló y la urbanización de Son Bessó. Las tierras aledañas también fueron parceladas y edificadas. Si hace unas décadas Son Llorenç era un campo más en los alrededores de la ciudad, hoy no queda ni un metro verde entre lo que resta de la finca y las avenidas.
Las ruinas son símbolo de la muerte de la fora vila palmesana, vencida por el avance imparable de la ciudad. Palma lleva siglos siendo capital, pero hubo un tiempo en el que tenía campo y huerto. Hoy, la actividad agraria y ganadera apenas se mantiene en es Pil·larí. Son Llorenç hace tiempo que perdió la batalla.