CARLOS GARRIDO
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Una cosa es el típico "culo de mal asiento" y otra muy distinta el "mal asiento de culo". Algo que encontramos en numerosos lugares de paso y establecimientos públicos. Muchos sabrán a lo que nos referimos si piensan por ejemplo en los asientos dispuestos en diferentes locales de la sanidad pública. Hay hospitales que tienen en la salas de espera de urgencia unos asientos de metal puro y duro con una especie de retícula, más propia del infierno del Bosco que de un establecimiento asistencial.
Y qué decir de muchos de los ambulatorios, con esas sillas de plástico duro, triangulares, incómodas y estrechas. Donde si uno entra sano ya se empieza a encontrar mal a los quince minutos de espera. Como si esa anti-comodidad fuera una especie de preparatorio de futuros males.
O, sin ir más lejos, los asientos por llamarlos de alguna manera, de nuestros trenes. Menos mal que los recorridos resultan cortos, porque en caso contrario saldríamos tan encorvados como Groucho March cuando fuma puros.
Esa evidente contradicción entre el carácter descansivo, acogedor, que todo asiento debería llevar implícito con la cruda realidad nos da mucho que pensar. Una primera hipótesis es que los diseñadores sean tan-tan-tan malos que produzcan sillas insentables o asientos inasientables. Es decir una pura "contradictio in terminis" aplicada al descanso gluteal. En ese caso, los colegios profesionales de diseñadores de sillas deberían de hacer un pensamiento y poner en marcha cursos de formación para postgraduados con carácter urgente.
La segunda hipótesis resulta todavía más extrema. ¿Y si han sido colocados a propósito? ¿Y si la finalidad buscada es que la gente tenga ganas de salir corriendo cuanto antes? Tampoco se explica, porque dudo que nadie quiera estar en las salas de espera de urgencias o de los ambulatorios por su gusto. Y pobre del que se baje demasiado pronto del tren.
Mucho me temo que lo que se busca ante todo es el aspecto, el diseño, la decoración. Y como en tantas otras cosas de nuestra civilización, la forma acaba sustituyendo al fondo, el aspecto a la función, la excusa al contenido.