CARLOS GARRIDO
WWW.CARLOS-GARRIDO.COM
En el mapa de las emociones, los olores juegan un papel muy importante. Sin embargo, a nadie se le ocurre hacer una ruta olfativa por la ciudad. Cuando es una de las realidades más interesantes, y sobre todo una de las formas más intensas de conectar con el pasado. Los olores de la Palma antañona no tendrían que ver casi nada con los de la actual. Entre otras cosas porque en la ciudad de nuestro tiempo hay muchos menos olores.
Uno de esos aromas inconfundibles es el de las herboristerías. Recuerdo que, de niño, podía adivinar la presencia de la tienda de hierbas a mucha distancia. Sus efluvios perfumados llegaban claramente hasta el otro extremo de la manzana. Me sorprendía la aparente paradoja entre la magnitud del olor y lo poca cosa que era la tienda. Un local muy pequeño, con unos escaparates llenos de potes de hierbas secas, saquitos con una inscripción escrita a mano: "Para la tos", "cura la diarrea", "diurético".
Siempre me fascinó aquel espectáculo. Sobre todo por esa emanación tan majestuosa. Un olor que por un lado te recordaba el campo, las hojas secas, los márgenes del río, el bosque. Pero que por otro lado tenía la reciedumbre de lo medicinal. También olía a preparado, a medicina, a intervención humana. Era por lo tanto una mezcla mágica de lo natural y lo humano, de lo silvestre y lo racional.
Aspiras profundamente el olor de una herboristería y te parece que ya te encuentras un poco mejor. Es como si esa quintaesencia te llegara hasta el fondo de los pulmones, te dilatara el alma, entrara por tus poros, y cambiara el color de tus humores internos.
Las herboristerías deberían de estar protegidas. Porque son como las tiendas de especias. Un negocio que no sólo vende, sino que sobre todo regala. ¿Cómo sino podrías aspirar esas esencias de hierba, esos vapores, esos recuerdos encriptados que nos despiertan?
Los olores no tienen precio. Y eso que lo valen todo.