R. GALÁN. PALMA.
La idea del reportaje era comprobar in situ una denuncia vecinal sobre el abandono que sufre el edificio situado en la calle Joan Maragall. Allí acudimos ayer al mediodía el fotógrafo, la redactora y el administrador de la comunidad de propietarios de la finca de pisos que hay justo enfrente, Francisco Sánchez, a instancias de éste último.
El domingo este periódico publicó que los arquitectos advierten de la necesidad de realizar un mantenimiento periódico para que el inmueble no se deteriore y que, tal como indicó Cort, un celador inspecciona el exterior. Tras leer esto, el portavoz de la citada comunidad acudió al día siguiente al diario para criticar que allí no iba nadie a vigilar, "sólo hay prostitutas y drogadictos, principalmente los fines de semana, que dejan todo lleno de suciedad". También destacó que hay un cristal roto por el que se puede acceder al interior y que ha visto gente allí varias veces.
Cuando escribes noticias municipales, los vecinos son una fuente inagotable de información sobre asuntos como la dejadez en el mantenimiento de una determinada zona o las molestias que otras personas provocan y que dificultan la convivencia. La visita de Francisco Sánchez parecía el inicio de una noticia más sobre estos casos, como por ejemplo el llamado edificio Flex u otros inmuebles abandonados de Ciutat. Quedamos ayer con el ´guía´ y dimos una primera vuelta por el exterior y la zona del aparcamiento. Efectivamente, allí había porquería de todo tipo. Los preservativos y jeringuillas confirmaban la presencia de meretrices y toxicómanos.
La subida al primer piso
Al llegar a la entrada principal, oculta por las vallas de las obras de la primera línea de Llevant, nos introdujimos fácilmente por el cristal roto de la puerta, pintada con grafitis. El elegante recibidor estaba lleno del típico polvo blanco procedente de los extintores, pero como no había grandes destrozos, subimos a comprobar el estado del primer piso, la planta noble.
Apenas hubo tiempo de fotografiar las pintadas hechas en los paneles de madera que cubrían las paredes, porque justo a la izquierda de las escaleras, en el interior de un despacho abierto y con vistas a la calle Joan Maragall, había una persona en el suelo. Estaba boca arriba y, sin acercarse mucho, parecía que estaba durmiendo, por lo que decidimos irnos de inmediato. Pero los remordimientos de conciencia sobre si podría haberle pasado algo pesaron más y regresamos enseguida. Las sospechas sobre su muerte hicieron el resto.