CARLOS GARRIDO
WWW.CARLOS-GARRIDO.COM
Hasta no hace tanto tiempo, Sa Riera era un lugar salvaje. La parte conocida como ´sa Riera baixa´ que entra a la ciudad por el Tirador, ya ha sido domesticada. Tiene un lecho de cemento, unas terrazas. Constituye un enclave extraño, por donde a veces surgen operarios vestidos de pescadores de truchas, que en realidad limpian el cauce de tanta planta cabellosa y ondulante. El agua se acascada con desigual fortuna. A veces majestuosa y potente. Otras, meliflua, ridícula.
Pero todavía podemos conocer cómo era aquel torrente donde se abrían cuevas y oquedades, habitadas por indigentes o cordeleros. Donde el agua se remansaba formando ´gorgs´ que en ocasiones tenían cierta profundidad. En los que, cuando llegaban los meses estivales, los chicos iban a bañarse. Una Riera rodeada de vegetación, con rincones cubiertos por una sombra perenne. Adonde iban a parar los desperdicios más variados.
Buscar esa Riera ancestral debería de ser tarea de todo buen ciudadano. Puesto que ese curso de agua estrambótico y manso a veces, furioso y debelador otras, forma parte de nuestra geografía.
Cuando acaba el Parc de sa Riera, se acaban los aderezos civilizados. Y si uno prosigue remontando el curso, se va encontrando de nuevo con lo que fuera la Riera. Un sustento de piedra, guijarro y arenilla. Matorrales tupidos a los lados. Basura a veces enigmática. Charcos y hoyas. Pero sobre todo la sensación de circular por un sitio absolutamente desierto.
La sensación llega a ser espectacular bajo la Vía de Cintura. Allí rugen los coches de forma constante. Producen un sonido ensordecedor y sin sentido. Como de algo que empezara una y otra vez sin decidirse a acabar jamás. Y en contraste con esa música de modernidad, los meandros oscuros, las paredes llenas de pintadas, los olores a fronda, las cabañas ocultas de algún ´homeless´.
Allí duerme todavía el espíritu de la vieja Riera de otro tiempo.