Infraestructuras. Protestas ciudadanas por las obras
F. HORRACH. PALMA.
Menudo revuelo han levantado las palabras del regidor de Infraestructuras, Francisco Donate, entre vecinos y comerciantes de la calle Blanquerna. "La planificación de las obras es modélica", titulaba ayer DIARIO de MALLORCA de su entrevista. "Pues aquí no han coordinado nada", se quejaba Julia P., propietaria de una frutería. Tras hormigonar en junio, hace tres semanas sufrió un taladro cuatro horas buscando una cañería. Por la tarde se habían equivocado y le hicieron otro al lado. Otras cuatro horas de estruendo. "Y todavía tengo los agujeros frente la tienda", denunciaba.
Convocados en mitad de estas obras, uno a uno los afectados exponen su caso. Deciden no dar su apellido. Ellos hablan como colectivo, que crece a medida que más personas se acercan al grupo. "Tardan demasiado". "Levantan el mismo trozo tres y cuatro veces". "Es brutal toda la calle de golpe", son algunos comentarios que se escuchan.
Entre ellos, Miguel Ángel E. aparcó su furgoneta sobre tablones frente a su tienda de informática . Al apearse, el vehículo se cayó dentro de la zanja. "Vaya seguridad. Esto es un desastre"; o Carmen C. quien un buen día se encontró vallada la entrada de su tienda. "Era una jaula. No entré hasta que me quejé al responsable", recordaba.
Esta sensación caótica crispa a unos comerciantes que han reducido caja entre el 30 y el 70 por ciento por culpa de este proyecto. "Menuda planificación", acusaba Angels V., que explica que si no llama a Emaya los desechos se acumulan en los contenedores durante días frente a su mercería. "Y encima los obreros me los pusieron un día obstaculizando la puerta", rememoraba. Peor problema ha tenido Juan R.. Al subir la cota del suelo se ha sobrepasado la entrada de su estanco. "¿Cómo quiere el escalón? Me preguntó el jefe de obra. ¡A mí qué me cuenta! Lo que quiero es un papel con la responsablidad por si se me inunda el local cuando llueva", avisaba.
Los residentes también padecen muchos sufrimientos, desde regar poco para el polvo, hasta ruido de obras a las 7,00 de la madrugada. Pero los hay peores. Isabel E. un día se encontró que para salir de casa debía cruzar una zanja sin pasarela. Al dar el salto sus zapatos se clavaron en el hormigón recién puesto. "Menuda trampa. Una persona mayor se hubiera matado". Y a Clara M. no le dejaron sacar el coche de su aparcamiento privado en dos ocasiones, perdiendo su cita para el médico. "Al día siguiente me llegó el aviso", reprochaba sobre este desconcierto. "Cada día nos cambian los pasos para viandantes", censuraba Petra V.. "Y si no sabes por dónde pasar, los obreros te ponen mala cara. Tengo ciática de moverme con las bolsas de la compra", lamentaba.