CARLOS GARRIDO
El Carreró de l'Ermità es uno de esos rincones donde el silencio tiembla con el menor batir de alas de paloma. Casas ensimismadas, paredes llenas de sombra y humedades. Cualquier presencia humana resulta sobresaltante, inesperada. Quizás por los recuerdos que guarda.
En el antiguo local de la Blanqueada, que tantos recordarán por su piano, sus velas y sus mojitos, transcurrió una parte de esta historia. En los años 40, allí funcionaba una taberna llamada Peninsular. Era propiedad de Pedro Tudurí, quien lo alquiló a un matrimonio para que la explotara.
Tudurí vivía de una tintorería situada cerca de lo que hoy es el bar Dry, en el Carrer Bonaire. Un rincón que antes de la reforma del plan Alomar se llamaba pasaje Hort d'en Moranta. Un día de 1945, el matrimonio que llevaba el Peninsular desapareció. Tudurí, que estaba en tratos con ellos para venderles el local y ya había cobrado unos plazos, declaró que se habían separado y regresaron a Barcelona, de donde procedían. Pero como no aparecían en la lista de los pasajeros, la policía sospechó. Al final se descubrió que Pedro Tudurí discutió con el marido por tema de dinero y le mató golpeándole con una barra de hierro. Luego avisó a la mujer de que viniese a la tintorería para hablar. Y también la mató. Tras descuartizarlos, los metió no sin gran esfuerzo en el horno a vapor de la tintorería. Adonde, por cierto, también había ido a parar un socio suyo con el que también discutió y corrió similar suerte.
Detenido en 1947, ´en Tudurí´ se convirtió en un personaje de leyenda. Una historia buñueliana. Fue condenado a muerte y, manifestándose arrepentido, participó como penitente con cadenas en la procesión de Semana Santa, escoltado por cuatro civiles. El 20 de febrero de 1951, a las 7'30 de la mañana, se le dio garrote vil. Después se izó la bandera negra en la prisión. Fue el último condenado a muerte en Mallorca. La gente fue a ver cómo le enterraban en la fosa común, porque no se creían que hubiera muerto.
Esa fue la historia que inspiró a Berlanga su célebre "El verdugo" (1963). Su recuerdo palpita por algún lugar del callejón.