Oficios tradicionales. diez artesanos cuentan su historia y cómo han pervivido sus trabajos

Tal como se hacía antiguamente

Parece que se han detenido en el tiempo, pero trabajan en el siglo XXI. Algunos temen ser la última generación

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Encordador de sillas. Tomeu Vidal repara una silla antigua con cuerda de rejilla en el mostrador de su negocio situado en sa Gerreria, Mimbrería Vidal.
Encordador de sillas. Tomeu Vidal repara una silla antigua con cuerda de rejilla en el mostrador de su negocio situado en sa Gerreria, Mimbrería Vidal.  Foto: B. Ramon.
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RAQUEL GALÁN. PALMA. Francisco afila cuchillos y tijeras por toda la ciudad; Carlos remienda zapatos viejos en su local del casco antiguo; Juan José, Reyes y Roberto ejercen de "sastres del mar", tal como se definen, ya que cortan las redes y las adaptan a las embarcaciones pesqueras; Tomàs, entre venta y venta de mimbres, encuerda sillas de rejilla; Tomeu atiza el fuego del horno de leña para cocer el pan; Joan Pere, Magdalena, Montse y Conxa crean figuras de cerámica y vajillas por encargo. También está José, que era calderero, aunque hace dos años lo dejó profesionalmente y ahora golpea el cobre como afición. Si hace un siglo se hubiese publicado un reportaje de estos trabajos, no hubiera tenido ningún interés, ya que eran muy habituales. Hoy es difícil encontrar muchos de estos oficios y dentro de medio siglo tal vez ni siquiera existirán.

La mayoría de los entrevistados son la segunda o tercera generación familiar en sus respectivos oficios. Los aprendieron de niños viendo a sus padres y abuelos, pero ninguno tiene por ahora descendencia que siga sus pasos. "Desde pequeño he estado aquí, por lo que es algo que llevo dentro y es normal para mí", afirma Tomeu Cifre en el Forn de la Pau, el único de Palma con horno de leña, asegura. "Se sigue haciendo todo exactamente igual que antes. Sobre las 2,30 horas comenzamos mi padre y yo con el pan, las ensaimadas y los croissants". Su especialidad son los tradicionales llonguets mallorquines, que "están desapareciendo, porque son más difíciles de hacer, ya que se tienen que elaborar a mano y ahora las panaderías venden barras precongeladas y fabricadas con máquinas". Nada que ver con dicho horno, cuyo interior permanece igual que hace doscientos años.

Valor añadido

Debido a que la industrialización ha podido con casi todo, los artesanos nos ofrecen una alternativa, es decir, "algo diferente, que no exista o con un valor añadido. Siempre hay gente que quiere un producto de calidad, único, artesanal. Para buscarlo no acuden a Ikea o a un chino", argumenta el ceramista Joan Pere Català mientras perfila una pieza de barro en el taller Es Retall, en la calle Montesión. "El problema ha surgido con los artículos del día a día, como las vajillas, o con las tejas, que se pueden fabricar en serie y son similares a las antiguas. Muchos tejares han tenido que cerrar", lamenta. Magdalena Roig, la madre de Joan, decidió innovar. Abrió el taller hace tres décadas y se fue especializando en hacer figuras para bautizos, comuniones y bodas. "Fuimos pioneros, las hacíamos por encargo, con la cara y el vestido que querían los clientes. Luego creamos placas para casas y, como una cosa te lleva a la otra, la gente cada vez nos pedía más cosas diferentes y así hasta ahora". Ha sido tal la variedad que también tienen en su currículo las figuritas de los Tamborers de la Sala que Cort suele regalar a personalidades, como el Príncipe Felipe, y 4.000 baldosas para reformar la Cartoixa de Valldemossa, hechas a mano tal como las hicieron los cartujos.

Los rederos que se colocan en el muelle de la Llotja cada mañana y despliegan allí las artes de pesca han sustituido los hilos de algodón, yute o esparto usados antaño por el moderno polietileno. En cuanto al oficio en sí, "nada ha cambiado". "Somos como un sastre, porque vamos cortando la tela, en este caso la red, que nos traen en fardos, y tenemos que hacer el traje a la medida del barco", explica Juan José Juan. "El tamaño depende del arrastre y del tipo de pescado, ya que no es lo mismo pescar gamba roja que salmonete, por ejemplo. Con la primera el hilo es mucho más fino y, para buscar por el fondo, el hilo tiene que ser más grueso, porque hay piedras. Así se ha hecho siempre y así seguirá hasta que la pesca desaparezca", destaca. Los diversos trajes –"para las gambas, de fiesta; para el pescado, de trabajo", bromea Roberto– se cosen en un mes si la red mide cien metros y estás unas siete horas diarias.

El problema en Palma es que "cada vez hay menos pescado, por lo que este oficio es cada día menos solicitado". Cada redero trabaja para un barco, por lo que su jornal depende de su captura. Y son pesimistas, ya que "la pesca de bajura en Mallorca se centrará en el futuro en un público exigente que quiera comer pescado fresco de aquí", concluye Reyes Martínez. Volvemos a la idea del valor añadido de la que hablaba el ceramista y el panadero.

El oficio en los ratos libres

Como Tomàs Vidal, el encordador, no tiene clientela suficiente que le traiga sillas para arreglarlas y vivir de ello, se dedica a su oficio en los ratos libres que le permite la venta de artículos de su tienda. Mimbrería Vidal se encuentra en el barrio artesano de Palma por excelencia y el topónimo de la calle, Corderia, hace referencia al gremio que todavía se asienta allí. "Yo aprendí de mi abuelo y ahora soy de los pocos que quedan en la ciudad". Se ha especializado en las cuerdas de rejilla y, si un cliente trae una silla de enea, conoce a una señora que sabe arreglarlas. "Tenemos encargos casi continuamente, porque llevamos muchos años y la gente nos conoce, aunque estos ingresos no son suficientes".

La tienda es lo que más da de comer. Sus artículos también son artesanales, pero no los fabrica la familia Vidal. "El 70 por ciento, más o menos, viene de Valencia y el extranjero. El resto se hace en la isla, sobre todo las cosas de palmito, como las típicas cestas", detalla Tomàs. En los últimos años se han puesto de moda, no sólo para ir al mercado, sino como bolsa de playa y hasta para llevar los libros de la universidad. "A muchos jóvenes les gusta lo natural, volver a lo de siempre y, aunque parezca mentira, la gracia de las mimbrerías es que tienen prácticamente lo mismo que hace 50 años, aunque un poco adaptado", dice mientras encuerda una silla tras el mostrador.

El zapatero Carlos Enguis también se ha adaptado a los nuevos tiempos y ahora ofrece copias de llaves, afila cuchillos y vende productos para limpiar el calzado y la piel, además de hacer arreglos, hormas, tacones y plantillas. Empezó a los 14 años con su padre y, cuando cogió las riendas, vio que ejercer sólo de zapatero remendón no era suficiente. "De todos modos, es lo que más me piden, aunque con la crisis mucha gente se compra calzado barato y malo, y no le compensa arreglarlo", se queja. Asegura que lo barato sale caro, porque "calientan demasiado y estropean los pies, ya que son de plástico". Lo peor, concluye, es que los jóvenes de hoy en día "ni siquiera saben que existe un oficio donde te reparan los zapatos", por lo que el propietario de Linic del Calzado vive de la clientela mayor que quiere calidad y durabilidad.

Es lo mismo que garantiza el afilador ambulante Francisco Campos. 52 años en el oficio (tiene 69), primero a pie con su rueda de piedra a cuestas, después con una bicicleta, más tarde con una motocicleta y ahora de acá para allá con un quad. No toca la flauta de pan para avisar de su llegada, porque ha grabado el característico sonido del afilador en un radiocassete. La clientela también ha cambiado. "Principalmente son restaurantes y negocios en los que deben usar cuchillos, ya que saben que durarán mucho tiempo afilados. En cambio, las amas de casa prefieren comprar uno nuevo por un euro que gastarse tres euros en afilar el viejo, aunque luego no les corta", critica. "Yo doy una garantía de un año y les pongo una marca escondida para saber si lo he hecho yo, porque hay mucho infiltrado". Francisco está "enamorado" de su oficio: "Me paseo cada mañana por donde quiero y no tengo jefe, por lo que seguiré hasta que el cuerpo aguante", concluye.

José Cortés dijo basta hace dos años. Era calderero, como su padre y su abuelo, aunque lo dejó porque la demanda era cada vez más escasa y le surgió la oportunidad de un trabajo seguro. Sigue creando piezas de cobre por afición, aunque los objetos que hacía antes por encargo, como ollas, calderos, braseros para misa, etc., puede que sean relegados al olvido o acaben en un museo de utensilios antiguos. A José le ha ocurrido lo que temen los demás, que la industrialización desbanque para siempre a la artesanía. "Nunca tendrán ese sello, ese toque especial que ponemos nosotros, pero el progreso lo ha querido así", concluye.

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