JOAN RIERA
No es la Ciudad triste del tango de Osvaldo Tarantino popularizado por Astor Piazzolla. Ni la de la película del director chino Hou Hsiao Hsien sobre una historia de la guerra civil entre nacionalistas y comunistas. Tampoco es la dual La ciudad triste y alegre del escritor finlandés Mika Waltari. La del título es la nuestra. La Palma romana y actual, la Madina Mayurqa musulmana, la Ciutat o la Mallorques de la conquista de Jaume I. Palma está triste.
Las urbes expresan sentimientos. Una ciudad, como una persona, puede estar triste o alegre, deprimida o eufórica, feliz o alicaída. La tristeza puede tener su origen en una nimiedad (por ejemplo, a causa de una derrota deportiva). O por una jornada gris, ventosa y lluviosa como la del pasado sábado. A veces la congoja obedece a una gran desgracia, recuerdo el silencio que se hizo durante varios días tras los atentados del 11 de marzo en Madrid.
Esas tristezas son pasajeras y, a más o menos velocidad dependiendo de la gravedad de la causa, las caras de los ciudadanos vuelven a iluminarse. Sin embargo, un paseo por las principales calles palmesanas en estos días trasmite la sensación de que la aflicción ha venido a instalarse entre nosotros durante un tiempo. Es peor la incertidumbre que la presencia aplastante de la desgracia. Y en estos momentos, desde que comenzó a constatarse que vivimos tiempos de crisis económica, la incertidumbre domina la metrópoli mallorquina y a sus ciudadanos.
Las calles comerciales no muestran bullicio y puede que la medida de retrasar el encendido de las luces ahorre algo de energía y dinero, pero supone un enorme derroche de decaimiento. El jueves pasado, a las siete de la tarde, solo uno de cada cinco comercios de Jaume III tenía algún cliente en su interior, sin que ello suponga que vayan a comprar. En los barrios periféricos, sobre todo en aquellos en los que se ha instalado la inmigración, hay más gente que contempla el paso de las horas sin una ocupación. La Navidad -la comercial, claro está- ya debería estar instalada en la ciudad y, sin embargo, nadie está dispuesto a despeinarse. Parece como si hubiera menos barullo de coches, menos ruido, eso debería alegrarnos y, sin embargo, es un motivo más de preocupación.
¿Quién o qué devolverá la alegría a la ciudad triste?