sa torreta. Ciudad de milagros XIII
JOAN RIERA
Los dominicos deberían ser declarados personas no gratas en Mallorca. Su cerril oposición a que Ramon Llull fuera canonizado ha impedido a la isla elevar a lo más alto de los altares al más universal de sus hijos. Ni siquiera el relanzamiento de su figura como precursor del pensamiento moderno ha logrado vencer el lastre de las disputas pasadas.
Y eso que Ramon Llull tiene una doble vía de acceso al santoral. Una es la del martirio. Aunque el de Llull sea dudoso, debe saber que otros santos fueron canonizados con biografías más inciertas, aunque seguramente tenían mejores padrinos.
La otra vía para ser objeto de adoración es la de los milagros y ahí el mallorquín ha acumulado méritos más que suficientes, aunque el Vaticano se los niegue. Lo primero que nos maravilla es su prolífica y variada obra, en la que sus enemigos indagaron para fundamentar el rechazo. Pero Ramon también contó con una amplia nómina de seguidores, sobre todo sus hermanos franciscanos, que recopilaron los prodigios que obró.
Uno de esos fans debió ser un galeno del siglo XVII que confiaba más en los poderes taumatúrgicos de este filósofo de acción que en sus propios conocimientos científicos. Una de sus hijas padecía una enfermedad en el tobillo "i havent proceït molts remeis ninguns li aprofitaren". Reclamó la intercensión del franciscano y en menos de 24 horas la niña sanó.
Un año después les salió un apostema muy peligroso en la mano. Los remedios médicos tampoco tenían éxito y de nuevo se recurrió al padre de las letras catalanas "i de aquell punt comensà de curar i dins breu temps fonch del tot curada". Cada vez que se producía la curación, el agradecido padre llevaba un ex voto a la tumba del beato, que se conserva en la basílica de Sant Francesc de Palma. Primero un pie de cera, después una mano. Lógico.
El santo tuvo que seguir vigilando la delicada salud de la niña. Un verano le salió "un flemó molt grandíssim, que li tenia tot lo cap i la cara, una cosa molt diforme". Se aplicaron las curas tradicionales, pero la paciente no reaccionaba. El padre pidió unas reliquias del Beat Ramon a los franciscano. Apenas entrar en contacto con la enferma, la mejoría fue evidente y el flemón comenzó a reducirse. Al día siguiente se había desinflado y en poco tiempo la niña ya paseaba. En agradecimiento el padre encargo un retaulet -un ex voto pintado-. Un prodigio al que el Vaticano hace oídos sordos por culpa de los dominicos.