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PALMA A PALMA

La palmera de Santa Clara

03.07.2008 | 00:00

La ciudad tiene elementos prescindibles. Esos que si desaparecieran no pasaría nada. Y otros imprescindibles, esenciales y necesarios. A los que nos acabamos acostumbrando y que en cierta manera definen la personalidad ciudadana.
Si tuviera que enumerar algunos de estos últimos, incluiría en él la palmera de Santa Clara.
Este árbol magnífico define el horizonte marítimo de Palma. Desde la orilla marina, destaca junto al campanario del convento como un recuerdo permanente a los tiempos en que ésta fue una ciudad de huertos y jardines. Nos recuerda la Palma antigua, las calles estrechas, los silencios eclesiales.
En cambio, cuando la contemplas desde el interior de la ciudad, la Palmera del convento de Santa Clara nos evoca el mar, de la bahía, del infinito y los celajes. Incluso podemos adivinar si hace viento o no viendo las turbaciones de su penacho.
La palmera de Santa Clara puede ser bicentenaria tranquilamente. Tiene una altura considerable, que tal vez roce la veintena de metros. Lo que es cierto es que a mediados del XIX el Archiduque escribía: "Se ve el huerto del convento con algunos frutales, una palmera y un par de grandes y viejas higueras". Es decir que en aquellos tiempos ya era un árbol de cierta prestancia. Como el convento es de clausura, sólo podemos acudir a algunas publicaciones para adivinar dónde se enclava y hunde sus raíces este árbol.
En libros como "Ses monges tancades" de Lluís Ripoll y Joan Miquel Ferrà vemos perfectamente cómo la palmera se levanta orgullosa en medio del jardín interior del claustro. Ripoll, hace ahora 18 años, ya la definía como "altísima". Y no exageraba, ya que actualmente su altura supera la del edificio conventual.
Esta palmera forma parte de los grandes árboles de Palma, también citados por el Archiduque, como las palmeras del Temple o el ficus de la Misericòrdia. Se levanta como un decorado teatral, contempla una visión privilegiada de la ciudad: las murallas, la ciudad vieja, el Passeig Marítim, el mar. Es un elemento intemporal de la ciudad que nunca muere.

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