03 de abril de 2018
03.04.2018

De concursos y realidades

02.04.2018 | 21:35
or cosas del karma, me crié con una modista en casa. En mi niñez disfruté de una primorosa colección de vestidos, a los que ni la mismísima Coco Chanel hubiera puesto un pero. Desde entonces estoy vacunada contra la erótica de la moda y me da urticaria hasta coserme un botón. El perfeccionismo de una modista no tiene igual. Quizá sólo los genios del arte alcancen ese estado de realidad superior en que la mano se hace una con la aguja, el ojo ve más allá del patrón la prenda ya acabada y los dedos abren senderos de gloria en una tela. Claro que se trata de un placer personal e intransferible, porque en mis recuerdos sólo existe la tortura de probarme: tener que soportar, inmóvil, un engendro lleno de alfileres que mudaba a medida que se le recogía aquí, se le soltaba allá o se le variaba algún adorno. La más refinada de las torturas. Pese a estos antecedentes, me tiene abducida Maestros de la costura. El elenco de participantes es extraordinario, el de jueces, sublime, e insuperable la dinámica sadomasoquista de las pruebas. Un extraño tirón hace que me quede hipnotizada ante la pantalla a cada entrega, intentando captar los infinitos matices –luchas de poder, egos desmesurados, emoción a flor de piel, invitados sorprendentes– que brotan ante el espectador como flores en un prado. En una temporada marcada por el resurgir –incomprensible– del fenómeno OT, Maestros de la costura supone una insólita incursión –contenida y para todos los públicos, la antítesis de Supervivientes– entre el psicodrama y la exaltación del artesanado. Digno de verse.


Los últimos días los han copado nombres de mujer. Por razones diversas, me llamaron la atención los episodios de Marta Rovira –su fuga a Suiza y la sentida carta en que explicaba los motivos–, Cristina Cifuentes –el pantanoso episodio del máster– y la dama nonagenaria que se dejó cien mil euros olvidados en un taxi. Lo de olvidar semejante pastizara bajo el asiento del copiloto me maravilla; aunque, en realidad, lo que me maravilla es: a) el hecho en sí de tener cien mil euros, contantes y sonantes, y b) sacarlos a pasear porque, según explicó su dueña con absoluta naturalidad, "me hacía falta en casa". Qué verdad es que hay muchos mundos y todos están en éste. El asunto del máster presuntamente fantasma clama al cielo, y más aún clama el silencio de Cifuentes. El papelón de los tres profesores de la Universidad Rey Juan Carlos fue bochornoso, igual que el de la ministra de Cospedal al tachar la noticia, en el minuto uno, de "ataque machista". En cuanto a la señora Rovira –¿sufrirá su imagen la metamorfosis complicada de Anna Gabriel? Se conoce que el agua de Ginebra tiene poderes–, me chocó la alusión a su hija. Me rechinó tanto como me hubiera rechinado si llega a hacerla meses atrás, cuando tomaba otras decisiones en primera fila de la política catalana. Y me pregunto si hoy pensará en los hijos de otros políticos catalanes, que ahora necesitan protección policial tan sólo porque se han quedado en Cataluña.



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