Editorial

Editorial: Una absorción inevitable

14.01.2018 | 02:45

Conviene no perder la pista de los nombres, ya que a menudo revelan un significado que se ha ido perdiendo con el paso del tiempo. Así, en sus orígenes, a mediados del siglo XIX, las cajas de ahorro y montes de piedad fueron casas de empeño orientadas a las clases más populares de la sociedad. Buscaban combatir la usura que padecían los pequeños agricultores e incentivar el ahorro de los trabajadores. Por definición, una caja no era un banco ni se comportaba como tal. A lo largo de toda Europa, las cajas estaban especializadas en el ahorro con una base de clientes básicamente minorista. Los bancos, en cambio, vivían de conceder crédito y trabajaban con las grandes empresas y los sectores más pudientes de la sociedad. Por tanto, los ámbitos de especialización eran distintos, al igual que su ámbito de actuación: acotado a la provincia en el caso de las cajas y mucho más amplio en el de los bancos. Esta división se mantuvo vigente hasta prácticamente la llegada de la democracia, cuando –gracias a una serie de reformas legales– cayeron muchas de las restricciones que afectaban a las cajas. Con el paso de los años, sus órganos de gobierno se fueron politizando a medida que ganaban tamaño fuera de su territorio de origen y se lanzaban a conceder ingentes sumas de crédito a proyectos empresariales mal valorados. De un modo muy esquemático, se puede afirmar que fueron los excesos cometidos por las cajas en la concesión de crédito promotor los que –como consecuencia del estallido de la gran crisis financiera de 2008– forzaron su rescate con dinero europeo y la posterior reestructuración de todo el sistema financiero español.

Diez años después, en 2018, la concentración bancaria es ya un hecho. La inmensa mayoría de cajas fueron reconvertidas en bancos –una notable excepción es Colonya, Caixa Pollença– y terminaron siendo absorbidas. Ese ha sido el caso de la fusión entre Bankia y BMN, en la que está integrada Sa Nostra. Fundada en 1882, la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de las Baleares, conocida popularmente como Sa Nostra, forma parte del imaginario colectivo de muchos mallorquines. Con más de doscientas oficinas repartidas por las islas y medio millón de clientes, fue un establecimiento señero, profundamente identificado con las necesidades económicas de los isleños. Pero los graves errores cometidos –recordemos la fallida operación inmobiliaria en Miami o su participación en Bon Sosec–, seguramente indisociables de la politización de sus órganos de gobierno, terminaron por desequilibrar su balance y poner en riesgo su viabilidad. De hecho, no fue un caso distinto al que afectó a la mayoría de cajas españolas, aunque esto tampoco sirva de atenuante.

La absorción por Bankia del Banco Mare Nostrum (BMN) supone el último episodio en este proceso de concentración del sistema financiero. A día de hoy se desconoce si Bankia mantendrá en Baleares la marca Sa Nostra, aunque todo hace prever que no. Sí que sabemos que el pasado jueves se constituyó formalmente la mesa del Expediente de Regulación de Empleo (ERE), por el que va a reestructurar la plantilla del nuevo grupo bancario. Se trata de un proceso inevitable, consecuencia del solapamiento de servicios centrales y de algunas sucursales, así como de la acelerada digitalización de muchos servicios financieros. Hay que desear que esta reestructuración negociada sea lo menos cruenta posible. Como también hay que desear que, en la medida de lo razonable, la nueva entidad no renuncie a mantener el importante papel de promoción social y cultural que ha desempeñado Sa Nostra, en nuestra isla a lo largo de su historia.

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