Tribuna

Camus más allá de Camus

De la tranquilidad del claustro de San Francisco a la mundaneidad de la política mallorquina

14.08.2017 | 02:45
Camus más allá de Camus

Camus visitó Mallorca en verano de 1935, probablemente la isla no estaba tan saturada como ahora, aunque la hora de la siesta significara prácticamente lo mismo: un espacio desierto donde sólo el tiempo podía escucharse. Dejó buena cuenta de su visita en sus notas de E l revés y el derecho (1937), una de sus primeras obras. Sin embargo, como todo espacio y lugar, Mallorca también tiene su revés y su derecho; lo mismo la tranquilidad del claustro de San Francisco que el bullicio de la vida pública. No se agota la isla en unas estampas vistas desde afuera ni es sólo la representación proyectada sobre la retina de un observador siempre en perspectiva. Hay otra obra del argelino pied noir que tiene una vigencia absoluta en el momento actual: Los justos. Se estrenó en 1949, es decir, pocos años después de que finalizara la II Guerra Mundial. Se trata de una obra teatral de cinco actos ambientada en la Rusia zarista –precisamente este año hace un siglo de la Revolución bolchevique- que ilustra a través de sus personajes los dilemas morales entre una ética personal y la razón político-revolucionaria. Dora, Annenkov, Stepan y Kaliayev son los miembros de un grupo comunista que, a través del terror, quiere imponer la utopía revolucionaria, como dice Kaliayev: « ¡(?) nosotros matamos para construir un mundo en el que nadie vuelva a matar nunca! Aceptamos ser criminales para que la tierra se cubra de inocentes» (1er Acto). Nadie ha hablado tan claro todavía, pero hay silencios muy elocuentes y discursos oblicuos que apuntan a un fin muy claro. El problema que señala Camus no es menos actual. ¿Quiénes son los justos hoy? Todo discurso tiene un conatus, ansía perpetuarse. El más fútil de ellos pretende una evanescencia eterna. El gran relato ya nadie apenas lo reconoce, pero sí hay lugar para los microrrelatos que constituyen el tejido de la contemporaneidad y que, hace poco más de un siglo, recibían el nombre de «ideología». El relato de las minorías, los antes excluidos, los débiles, los otros, se yerguen con una hegemonía fundamentada en un victimismo que no acaba de hacer justicia al pasado y que, más bien, perpetua la injusticia queriéndola corregir. Las minorías hoy son multitud. También la actual política de partidos con un antagonismo falaz entre izquierda-buenos y derecha-malos, o las reivindicaciones al margen de estos que llevan a cabo determinados lobbies pueden apelar al mismo principio de «nosotros somos los justos».


En sus Confesiones profesionales, el transterrado José Gaos señala las huidas al horror de la soledad y, recordando su propia biografía, afirma: «Algunas de estas huidas son demasiado conocidas de todos por propia experiencia de cada uno, y su sentido, siquiera al ser señalado ahora, demasiado evidente, para que deba dedicarles más de una fracción ínfima de mi escaso tiempo. Tales son la social y la religiosa: ese apelmazamiento de unos con otros en la masa, que tan bien conocemos los hombres de nuestros días, de "socialización del hombre"; la comunión religiosa? Quién sabe si no me hice socialista movido por impulsos surgentes justo cuando empecé a dejar de congregarme con los demás fieles católicos en los templos?» (José Gaos, Confesiones profesionales, Madrid, Tecnos, 2015, p.181). Quién sabe? si socialista, nacionalista, feminista, cualquier ismo que dejara bien clara una patente de corso para asaltar cualquier buque que pretendidamente amenazara la Justicia. Ayer como hoy el gregarismo inconsciente, la grey avasalladora, el encanto de ser uno más. ¿Era la justicia? ¿Eran los justos? ¿Y hoy? ¿Acaso no hay justos? Una mirada superficial a la prensa cotidiana de los últimos meses ponen de manifiesto una situación similar: desde los atentados constantes de ISIS que trata de instaurar un régimen teocrático que no repara en víctimas inocentes, hasta el discurso de Podemos que, en ocasiones, parece cuestionar el estado de derecho o la ya finiquitada ETA que, después de décadas de asesinato, parece llegar a la conclusión de que ésa no es la vía cuando hace nada hemos conmemorado su último asesinato en Calvià. La política parece hoy cosa de antagonismos cada vez más irreconciliables y no menos populistas: demagogia. Es, como señalara Ortega en los años treinta del pasado siglo, una irresponsabilidad de aprendiz de brujo. Se juega con fuego sin acabar de estar convencidos de que el fuego quema. Al igual que su discípulo Gaos, Ortega estaba fatigado de tanto ismo y no es de extrañar en absoluto: agota tanta moralina bienpensante de hunos y hotros. Nada justifica el quebrantamiento del estado de derecho y la anulación de la dignidad humana. Bien sea por principios religiosos, bien por una moral ya secularizada, puede exclamarse con Kant ¡dignidad y no precio! El ser humano tiene dignidad y ésa no puede ponerse en cuestión por cualquier otra razón; la defensa de la dignidad no debe propiciar situaciones indignas. Con ello a la razón política no le queda otra que subordinarse a una determinada concepción previa, un estatus moral que la fundamente y no la subvierta haciendo de la matanza de inocentes o, si se quiere, de cualquier matanza –como la consabida aplicación de la pena de muerte en USA- un acto inhumano. Lo mismo sucede con el derecho y con la aplicación perversa del mismo: la ley debe ser justa, no es justa por ser sólo ley. Antes de toda positivización jurídica existe una moralidad y, antes y después, una reflexión sobre la misma. A menudo el estado contemporáneo olvida un principio tan elemental de la vida pública como es la fraternidad y prefiere el litigio directo como forma sublimada de una violencia primigenia cuando no el escarnio público.


Camus ilustra una situación que se empieza a entrever como familiar. Será el hombre una nada cuya única pregunta realmente importante sea si debe suicidarse o no, aquellos que hemos decidido seguir viviendo no lo podemos hacer sin una consideración moral de la existencia que, necesariamente, debe anteponerse a cualquier credo político. Así, la pregunta –que no la respuesta- es: ¿es la justicia de este mundo o, por el contrario, un ideal inalcanzable pero al que debemos tender? Los que han querido realizarla en este mundo a menudo han operado como elefantes en una cacharrería; más vale ser prudentes que sucumbir a los sueños de una razón ignota.

*Doctor en Filosofía

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