Tribuna

Virus fósiles

30.06.2017 | 02:45
Virus fósiles

Cuando uno piensa en un fósil lo primero que le viene a la mente es algún resto animal o geológico seco, duro, totalmente muerto y enterrado. Pero no todos los fósiles son así, hay algunos que a pesar de ser muy antiguos siguen estando vivos y a pesar de ello los consideramos como fósiles. Estamos hablando de los virus fósiles, algunos están igual de vivos que los no fósiles y siguen ejerciendo sus funciones.

La paleovirología es el campo de la biología evolutiva que estudia las secuencias genéticas virales presentes en los genomas de los diferentes organismos vivos. A estos elementos se les llama globalmente virus fósiles o paleovirus; aunque técnicamente hay que llamarlos retrovirus endógenos (RE). Estos virus poseen la capacidad de infectar a las células germinales o gametos (óvulos y espermatozoides) de todas las especies de vertebrados; de este modo pueden transmitirse como parte genética del proceso reproductivo normal y acabar en el genoma de todas las células de los descendientes (progenie).

Los RE son generalmente fragmentos incompletos o defectuosos del genoma de los llamados retrovirus exógenos, aunque una parte importante de los mismos participa en múltiples procesos de expresión y regulación génica. Hay que mencionar que los retrovirus exógenos (por ejemplo el virus del SIDA) proceden del exterior y poseen la capacidad, a pesar de ser virus con un genoma ARN, de transformarse en material genético de tipo ADN e integrarse en el cromosoma de la célula huésped en la forma proviral en un estado latente. Este proceso biológico sólo pueden hacerlo en las células somáticas no germinales, presentando tan solo la posibilidad de una diseminación horizontal pero nunca vertical (de padres a hijos).


Que el papel y la función de los virus fósiles (RE) es y ha sido fundamental en el proceso evolutivo del ser humano lo demuestra el hecho de que alrededor del 8% del genoma humano, formado por unos 3.200 millones de pares de bases y unos 20.500 genes, está formado por RE, lo cual representa unas 450.000 copias. Su magnitud se agranda cuando sabemos que la diferencia genética entre un chimpancé y un humano es menor del 2%. Pero es bueno recordar que sólo el 30% de nuestro genoma está relacionado con genes reconocidos, mientras que al resto se le ha denominado ADN basura; secuencias que no codifican proteínas reconocidas pero que tienen un papel esencial en la función reguladora de otros genes.

Los RE constituyen una buena parte de este ADN basura (45%) participando de forma directa o a través de sus proteínas en múltiples procesos de regulación que determinan la expresión de muchos genes y con ello han influido en nuestra condición de humanos y especialmente en tres procesos: la placentación (desarrollo de la placenta humana), el desarrollo embrionario y la formación y control de las redes genéticas cerebrales.

¿Cómo han llegado estos RE a formar una parte esencial de nuestro genoma? Parece que a través de una fase inicial simbiótica, es decir por una simple relación de formas de vida muy diferentes. En general el primer paso es una simbiosis agresiva que afecta gravemente al huésped, pero con el proceso evolutivo de adaptación, se acaba convirtiendo en una simbiosis mutualista. Esta forma de actuación conjunta favorece evolutivamente al huésped, en este caso al ser humano, y le permite dar grandes pasos evolutivos muy rápidos. En general la mayoría de RE humanos proceden de procesos de intercambio genético con los primates, con los que poseemos una mayor afinidad genómica.

Estos virus fósiles, aunque muy activos y nunca muertos biológicamente, han participado de forma directa y con mano dura en los procesos de remodelación de la estructura y arquitectura del genoma humano, y de otros vertebrados, a lo largo de millones de años. Han contribuido de forma clara en la evolución del genoma humano inicial hasta el actual introduciendo elementos de innovación, plasticidad y variabilidad genética, gracias a su influencia correctora sobre la expresión de la mayoría de los genes humanos. Es muy posible que el salto evolutivo que nos hizo humanos (Homo sapiens) haya estado protagonizado por este tipo de virus a través de la incorporación masiva de ellos procedentes de otras especies menos evolucionadas y posteriormente mejorados a través de los procesos de expresión génica.

En estos momentos todavía no se ha podido demostrar que los RE sean la causa o el origen de enfermedades humanas. Aunque al ser tan solo secuencias genéticas es posible que también estén sometidas a los procesos naturales de mutación o alteración reguladora como puede estarlo el resto de los genes codificadores. En estos casos, y de forma indirecta, podrían influir de algún modo en procesos de descontrol funcional que comportarían alguna alteración biológica.


A pesar de ser considerados inicialmente como parásitos genéticos egoístas, la eliminación de estos virus fósiles (RE) de nuestro cromosoma determinaría la extinción de la especie humana. Hemos llegado a un grado de simbiosis tan extremo que ninguna de las dos partes genéticas, codificante y basura, pueden ya sobrevivir de forma independiente. Por ello y a pesar de ser unos elementos que llevan más de 3.000 millones de años con nosotros, y posiblemente fueron nuestro propio origen genético, el estudio y conocimiento de sus funciones está todavía en unas fases muy precoces.

Los retrovirus endógenos o virus fósiles forman una parte esencial e integral de nuestro genoma y de los procesos de expresión génica que han permitido que seamos lo que somos. Los estudios sobre la expresión funcional de los diferentes RE en algunos órganos permitirá conocer y comparar los mapas retrovirales en diferentes situaciones y enfermedades humanas.

* Doctor en la Unidad de Virología del Hospital Universitario Son Espases

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