Tribuna

Crujir de dientes en Palma de los Ruidos

05.06.2017 | 02:45
Crujir de dientes en Palma de los Ruidos

(basado en hechos reales)
Un sobresalto te quiebra el corazón la primera vez que lo oyes. Sábado, siete de la mañana. Una pequeña plaza de la Gerreria, oasis de silencio y sueño a esas horas. El camión de Emaya eleva el contenedor por encima de su caja, abre la trampilla y cientos de botellas de vidrio se estampan sobre su caja metálica. Lo más parecido a una bomba que destroza la fachada de cristal de un edificio. Empieza el espectáculo.

Solo en casa, el bulldog del piso de arriba arrastra por el suelo su comedero metálico. Como si en tu techo jugaran un partido reglamentario con pelota de aluminio. Metálicas son también las puertas enrollables de los bares y tiendas de la plaza. Los chirridos avisan al vecindario de su apertura y cierre. No tardan en llegar los camiones de bebidas. Un joven fornido trajina bidones de cerveza. Unos 25 litros cada uno. Con desordenado martilleo los ordena dentro del camión y los deja caer sobre el suelo con estrépito similar al del enorme gong que tocaba el forzudo de las películas de la Rank Films. Eso sí, veinte veces seguidas.


Es barrio de casas antiguas que piden reforma a gritos. Unos obreros cortan baldosas con una radial que, además de la tortura estridente y aguda, inunda el paisaje urbano de polvillo. Para enmendarlo, llega de improviso un pequeño artilugio de limpieza y riego municipal que, a tenor del ruido que provoca, podría pasar por un gigantesco tanque de la vigésima Panzer Division hitleriana.

Como está cerca del carrer del Sindicat, los camiones de reparto se disputan el reservado de carga/descarga en la plaza y aparcan como pueden. Uno de ellos ocupa demasiado espacio y no deja pasar el bus de la línea 2 – circumval·lació centre històric–. El conductor se cansa de dar bocina. En un momento la cola de coches se pierde en la lejanía con banda sonora de cornetas. Entre ellos se encuentra un vehículo de Emaya que viene a por uno de los siete contenedores de basura ubicados en el recoleto lugar. Lo vaciará en el camión con sonido rechinante de revolución industrial. Acuden a diario más de una decena.

Las terrazas, que ocupan prácticamente todo el espacio público del lugar, plantan pronto sus mesas. Los turistas comen temprano y los músicos callejeros lo saben. El programa dura más de horas: country con guitarra eléctrica y altavoces; jovencita de dulce balada y escandaloso amplificador; dos actuaciones de flamenco a pelo y guitarra española; un teclado electrónico; varias actuaciones de centroeuropeos con acordeón, clarinete y tamboril que incluyen Guantamera, El padrino y similares; un saxofonista y, por último, un veterano tanguista. Naturalmente, los comensales, en especial los españoles, alzan el tono de sus conversaciones; los clientes de ya entrada la tarde, gintónic en mano, celebran su ocio veraniega con risotadas corales en la encantadora placita de la Palma histórica. Los decibelios, sin embargo, trabajan a todas horas.

El espectáculo musical se repite cuando los turistas vuelven a por la cena temprana. A pesar del ya nutrido cartel, se añade el ocupante del segundo piso que se relaja con un "chumba-chumba" discotequero a todo volumen. Los cristales de los balcones tiemblan. Los vecinos más compasivos pretenden llamar a la policía porque no es normal que alguien pueda estar vivo en esa casa y con esa música durante diez minutos. Y lleva dos horas.

Cuando el sol se apaga se encienden los bares. Diez años atrás no había ni uno en la placita; hoy hay cinco. En los alrededores hay una veintena. Y los martes? ¡Ruta martiana!: zurito y caña barato-barato. Toda la geografía urbana de la zona se inunda con riadas de gente, curtidos guerreros en la lucha contra al silencio. Misterio estadístico: entre la multitud no se identifica un solo policía municipal.


En las puertas de algunos bares se apostan cuadrillas que gritan y beben, lo uno y lo otro en exceso. Ese día la ordenanza municipal obliga al cierre de los establecimientos a medianoche, pero eso no impide que siga la juerga en la calle. La animan los vendedores de latas de cerveza a euro, lo cual empeora el apocalipsis mingitorio en todos los rincones del barrio. La nutrida procesión circula hasta la madrugada. A esa hora casi nunca falla el desafinado orfeón del cumpleaños feliz a modo de despedida. También canta la ausencia de la policía municipal... Sobre las seis y media de la mañana la diligente Emaya comenzará a limpiar la plaza y a dar cuenta de ello a los vecinos.

Gobiernos municipales de un signo o de otro, ordenanzas nuevas, expedientes sancionadores, cambios en la recogida de basuras, nuevos mandos policiales, discursos smart-city, planes de control acústico?. Pocas nueces para tanto ruido. El mundo de la gestión municipal y el de la realidad siguen siendo distintos. Son líneas paralelas que no se cruzan. Lo real jamás cambia. Hoy, como ayer y como mañana, los vecinos sufrirán crujir de dientes en Palma de los ruidos sin que nadie los auxilie.

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