26 de marzo de 2017
26.03.2017
Editorial

Juego limpio

26.03.2017 | 01:38

Los beneficios educativos y sobre la salud de la práctica del deporte resultan a día de hoy indiscutibles. Los últimos estudios científicos sugieren, por ejemplo, que el ejercicio frecuente y habitual no sólo alarga la esperanza de vida –algo que podríamos considerar obvio–, sino que también incrementa el coeficiente intelectual de los niños y ayuda a mantener el de los adultos. Un estudio llevado a cabo en Dinamarca hace unos años con veinte mil escolares demostró que aquellos que van a pie al colegio tienden a concentrarse mejor, además de obtener mejores resultados en los exámenes, que los que van en coche. Al mismo tiempo, hacer deporte incide en la formación del carácter y la personalidad de los jóvenes. Por un lado exige disciplina, enseña a respetar unas reglas de juego, mueve a la superación personal y, en el caso de los deportes colectivos, habitúa a la cooperación y al trabajo en equipo. Pero en última instancia se trata, como dicen los ingleses, de aprender la importancia del fair play o juego limpio: esto es, encajar las victorias y las derrotas con temple, competir con el adversario dignamente y constatar que en la vida no todo vale por muy seductor que pueda parecer un triunfo logrado a cualquier precio.

Lógicamente los sucesos acontecidos el pasado domingo en un partido de fútbol de categoría infantil entre el equipo local de Alaró y el Collerense, junto con sus respectivas aficiones, ejemplifican todos los valores contrarios a lo que entendemos por deporte y sólo pueden llamar al escándalo y a la repulsa social. La trifulca se inició en el minuto 60 del partido, cuando los futbolistas y algunos padres presentes en campo se enzarzaron en un violento altercado que acabó con varios lesionados que fueron atendidos en centros médicos cercanos. Al final, y ante la gravedad inusitada de los hechos, el lamentable episodio ocurrido en Alaró ha obligado a la Comisión Antiviolencia de la Federació de Futbol de les Illes Balears a presentar una denuncia ante la Fiscalía. Y, por supuesto, la necesidad de un castigo ejemplar ha forzado también a que los dos clubes afectados respondan con prontitud y severidad. Sin embargo, un análisis sosegado de lo acaecido debe llevar a preguntarnos si las campañas de concienciación de los valores educativos del deporte son suficientes o si hacen falta programas mucho más focalizados y eficientes que impliquen efectivamente a la sociedad en su conjunto.

Si una actitud civilizada de los jugadores y de la afición constituye el abecé mínimo exigible en cualquier evento deportivo, cuando se trata de menores resulta aún más importante que se cumpla de una forma escrupulosa. Los niños y jóvenes aprenden por mimetismo, con el lógico riesgo de que terminen por considerar normal una conducta deplorable. La violencia en el deporte –tanto física como verbal– debe cortarse de raíz, ya que incluso una mínima tolerancia hacia ella sólo serviría para reforzar una serie de valores opuestos a los que cohesionan una sociedad moderna, responsable y civilizada. Hay que dar un sí mayúsculo al deporte en lo que tiene de festivo, lúdico y competitivo y un no igual de mayúsculo a los comportamientos antideportivos. Apostemos con fuerza por la cultura del fair play.

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