Tribuna

La oscuridad de la luz

01.02.2017 | 01:16
La oscuridad de la luz

Reconozco mi total ignorancia en asuntos de eso, que siempre se ha llamado el recibo de la luz, ignorancia que comparto con no pocos paganos ciudadanos, presos, mes tras mes, de sus dígitos; insolvencia intelectual no tanto referida a sus sumas, que nunca restas, o resultados a abonar por el común de los consumidores, sino más bien en cuanto a los chanchullos de las empresas eléctricas (este ordenador, siempre equivocándose en la redacción; aquí debía haber escrito: "Ponderadas operaciones tendentes a establecer el precio de la energía eléctrica, con la principal intención de no ser una carga insoportable al obligado consumidor"), que de forma constantemente ascendente procuran, en lugar de defendernos de los fríos del invierno, congelar nuestros ánimos para así notar menos el gélido contorno.

Sin embargo considero que no debiéramos cebarnos en criticar sin medida a las empresas eléctricas, pues su labor en la creación de empleos bien remunerados es segunda a ninguna otra en nuestro suelo, quizá con la excepción del caso de la banca nacional, y es que además no son los únicos beneficiarios de la factura eléctrica, porque claro cuando uno se dedica, con esa especial tendencia masoquista que acompaña siempre al consumidor español, a echar una mirada a la factura que le llega por sus consumos eléctricos, se da cuenta que él que se embolsa (según la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia) alrededor del 26% de lo facturado (otras fuentes lo elevan por encima del 60% real) y que se divide en IVA e impuesto sobre la electricidad, es el señor Estado, o sea yo y usted; así que ya ve no nos podemos quejar, lo que sale por el bolsillo de del contribuyente-consumidor entra en el bolsillo común del ciudadano, en el bolsillo común de todos, lo cual sería un consuelo si no fuera por el hecho de que vemos cuando salen los dineros pero nunca su reingreso en beneficio de la ciudadanía.

Luego esta lo del precio de la energía, el coste de los peajes y demás zarandajas que solo tiene como resultado el que de forma constante se paga más pero nunca menos, lo cual descompone el teoría que dice que la competencia es la mejor forma de que los precios bajen; la premisa que tenemos con esto de la electricidad y sus números desemboca necesariamente en la conclusión contraria, es decir: o que tal teoría de la libre competencia cruje por su fogonadura o que tal libre competencia viene siendo sustituida por estos pagos por una libérrima línea establecida por los mandamases de las eléctricas en recomendación de "no menear la barca".

Por eso cuando el ministro del ramo sale a informarnos de lo que no puede hacer, ante las disparadas y a veces disparatadas cantidades que se ve cualquier ciudadano en la obligación de pagar si quiere cocinarse un caldo o darse una ducha con agua algo más tibia, atribuyendo la causa de las subidas al hecho de la falta de viento o de agua, en extraña coincidencia con la circunstancia de encontrarse la mitad de España con el agua por las rodillas y andar la ciudadanía con la mano sujetándose la boina para que no se la lleve el viento, me viene a la mente una solución para que el precio de esas primera necesidad no aumente por esas circunstancias, y que está en la mano del ejecutivo su consecución: el reducir los impuestos que gravan esa factura, así de simple. Ya, ya sé lo que me dirán ustedes: ¿cómo va a renunciar o recortar el Estado a ese bocado que le cae de forma cotidiana? Y es que uno llega a la conclusión de que el problema no tiene solución cuando nadie, ninguno de los que pueden, parece tener ningún interés en llegar a esa solución.

El sentido común indica que se deben aprovechar los medios que en cada momento se tienen para conseguir un determinado resultado, y procurar que esos medios sean lo más asequibles posible; al parecer aquí caminamos en sentido contrario a ese pensamiento. Escapa a mi comprensión el motivo que establece que en España tenemos un elemento de captación de esa fuente de energía, la energía solar, de cuyo producto gratuito somos receptores privilegiados, por cada ocho que tienen en Alemania, que como cualquiera sabe tiene muchísimas más horas de sol que España (permítaseme el sarcasmo); en este momento no queda más remedio que recordar aquel llamado "impuesto al sol" (magnífico el sketch sobre el asunto que ronda por los mentideros virtuales del gran José Mota) que en lugar facilitar el autoconsumo lo grava para la ciudadanía hispana. Al parecer en lugar de ser una país puntero en la energía solar, en la producción de medios para captar esa energía por la que no hay que pagar, mediante esos medios de captación, que debieran incluso ser objeto de subvención, pues beneficiarían tanto a los consumidores como al propio estado en la disminución de la factura energética exterior, nos colocamos a la altura de Malta, Eslovaquia, Chequia y Grecia, en cuanto a la inversión en ese tipo de energía.

La tercera frase la Biblia dice que Dios dijo aquello de "sea la luz, y fue la luz", pero no incluye nada de los costes del divino milagro. Y si ese mismo Dios no lo remedía, seguiremos pagando la puesta en marcha de la cocina o el termo a precio de oro, mejor dicho a precio de kilovatio, por la simple y sencilla razón de que las eléctricas no tienen limite en su avariciosa voracidad y el Estado, mejor dicho éste gobierno, no quiere perder ni un solo céntimo de las cantidades que recauda de toda la ciudadanía por igual, por el hecho de desear poder calentarse y comer caliente. Suframos pues en silencio y sobre todo en la oscuridad.

* Abogado

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