12 de julio de 2016
12.07.2016
Tribuna

Rajoy como problema

12.07.2016 | 01:31
Rajoy como problema

El partido Popular ha ganado las elecciones. El único, junto con Esquerra Republicana, que ha aumentado el número de votos. Explicar este incremento no es cosa fácil y encontrar argumentos para este repentino retorno de votos a sus candidaturas se antoja difícil sin hacer un juicio sobre la moralidad de sus votantes. La verdad es que cuesta comprender que en comunidades autónomas como la valenciana o la balear se premie al partido que las saqueó, sin importar siquiera nuevos casos de corrupción salidos a la luz desde las elecciones del 20D. Es cierto que cada vez más el votante tiene ante sí optar entre lo malo y lo peor, pero no lo es menos que éste es el gran argumento para acallar la mala conciencia de votar a un partido que favoreció y se benefició de la corrupción.

Dicho esto y de cara a la formación de un nuevo gobierno, no tiene sentido seguir analizando el porqué el PP subió y los demás partidos de ámbito nacional bajaron. Tampoco es el momento de lamentar que este éxito del PP lo redondea al alza el sistema electoral, que beneficia a los dos partidos mayoritarios (proporcionalmente, el PP debería tener 116 diputados en lugar de 137), mientras perjudica al tercero y cuarto (a Ciudadanos deberían corresponderle 45 diputados en lugar de 32). El asunto crucial ahora es cómo formar gobierno y, desde luego, la respuesta no está en hacerle el pasillo de honor al candidato del partido con más escaños.

En nuestro sistema constitucional el candidato a presidente del Gobierno debe obtener la confianza del Congreso de los Diputados y eso significa conseguir de sus señorías más votos a favor que en contra. Tan legítimo es que el partido que ganó las elecciones intente formar gobierno, como lo es que los demás partidos sumen sus apoyos parlamentarios para elegir a un candidato que presida un gobierno de coalición. Lo importante es alcanzar esa confianza parlamentaria, que se puede obtener de dos modos; de manera expresa, convenciendo a los diputados para que den su voto al candidato propuesto, o de manera tácita, mediante la abstención de aquellos que no desean formalizar un voto contrario al candidato.

Las elecciones generales en España son parlamentarias, no presidenciales. Los ciudadanos no han votado a Mariano Rajoy para presidente del Gobierno, ni siquiera los propios votantes de su partido. Ya se ha visto que el PP tiene una sólida base electoral, sociológica e ideológicamente vinculada a la derecha franquista, y le es igual quien gobierne con tal de que sea uno de los suyos, se llame Mariano Rajoy, Francisco Camps, Jaume Matas o Rita Barberá. Es lógico que el PP desee que el candidato a presidente sea Mariano Rajoy, pero se trata de una persona que es rechazada por aquéllos a los que se les pide por activa o por pasiva que dejen gobernar al PP o que formen un gobierno con él.

Ciudadanos tiene un programa económico similar al del PP y una concepción igual de la unidad de España, pero se diferencia en que su base sociológica no es franquista. Es sensible a la corrupción y a los modos de gobernar. Rivera personificó esa diferencia con el PP en la figura de Rajoy, por la complacencia cuando no connivencia de éste con la corrupción, a la que se suma, entre otras indecencias políticas, la de mantener como ministro a quien ha utilizado el aparato del Estado para perseguir a sus adversarios políticos. Se le puede pedir a Ciudadanos que permita un gobierno del PP en solitario o en coalición, porque es el partido que ganó las elecciones, pero no que dé su confianza al candidato Rajoy, señalado por Ciudadanos como icono de mal gobernante, y en cuyo rechazo empeñó Rivera su palabra.

El caso del PSOE es distinto, porque se ha opuesto frontalmente a cualquier acuerdo de apoyo no sólo a la persona de Rajoy, sino también a un gobierno del PP. Sin embargo, ha expresado con la misma intensidad su deseo de no ir a unas terceras elecciones. La negativa a un acuerdo con el PP se manifiesta votando en contra, pero, llegado el caso de una parálisis en la formación del gobierno, podrían los diputados socialistas abstenerse. Esta fórmula serviría tanto para expresar indirectamente que no apoyan el posible acuerdo de gobierno en minoría alcanzado por el PP con otros partidos, como para reivindicar que, gracias a su actitud responsable, evitan la celebración de nuevos comicios. Lo que está claro es que el PSOE no puede abstenerse si el candidato es Rajoy, por las razones ya mencionadas y que llevaron al pacto entre Sánchez y Rivera. No es que haya un empecinamiento pueril de estos dos dirigentes en desplazar a Rajoy; es que este rechazo es un compromiso de sus dos partidos con sus electores y que está basado en el comportamiento político durante estos años del hoy presidente en funciones. Para llegar a un pacto de investidura se puede y se debe ceder en aspectos concretos de los respectivos programas electorales, pero los vetos personales no son matizables. La investidura es para otorgar la confianza política a un candidato y no es posible dársela a quien públicamente se le ha dicho de manera rotunda y sin paliativos que no la merece y que no cuente con sus votos. "¿Qué parte del "no" no ha entendido el señor Rajoy?" le espetaba ya antes de las elecciones Pedro Sánchez al candidato del PP. Lo mismo tendría que decir Rivera.

Por tanto, el problema no lo tiene ni Ciudadanos ni el PSOE, salvo que traicionen su compromiso de no hacer presidente a Rajoy. El problema lo tiene el PP si, pudiendo conseguir un acuerdo de investidura e incluso de gobierno con otro candidato del partido, persiste en la idea de mantener a Rajoy. Con estas premisas, si se quiere ahuyentar el fantasma de nuevas elecciones, sólo caben tres soluciones. La más fácil, pero improbable, es que Rajoy decida marcharse, como en su día hizo Adolfo Suárez para no ser un obstáculo a la gobernabilidad democrática en España. La segunda es casi imposible; que la cúpula del PP nombre a otro candidato contra la voluntad de Rajoy. La tercera es que el Rey, que es el que constitucionalmente propone el candidato a presidente del Gobierno, tras la ronda de consulta con los representantes políticos y a la vista del bloqueo que produce la persona de Mariano Rajoy, decida nominar a otro candidato del PP. Hacerlo directamente como primera propuesta sería muy arriesgado para el Rey, pero podría tomar esa decisión si, tras la ronda de consultas con los líderes políticos, Rajoy le informa de que no cuenta con apoyos suficientes para ser presidente. Lo que no puede hacer Rajoy, si es nombrado candidato por el Rey, es inhibirse como aconteció en el anterior proceso de investidura. En tal caso, el presidente del Congreso debería convocar a la Cámara, tal como demanda la Constitución, y someter a votación el nombre del candidato, lo quiera o no éste. Tras la fallida investidura de Rajoy, el Rey podría entonces, en una segunda ronda de contactos, explorar el nombre de otros candidatos de las filas del PP e incluso el de un independiente. Seguro que habría fumata blanca.

Está en las manos del PP que no haya unas terceras elecciones. Cuanto antes entienda Rajoy que en estos momentos es un obstáculo político, mejor para el PP, mejor para el Ibex 35, mejor para la corona y mejor para España.

* Catedrático de Derecho Constitucional.

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