11 de julio de 2016
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Tribuna

Ciencia, conciencia y propaganda

La carta de los Nobel contra Greenpeace es un nuevo movimiento en la guerra de intereses comerciales que se libra en el campo de los transgénicos. El debate tiene que ver más con un modelo de negocio que con los peligros para la salud

11.07.2016 | 02:45
Ciencia, conciencia y propaganda

La carta firmada por 110 premios Nobel pidiendo a la organización ecologista Greenpeace que cese y desista en su campaña contra los transgénicos no es sino el tercer acto en un programa que comenzó a mediados de mayo con la presentación del informe Cultivos genéticamente manipulados: experiencias y perspectivas elaborado por la Academia de Ciencias, Ingenierías y Medicina de Estados Unidos y que supone la más exhaustiva revisión de la literatura científica sobre los impactos de los transgénicos hasta la fecha: 900 estudios publicados entre 1987 y 2010.

Los autores, tras examinar los datos epidemiológicos de incidencia de cáncer y otros problemas humanos de salud a lo largo del tiempo, concluyen que no se han encontrado evidencias de que los alimentos procedentes de transgénicos sean menos seguros que los convencionales. Tampoco se han demostrado impactos nocivos en el medio ambiente.

Sin embargo, en los aspectos relativos a los efectos en otros cultivos o en la propia agricultura el informe no es tan tajante. En primer lugar, los científicos reconocen la menor cantidad de estudios centrados en las consecuencias sociales y económicas, lo que en los ámbitos biotech denominan "consideraciones socioeconómicas". En segundo lugar, se ponen en cuestión los beneficios para las pequeñas explotaciones agrícolas que se convierten en dependientes de ayudas y créditos. Los transgénicos son "útiles" en la agricultura a gran escala de algodón, soja o maíz pero a pequeña escala solo cuando se tiene acceso al crédito, al mercado y a la ayuda del gobierno para garantizar un precio asequible de las semillas. Respecto a su capacidad para abordar la seguridad alimentaria, el estudio es muy prudente y señala que dependerá de los contextos sociales y económicos.

Con un breve intermedio de unos días, la empresa Bayer protagoniza el segundo acto al anunciar su deseo de dejar de ser una química farmacéutica para poner su corazón en la biotecnología agrícola haciendo una oferta por Monsanto. Por más de 55.000 millones de euros, la alemana quiere hacerse con la multinacional que comercializó con éxito los primeros organismos genéticamente modificados (OGM) resistentes al herbicida que ellos mismos habían creado para acabar con las malas hierbas pero que también perjudicaba a los cultivos: el roundup de la revolución verde de los setenta que convirtió al consorcio químico en un gigante que se lanzó a la investigación en biotecnología.

La aparición en escena del centenar de galardonados con el Nobel firmando un llamamiento a Greenpeace, Naciones Unidas y los gobiernos es el tercer acto que busca y consigue el impacto mediático a pesar de que se ha publicado en una web de apoyo a la agricultura de precisión junto a unos 2.500 científicos anónimos y ciudadanos de todo el mundo.

El libreto se representa en un momento delicado en las negociaciones entre la Unión Europea y Estados Unidos respecto al Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión, conocido por sus siglas TTIP, tras las filtración de 248 páginas de los documentos secretos difundidos por Greenpeace. Estados Unidos pretendería que los OGM aprobados allí fueran autorizados de manera automática en la UE, donde solo se cultiva el maíz de Monsanto, el MON810, principalmente en España.

La carta de los Nobel es un nuevo movimiento en la guerra de intereses comerciales que se libra en el campo de los transgénicos. El debate tiene que ver más con un modelo de negocio que con los peligros para la salud humana y no parece acertado por parte de Greenpeace seguir oponiéndose a la biotecnología agrícola per se, en contra de los estudios científicos que reconocen los problemas sociales y la poca eficacia de los OGM en aliviar el hambre en el mundo. Según la FAO, hay suficiente comida en el planeta hoy, pero una de cada nueve personas no tiene suficiente para comer. Los laureados destacan sin embargo que en 2050 tendría que duplicarse la producción mundial de alimentos para satisfacer la demanda aunque el informe de la Academia norteamericana no encuentra datos que demuestren que el cultivo de transgénicos aumente tal producción. Greenpeace y otras organizaciones ecologistas o de ayuda al desarrollo pueden por tanto seguir trabajando porque aunque los transgénicos no sean perjudiciales para la salud tampoco son beneficiosos para el desarrollo sostenible en aquellos lugares donde la gente se muere de hambre y las reglas del mercado agrotecnológico encajan con dificultad.

*Investigadora social y ambiental. Universidad CEU Cardenal Herrera

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