Tribuna

El peligro amarillo

22.03.2016 | 03:01
El peligro amarillo

Estamos tan ensimismados en nuestras propias trifulcas que apenas prestamos atención a lo que ocurre en el otro lado el charco, puesto que si aquí es importante quien va a ser el jefecillo de esta finca llamada España, no lo es menos, más bien más, el saber quién va a ser el jefe de la gran potencia mundial, y sobre todo del mayor y mejor preparado ejercito del mundo, ¿o no?

Vemos al candidato republicano, Mister Trump, con su melena amarilla al viento, sea esta propia o adquirida, más como una anomalía o un showman, que como una posibilidad cierta que debiera preocuparnos. Trump acaba de ganarse los 29 votos electorales republicanos de Florida, estado que junto con California, Texas y Nueva York, es de los que tiene un mayor número de tales votos, incluso derrotando al chico local, Marco Rubio. Y que un candidato que dice "vamos a construir un muro y ni siquiera es algo difícil de hacer", gane en un estado plagado de inmigrantes y sus hijos y descendientes es algo que da que pensar; más exactamente su frase completa fue: "Construiré un gran muro, y nadie construye muros mejor que yo, y lo construiré gratis. Construiré un gran, gran muro en nuestra frontera sur, y me aseguraré de que México pague ese muro. Acordaros de mis palabras". No queda más remedio que darle la razón a Mister Trump, en eso del muro; es fácil construir muros mentales, ideológicos y hasta físicos, sus colegas soviéticos ya demostraron que se podía construir ese muro, en aquel caso para impedir que salieran, en el caso de Trump, para que no entren; en ambos casos igualmente injustos y dictatoriales; también aquí los extremos se tocan.

Lo que no dice, con exactitud, el señor Trump es que piensa hacer con los 11,3 millones de inmigrantes ilegales que, según la administración que dice querer presidir, se hallan en estos momentos en aquella nueva tierra de promisión; un nacional del mismo lugar geográfico del que provenía el propio abuelo del candidato, Friedrich Drumpf, cuando aquel mismo era emigrante en América, se topo en los años cuarenta con un problema similar y con una cifra casi igual; el tal individuo, llamado Heydrich, tuvo que "solucionar el problema" de que en Europa existieran once millones de judíos. Todos sabemos cómo se solucionó aquella realidad. También allí se construyeron muros, guetos y alambradas.

Hablo con personas que viven en Estados Unidos sobre el tema, y en no pocas ocasiones no consiguen establecer la causa del avasallador éxito que parece acompañar en casi todos los caucus en los que se presenta Trump, las explicaciones culpan de ello, desde a la desidia de algunos votantes hasta el miedo de otros, pero no parece haber una solo razonamiento medianamente entendible de porque una no escasa masa electoral de un estado moderno, como los Estados Unidos, vea en tal personaje alguien a quien poder conceder su confianza y sobre todo el poder durante cuatro años.

Comprensible tal falta de explicación, sobre todo cuando se trata de un personaje eminentemente inmigrantefobo, si me permiten el palabro, que dice querer liderar una población, que menos los pocos indígenas que todavía sobreviven en aquel país, está mayoritariamente compuesta precisamente por emigrantes de todos los orígenes imaginables, precisamente con el objetivo de deshacerse de los emigrantes de ahora. No hay peor cuña que la de la misma madera.

Mister Trump quiere ser el candidato presidencial en las próximas elecciones de noviembre por el Partido Republicano; es hasta doloroso el tener que recordar que ese es el mismo partido por el cual el señor Lincoln fue investido presidente en marzo de 1861. La distancia, la altura entre uno y otro es abismal y no necesita mayor aclaración; la personalidad, el empaque intelectual del señor Lincoln es tan grande como su propia estatua visitable en la capital del Estado; no haré comentarios sobre esos dos conceptos en el candidato Trump, seguro que ustedes mismos tienen propias y mejores definiciones de los mismos. El pensamiento, el sentir de Lincoln, es apabullante por su sentido común, por su equilibrio, por su justeza, por su forma de ver a sus semejantes, su pensamiento, aún hoy en día, reconforta; el pensamiento de Trump, da pavor. Y el propio Trump aporta un argumento que, en su caso, es fácilmente compartible, cuando dice que "uno de los problemas claves de hoy en día es que la política es una desgracia. La buena gente no entra en el Gobierno"; y debe ser cierto cuando él mismo quiere ser cabeza de ese gobierno.

La palabrería ideológica del candidato Trump, conecta directamente con todos los relés del populismo más peligroso; busca pulsar el timbre de algunas de las más bajas pasiones, como son el tribalismo, la descalificación, el odio, el rechazo al diferente, siempre y cuando este además de no igual sea también pobre (los ricos diferentes nunca caen mal a este tipo de ideologías); basta una somera mirada a sus planteamientos en estos últimos tiempos para darse cuenta de lo que barrunta su rubia cabecita. Su mensaje, como el de otro emigrante de Austria hacia Alemania, no engaña cuando advierte "cuando alguien te rete, pelea, sé brutal, sé duro". Y lo peor de todo es que una respetable cantidad de estadounidenses parece comprar ese mensaje, olvidando sin duda que si ese mensaje hubiera calado en aquella administración en los siglos XIX y XX, no pocos de ellos ni tan siquiera tendrían la oportunidad de hacerlo propio porque seguirían en la tierra de sus ancestros.

Pero tengamos esperanza; esperemos, por el bien de muchos, de los ciudadanos norteamericanos que recuerden, a la hora de depositar su voto, a aquel otro republicano, tan justamente venerado, tan adornado de nobleza, cuando dijo que "se puede engañar a todo el mundo algún tiempo. Se puede engañar a algunos todo el tiempo. Pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo". Esperemos que no se dejen engañar ni tan siquiera un poquito.

*Abogado

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