Tribuna

Sobre el monumento al crucero 'Baleares'

16.03.2016 | 01:32

1. No puede descontaminarse
Son abundantes las páginas de Aquí estamos, la revista de Falange en Balears, glorificando la Marina Nacional; incluso "Lorenzo" Riber, colaborador habitual, publica ahí su oda al "mar azul". El hundimiento del Baleares, en marzo de 1938, merece una elegía y una cubierta a todo color, pero es desde el discurso del Caudillo frente al mar, ya ganada la guerra, cuando añade a su "¡Arriba España!" un "¡Arriba el mar!", que se empiezan a levantar monumentos en varias poblaciones costeras y en el Museo Naval de Madrid.
El de Palma es el más declamatorio. No es arquitectura de ningún tipo, ni de estilo bauhaus, ni racionalista, ni art-decó. Consiste en un variado grupo escultórico, obra de un aplicado artista valenciano, Josep Ortell, experto en imaginería religiosa y panteones funerarios. Es una falla valenciana que trata de representar, según dicta Aquí estamos, al crucero a punto de hundirse y convirtiéndose en faro, en vertical con la proa al aire, con una enorme cruz católica grabada en su casco e infantes de marina presentando armas a bayoneta calada. Todo eso sigue ahí, desde 1947, impasible el ademán.
Dos son las falsedades con las que ahora se trata de disfrazar al monumento. Según una, al monumento lo recicló Aina Calvo. No es cierto.
Un "Caídos por Dios y por España" en la fachada de una iglesia puede ser borrado, sin necesidad de derribar el edificio. Una "Avenida del Generalísimo Franco" puede ser rebautizada, sin necesidad de variar el trazado de la calle. Pero un monumento promovido por Falange e inaugurado por Franco no puede ser descontaminado. Es lo que es íntegramente, todo él, de arriba abajo: aunque quedara de él sólo una piedra, esa piedra seguiría siendo lo que queda del monumento al crucero Baleares. Como la Venus de Milo es la Venus de Milo aunque le falten los brazos.
La otra falsedad es hacer creer que su construcción fue producto de una cuestación popular voluntaria. Esa es, políticamente, una afirmación todavía más falsa y reaccionaria que la anterior. Bajo una dictadura fascista nada hay voluntario. Ni la voluntaria entrega de joyas, dinero, animales y cosechas, ni el voluntario brazo alzado en todas las proyecciones de cine, ni la voluntaria asistencia a ceremonias religiosas, ni el voluntario no vestir luto los familiares de republicanos asesinados fueron actos libres y voluntarios.

2. No forma parte de nuestro patrimonio
Patrimonio no es cualquier cosa que haya formado parte del pasado. La basura también forma parte del pasado, y la buscan con interés los arqueólogos en Atapuerca o Pompeya, pero no es patrimonio. Hay cosas del pasado sobre las que conviene cada día tirar de la cadena. Patrimonio es estrictamente lo que recibimos de nuestros padres: esa parte del pasado en la que nos reconocemos y que consideramos propia. Patrimonio nuestro son, por ejemplo, los cientos de escuelas hechas en las islas con el programa de Joan Capó durante nuestra República. El monumento al crucero Baleares no es nuestro. Al revés: nos quita nuestro pasado. No hay lugar para él en nuestra ciudad.

3. No tiene interés arquitectónico, artístico o cultural
No tiene interés arquitectónico, porque no es arquitectura ni, propiamente, tuvo un arquitecto como autor. Su supuesto arquitecto, un tal Francesc Roca, murió años antes de ser construido. Arquitecto, por cierto, habituado al absentismo: su obra más conocida, las casas Cassassayas, en la plaça del Mercat, tampoco es suya: vivía en Argentina mientras se construían.
El monumento, desde un punto de vista formal, como producto de los años 1939-1947, es una muestra de anacronismo, mediocridad profesional e incultura. Representa lo más provinciano y tosco de la sociedad mallorquina; declama en falsete, como el propio Caudillo, y quizás no sea extraño que hoy se identifiquen con él asociaciones igualmente ejemplares de desorientación, desinformación y arte declamatoria, como ARCA.

4. Molesta a la ciudad
Fue levantado ocupando el patio de juegos, cultivos y aulas al aire libre de un grupo escolar. No era grave, porque entretanto la escuela había sido convertida en cuartel. Hoy, cuando la escuela vuelve a ser escuela, el monumento al crucero Baleares manifiesta aún más claramente el desprecio del franquismo hacia todo lo que fuera la educación como fortalecimiento de las clases populares.
La remoción del monumento al crucero Baleares no ha de ser vista hoy como ocasión para reescribir el pasado, sino para mejorar el presente. El pasado no se reescribe. Los crímenes de la dictadura seguirán ahí siempre; y es irrecuperable la desaparición de aquella generación de hombres y mujeres diezmados, sin los cuales Mallorca se ha convertido en la miseria ética que es hoy. Pero los programas pedagógicos, sociales, económicos que intentó nuestra República son todavía fértiles. Una adecuada actuación, hoy, en el glacis de sa Feixina puede hacer que la comunicación peatonal entre Santa Catalina y Palma sea más permeable, y que la escuela Jaume I respire desahogada por sus espacios a cielo abierto. No necesitamos monumentos. Los monumentos de la democracia son las mejoras efectivas en las condiciones de vida de las clases populares.
Quienes hoy digan preferir, a la mejora práctica en las condiciones de vida de la gente, el culto a las piedras postizas del pasado franquista sólo representan a un pasado sobre el que también conviene tirar de la cadena.

* Arquitecto

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