Tribuna

Chefs, entre la gloria y la muerte

21.02.2016 | 01:09
Chefs, entre la gloria y la muerte

Como solía pasar sus vacaciones en Mallorca tuve el placer de conocer al prestigioso chef bilbaíno Aitor Basabe, responsable de uno de los mejores restaurantes españoles, bellísima persona, y padre de tres hijos. Para consternación de todos, apareció muerto en un bosque el día de Nochebuena. Las hipótesis de la Guardia Civil apuntan a un suicidio.

De ser así sería uno más de la plaga de suicidios que viene asolando a los más encumbrados exponentes de este colectivo. El más reciente, el pasado 29 de febrero, ha sido el del galardonado chef suizo Benit Violer, dueño de un restaurante con tres estrellas Michelin.

El más antiguo data del año 1671. En enero de ese año el maitre y cocinero de Luis XII, François Vatel famoso inventor de la crema chantilly, preparaba el banquete real. Su perfeccionismo lo llevó a atravesarse con una espada ante la demora del pescado que debía cocinar.

La cadena de suicidios ha sido tan numerosa en esta profesión que el 6 de febrero Kat Kinsman, periodista neyorkina especializada en crítica gastronómica, escribió un artículo cuya traducción es "¿Qué está matando a nuestros mejores chefs?". Seguramente estamos frente a un fenómeno complejo y que no obedece a una única causa. Pese ello desde la psicología clínica pueden destacarse algunos elementos significativos presentes en el ejercicio de esta profesión.

"Yo no pienso que la cocina es arte; arte es lo que perdura en el tiempo y la cocina es efímera", afirmó Aitor Basabe en un reportaje. Con ello nos dejó una pista importante, el carácter efímero de lo que los gigantes de la cocina producen y en lo que se basa su acceso a la gloria? o su caída en la miseria.

Faltaría agregar que la cocina tampoco es una ciencia puesto que el éxito otorgado por los examinadores que ponen o quitan estrellas depende de un universo subjetivo y de modas más que de parámetros medibles. Debido a ello, los grandes chefs están sometidos a la presión de pasar examen constantemente. Sus examinadores son diversos, los periodistas especializados, un público más o menos snob, las temibles redes sociales y el caprichoso comportamiento de un mercado de consumidores ávidos de novedades y sensaciones.

En realidad todo el universo de la sensualidad humana adolece de un carácter caprichoso, individual y cambiante. Los psicólogos utilizamos el tecnicismo de "mapa erógeno" para referirnos a la forma en que la historia singular de cada individuo dibuja la erótica de las diversas funciones y zonas corporales. Además del carácter singular del mapa erógeno de cada individuo, las fronteras que le dan forma cambian con el tiempo. Da igual si se trata del paladar para degustar un plato o de la manera en que se desea recibir una caricia.

El genial Federico Fellini lo expresó de este modo: "El buen vino es como una buena película: dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas, nace y renace en cada saboreador". Como demuestra la elevada posición de los chefs que se quitaron la vida, cuando más alto han llegado mayores son las exigencias, quizás también las rivalidades y envidias alrededor de un mundo etéreo, fugaz y de cambiantes paladares.

De esta situación puede extrapolarse un fenómeno general. Las personas que logran una elevada posición en el reconocimiento social, lo desean y necesitan con la suficiente intensidad como para movilizar sus recursos en esa dirección. Eso dice algo sobre los parámetros en que se asienta su autoestima. A mayor necesidad de reconocimiento mayor dependencia y fragilidad.

En la psicopatología de la vida amorosa es frecuente que alguien se derrumbe o violente por que su pareja lo baje del pedestal del enamoramiento como un chef al que Michelin le quitara estrellas. Los perfeccionistas viven al borde de un precipicio y, como dijo el sublime Calderón de la Barca, "el caer no ha de quitar la gloria de haber subido".

(*) Psicólogo clínico

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