Tribuna

El cubículo alienante

11.02.2016 | 01:54
El cubículo alienante

Amodo de burbuja aislante, el conductor isleño, en cuanto se aposenta en el asiento de su automóvil, se ausenta del mundo que le rodea, léase los demás vehículos que le circundan, y esa tendencia le empuja a una determinada actitud, que le domina indefectiblemente, a partir de ese momento hasta que se apea. Quizá sea esa la causa, que finalmente me ha empujado a llegar a la terrible conclusión que venía rondando por mi mente desde hace meses: los habitantes de esta isla tienen una carencia genética o patología alienante, que les impide circular adecuadamente, por ejemplo por las rotondas de nuestra geografía viaria, afectación que se extiende a prácticamente la totalidad de las vías de circulación; no es su culpa es que son, somos, así.

Las rotondas, tan de moda en nuestra isla, son un verdadero arcano para nuestros conductores; nadie parece saber con exactitud como desplazarse y moverse a través de ellas sin montar tacos circulatorios; son el agujero negro de nuestra circulación. Prueba de ello son los atascos que se producen en algunas de ellas a diario, sin que en tales atascos se vea ni por asomo la sombra de ningún agente para ayudar en el fluir del tráfico. Hay que admitir, en beneficio de nuestros conductores, que el trazado de las rotondas isleñas no ayuda precisamente a su sabia utilización por aquellos, aún cuando solo fuera por el hecho de que no parece producto del sentido común el que en algunas de ellas se tengan dos carriles circulatorios de entrada en las mismas pero solo un carril de salida o de incorporación en tres de sus cuatro entrantes o salientes.

Pero es que además o las rotondas no son adecuadas a las normas de tráfico o estas no están pensadas para estas, nuestras rotondas, porque claro si la norma a respetar es que quien se incorpora a una rotonda debe respetar a los que ya circulan por ella, puedo adelantarles que en no pocas fases del día, quien pretende acceder a una rotonda, puede apagar el motor y cargarse de paciencia porque tendrá que estar allí no escaso tiempo.

Y es que la circulación antes y durante la dicha rotonda y su normativa es simplemente ignorada por la gran mayoría de conductores, hecho que pueden ustedes mismos constatar con una mera prueba circulatoria a través de ellas, a poder ser en una hora de las llamadas punta en el tráfico.

Tomemos ejemplos varios de esos problemas en no pocas rotondas de nuestra geografía, en las cuales el primer problema que se le presenta a los conductores es qué pasa cuando dos vehículos salen en paralelo desde una de las vías de doble carril y se encuentran con que la salida tan solo tiene un carril de entrada; inmejorable cuello de botella; ambos circulan ya por dentro de la rotonda, en ese caso él quien debe ceder el paso a quien no es fácil de establecer.

Por otro lado tal parece, y así lo indica el reglamento de tráfico, que el conductor que acceda a una rotonda debe utilizar el carril más adecuado para proceder según sea su intención, de no ir errado ello quiere decir que los que tengan intención de acceder a una determinada rotonda, deberían elegir el carril, más cercano a la salida que piensan utilizar, que en caso de sea la más alejada, debe ser el interior o izquierdo de la misma, pues si eso es lo que esperan, deben ustedes perder toda esperanza, pues no son pocos los que hacen exactamente lo contrario, recorriendo 270 de los 360 grados de aquella circunferencia precisamente por el carril exterior o derecho, manteniendo a los demás embotellados en el interior de la misma. Es obvio que para esos conductores, y quizá para todos los demás, sería que las rotondas mallorquinas tan solo tuvieran un carril circulatorio, y así todos contentos.

A ello hay que añadir que para algunos, esos dos carriles son solo uno, pues trazan la rotonda como si una chicane fuera, trazando la cuerda de la curva (Fernando, cuanto daño has causado) utilizando los dos carriles alternativamente, en pos del triunfo en la carrera.

Pero es que además, y aquí se evidencia el síntoma más claro de esa especial patología isleña, existe un añadido al caos; indican las normas de circulación que los conductores están obligados a advertir a los demás usuarios de la vía de las maniobras que tengan intención de realizar con la adecuada anticipación; repito: que vayan a realizar, no que estén realizando, por aquello de no confundir el futuro con el presente. Y ustedes me dirán, ¿y eso como se hace?, pues permítanme resolver esa cuestión: ello se consigue con esos artilugios luminiscentes denominados "luces indicadoras de dirección"; ese elemento lumínico del automóvil, que muchos conservan sin utilizar, seguramente por temor al desgaste o para que sea la única parte del vehículo que no puede considerarse usada cuando lo revendan; permítanme ustedes que les mande un consejo a los concesionarios de automóviles: en lugar de colocar en sus vehículos tantos artilugios electrónicos, coloquen un elemento esencial para el conductor mallorquín: una bola de cristal, pues es esa la única forma de conocer las intenciones de no pocos utilizadores de nuestras vías circulatorias.

Esa especial forma de conducir, de conducirnos, ya ha sido vislumbrada por nuestro genial Agustín el Casta, que nos descubre esa otra tendencia, tan isleña, de dejar el carril derecho de autovías y autopistas vacio, para circular por el central o el izquierdo, como si fuéramos sobrados de carriles.

Y luego está aquello de la educación, que también queda afectada por esa especial atmósfera que se crea dentro de ese especial cubículo, y si no me creen hagan la prueba; cedan el paso a algún que otro conductor, también vale para peatones, y cuenten cuántos de ellos, les devuelven un gesto, un mohín de complicidad o agradecimiento, y verán como son desafortunadamente los menos. Esa falta de respeto por los demás es el que guía igualmente a los circulantes de las rotondas a pegarse al vehículo anterior, para así no dejar entrar en las mismas a los que se incorporan a ellas durante uno de esos atascos; egoísmo en estado puro. Así que ya ven el cubículo aliena, hace también olvidar las buenas costumbres, que nos enseñaron nuestros mayores, aquellas palabras mágicas: gracias y por favor.

Así que con permiso del presidente Kennedy, utilizaré una frase suya para decirles, decirme, a todos los conductores, que no pregunten qué pueden hacer los otros para mejorar el tráfico, sino que pueden hacer ellos, que podemos hacer todos, para conseguir ese fin.

* Abogado

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