Tribuna

'Marchons, marchons!'

07.12.2015 | 00:20
'Marchons, marchons!'

Derrotar al Estado Islámico puede que no sea una empresa militarmente muy difícil. Vencer al terrorismo yihadista, resultará, por el contrario, sumamente complejo y arduo. Tenemos por delante una dura y larga tarea, en la que muchos pacíficos ciudadanos perderán la vida, como ocurrió el 13 de noviembre en París con los jóvenes que asistían al concierto del teatro Bataclan.

Las muertes producidas esa noche en la capital francesa podrían tal vez haberse evitado de haber sido la Unión Europea una comunidad política más fuertemente integrada, con un servicio de inteligencia, una policía y un ejército unificados, o al menos altamente coordinados. Pero los europeos vamos, en todos los terrenos, con considerable retraso. Tampoco afrontamos de la manera más inteligente una crisis económica que lleva camino de "japonizarse" a causa de la errónea política de austeridad impuesta por Alemania, indudablemente la potencia vencedora en la gran recesión. Revela igualmente la insuficiencia del proyecto de integración europea la crisis de los refugiados, una catástrofe humanitaria que nos ha pillado desprevenidos, nos ha dejado aún más divididos y nos mantiene impotentes y desnortados. Así, crisis económica, terrorismo y enormes avalanchas de gente desesperada en las fronteras evidencian la oscuridad del presente europeo.

"El mundo es un horror", tendemos a pensar cuando somos testigos de tantos dramas en los telediarios. La subsiguiente tentación de resignarse, de blindarse emocionalmente o de zapear sin más en busca de programas de entretenimiento se cierne sobre el espectador. Muchos, en efecto, prefieren no ver y cambian inmediatamente de canal ante las imágenes que estremecen e interpelan a las conciencias. Soy incapaz de imitarles. Aunque mi edad empieza a reclamarme sosiego, todavía no me exige láudano y demás opiáceos en versión televisiva. Quiero empaparme del dolor del mundo porque constituye un elemental gesto de solidaridad con los que lo sufren directamente. Sin compasión dimitimos de la condición humana.

Ahora bien, el sentimiento de conmiseración no impide pensar lo que debemos hacer. Ante todo, ejercitar la capacidad de lucidez para determinar las causas últimas no sólo, pues, las más inmediatas de fenómenos de tan abrumadora gravedad. Me limitaré en este artículo al asunto del terrorismo yihadista.

Cuando ETA asesinaba y los españoles tratábamos de superar nuestra amargura y desazón, yo pensaba que, al menos, teníamos la "fortuna" de que los miembros de los comandos criminales no deseaban su propia muerte. En otro caso, no sólo habríamos sufrido más horriblemente, sino que nos hubiera parecido un problema insoluble. Ciertamente, ¡cuánta paciencia y cuánta determinación hubimos de derrochar ante la violencia etarra! Pues infinitamente más serán las que habremos de tener en la lucha con los yihadistas que operan en Europa, la mayoría de los cuales son conciudadanos nuestros, nacidos aquí, incluso educados en el seno de familias ya autóctonas, pero fanáticos religiosos ávidos de matar y de morir. ¿Cómo puede haber ocurrido esto?

Sabemos que la globalización ha exacerbado las pulsiones identitarias en todas partes como reacción a sus efectos difuminadores de las diferencias entre países y culturas. Tales pulsiones son particularmente intensas en el ámbito musulmán, donde, sin embargo, no existen vínculos nacionales, sino tribales, familiares y, muy señaladamente, religiosos. ¿Qué ofrece el Islam radical a los desarraigados jóvenes musulmanes europeos, sobre todo si no tienen más presente y futuro que la pequeña delincuencia del trapicheo? Pues ante todo les aporta un subidón de autoestima a base de redención moral, rescate social, odio feroz a los valores secularistas occidentales, inserción en una comunidad fraterna, misticismo, adhesión a una jefatura espiritual, encuadramiento militar? Todo lo cual es importantísimo, una transformación vital incomparable, una existencia plena de sentido. ¿No eran parecidos los jóvenes alemanes en 1914 y 1939? Así lo aseguraba Leo Naphta, un personaje de Thomas Mann, respecto de los componentes de una generación de combatientes que tan bien representaba Ernst Jünger: "Es desconocer profundamente a la juventud el creer que siente placer con la libertad. El placer más profundo de la juventud está en la obediencia". Y añadía Naphta: "No es la liberación y expansión del yo lo que constituye el secreto y la exigencia de este tiempo. Lo que necesita, lo que pide, lo que tendrá, es el terror". De este impulso hacia la muerte surgieron los campos de sangre europeos de las dos guerras mundiales.

Porque, en efecto, también el terrorismo es una aventura juvenil: la aventura de dotar de significado a la propia vida a través de la embriaguez de la muerte. ¿Cómo comparar la suprema emoción de masacrar con un Kaláshnikov a los infieles o de inmolarse martirialmente por la causa de Dios con la grisura existencial en los barrios marginales de Bruselas o París? A fin de cuentas, vivir no puede ser vegetar miserablemente sin rumbo ni horizonte. Además, chapotear en el barro de la mediocridad renunciando al heroísmo requiere dinero suficiente para anestesiarse en la sociedad del low cost.

La solución a este descomunal problema que se le ha planteado a la Unión Europea (aunque no sólo, ni principalmente, a ella, por supuesto) parece muy peliaguda. En cualquier caso esa solución no pasa por crear limbos jurídicos como Guantánamo. Puestos a prescindir por completo de la humanidad y de la legalidad, ya tenemos patentado históricamente el modelo Auschwitz. Tampoco pasa por suprimir todos los derechos constitucionales y conferir plenos poderes a la policía. Sencillamente, el sangriento estandarte de la tiranía yihadista frente al que estos días se alza la fuerza sentimental de La marsellesa no se puede combatir con una tiranía aún mayor, que únicamente conduciría al derrumbamiento de la cultura europea. Marchons, marchons! contra la barbarie terrorista, sí, pero llevando en la mochila el acervo entero de nuestras libertades.

Todos los jóvenes que viven en Europa, procedan de donde procedan ellos y sus familias, han de tener un futuro de esperanza: educación, libertad, trabajo, derechos. El islam europeo debe pasar por el tamiz de la Ilustración y sus luces sin abdicar de la fe. Ese empeño constituye el compromiso que tienen que suscribir, inexcusablemente, todos los musulmanes radicados en suelo europeo.

(*) Catedrático de Derecho Constitucional

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