Tribuna

¿Y ahora qué?

25.11.2015 | 02:45
¿Y ahora qué?

Pasan los días y la herida de París sigue sangrando un poco en todos nosotros. Existen acontecimientos que marcan un antes y un después y este, me temo, es uno de ellos. Ya casi se ha dicho todo en cuanto esta pequeña nueva noche de San Bartolomé parisina y seguramente nada de lo que pudiera yo añadir variaría demasiado la percepción que casi todos tienen, tenemos de aquello; ahora entran en danza los analistas, los intelectuales, los políticos, los que saben de todo esto, y seguramente habrá opiniones para todos los gustos, lo cual es por sí mismo una redundancia.

Unos dicen que hay que arrasar el semillero terrorista y sembrarlo de sal, cual Cartago de nuestro tiempos, otros aconsejan que no debe acudirse a la represalia o la venganza sino al diálogo, los más intermedios dirán que hay que buscar una combinación de ambas vías, en fin soluciones a la carta. 

Hacer algo o no hacer nada; si elegimos lo segundo deberemos asumir entonces las tres, treinta o 300 muertes que cada cierto tiempo se irán produciendo en Europa; de decidirnos por la acción habrá que preguntarse cuál y con que alcance. Decía mi admirado Ghandi que el ojo por ojo solo nos lleva a un país de tuertos, valorando como valoro el pensamiento del mahatma, se permitirá añadir que no estamos ante la simple dominación colonial de la metrópoli como era su caso, y todo parece indicar que en nuestro caso el no hacer nada o el acudir al solo camino del "diálogo" con quienes nos amenazan, sin más, nos puede llevar a los de este lado del mapa a quedarnos todos ciegos, si no lo estamos ya; nos enfrentamos a una amenaza real e inmediata, porque no debiéramos olvidar que todos somos objetivos de este nuevo método de guerra.
A veces me provoca cierta ternura escuchar a algunos, a quienes prefiero presumirles buena intención, que hay que dialogar con los actuales o futuros terroristas, opinión que casi me lleva a aconsejarles que obren en función de sus palabras y se presten a realizar reuniones con los radicales embrionariamente futuros asesinos o mejor aún que se suban al primer avión con destino Siria y se vayan a dialogar con los que van por ahí cortando cabezas y quemando vivos todo tipo de seres humanos.

Luego está la salida de limitarse a buscar causas o motivos de lo que es una actitud simplemente asesina; motivos sociales, laborales, de identidad, sin embargo es obvio que no todos aquellos que están en esas mismas negativas circunstancias negativas se levantan una mañana y se dedican a sacarles las tripas a sus vecinos, hay algo más. Lo único cierto es el hecho de que si bien hay verdad en aquello de que no todos los musulmanes son terroristas, faltaría más, y no todos sus radicales son terroristas, todos los terroristas yihadistas son musulmanes; algo tendrá que ver este común denominador con esta lacra, como también alguna incidencia tendrán en el asunto los ocasionales y atronadores silencios que desde aquella religión se guardan ante algunos atentados. De todos modos no parece que lo inmediato sea saber el porqué sino él como pelear contra esa terminal patología; permítanme acudir a un símil médico; cuando se lleva a un paciente infartado a un centro hospitalario, los facultativos no se ponen a discutir si el paciente había fumado mucho en sus años mozos o si era demasiado aficionado al bacon, sino que se aprestan de inmediato a defender su existencia, incluso llegando a la cirugía misma. Ya habrá tiempo luego para estudiar las causas del infarto.

No debemos relegar a los que ven la solución en que occidente deje de vender armas a los terroristas, olvidando que el arma preferida por esos desalmados es de fabricación rusa y que tampoco renuncian a los explosivos de confección casera y hasta a los cuchillos.
En fin, admito que las posibles soluciones a tomar no son sencillas ni fáciles; admito que lo más templado es manifestar que se está en contra de cualquier medida violenta en el origen geográfico del problema, pero algo habrá que hacer. Es conocido el ejemplo que suelen utilizar algunos preguntando, casi siempre a quien está en contra de todo método violento, qué hubiera hecho sabiendo lo que sucedió en la Segunda Guerra Mundial si se hubiera encontrado con un Hitler en su niñez. ¿Hubiera matado al pequeño Adolfo evitando así las cincuenta millones de muertes que se produjeron en aquella contienda, o le hubiera dejado vivir, colaborando por omisión en la producción de aquellas muertes? Dejo la pregunta en el aire. 

La cuestión que se plantea es la siguiente: ¿hasta dónde está dispuesta a llegar Europa para proteger a sus ciudadanos? ¿Debe eliminar el problema en origen, sean cuales sean sus costos o debe esperar a que sus consecuencias lleguen a nuestros países?

Para resolver la anterior cuestión no baladí el recordar lo que salió de la boca de un terrorista islamista ya abatido: "Vosotros amáis la vida tanto como nosotros amamos la muerte"; y la frase, esa idea fuerza, es precisamente la que marca la diferencia, la que nos debiera hacer pensar. En primer lugar, es obvio que quien tiene por objeto la propia inmolación, llevándose por delante el máximo de infieles, en la búsqueda de un determinado prometido paraíso en el más allá, está poco inclinado al diálogo y le afectan escasamente las penas que puedan imponerle las leyes occidentales, en segundo término, por cuanto ante esa analítica vital se comprenderá que los que así piensan y sienten, tiene el mismo aprecio por la vida de un occidental oportunamente decapitado en Siria, acribillado en París o destrozado en tren de cercanías madrileño que la que tiene por cualquier musulmán, hombre, mujer o niño muerto por una bomba occidental no demasiado bien dirigida. Es decir, ninguno.

Los que asesinaron en París a nuestros jóvenes están dispuestos no solo a dejarse la vida en su empeño sino que no les importa que sus hermanos en la religión sufran las indeseadas consecuencias de sus actos; la ubicación de sus propias bases y cuarteles, siempre rodeadas de civiles, son buena muestra de ellos. En Europa se brega por evitar víctimas "civiles", tanto en nuestro lado como en el otro, para los yihadistas las víctimas "civiles" tienen igual valor propagandístico, las de aquí y las de allí. Los que ellos matan aquí son fuente de publicidad para su causa, los que mueren en su territorio por causa de acciones europeas también. 

Esa diferente valoración de la existencia humana es lo que convierte este conflicto en algo desigual. La pregunta es pues bien sencilla: ¿estamos dispuestos los europeos, los occidentales, a poner nuestras vidas en peligro y hasta incluso perderlas en el empeño de salvar la vida de nuestros conciudadanos con el mismo tesón que los terroristas están dispuesto a perder las suyas para masacrar a otros o no?

(*) Abogado

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