Tribuna

Hedonismo y educación: dogmas del progresismo en la enseñanza

12.11.2015 | 02:45

Si en España existe un fraude que se renueva y amplía pese a la evidente decadencia a la que han conducido su pésima gestión, sus peores resultados y el sectarismo ideológico desde el que se ha orquestado, ese es, sin duda, el fraude de la enseñanza.

En las últimas décadas la carrera docente ha quedado reducida a un indecente sucedáneo de profesión, adulterada por dogmas ajenos a la realidad de las aulas y controlada por ideólogos de salón, expertos en amputar indiscriminadamente vocaciones y falsear la labor de todo un colectivo, reducido a la condición de hiperfuncionariado, cuyo cometido ya no es enseñar sino entretener y sentirse culpable por exigir a sus alumnos que se esfuercen.

El dirigismo que existe en nuestra perversamente auditada profesión se muestra en todas y cada una de las medidas con las que se priva al profesional de sus herramientas fundamentales, antaño utilizadas para dar clase, como los conocimientos y el amor por la especialidad a la que uno decide consagrar su vida, para ser sustituidas por consignas cuya función es el vaciado de contenido de toda disciplina académica y el automatismo de las conductas profesionales, subsidiarias ahora de la tiranía de la igualitarización y la socialización, transversalizada a todo el colectivo, aprovechando la inanidad y poco sentido crítico de la mayor parte de los docentes.

Quedan para el recuerdo y la nostalgia expresiones como libertad de cátedra o búsqueda de la excelencia. El dogma al que debe consagrarse el profesor de la revolución cultural progre es la motivación del alumnado y su socialización. Lo que interesa ahora es que palabras como examen, trabajo, esfuerzo o sacrificio no produzcan conmoción o desaliento. Dado que enseñar es menos importante que educar (en el catecismo progre, recordemos, educar es socializar) las funciones actuales de un profesor pasarán a ser: vigilar patios, mantener el aula en condiciones, resolver dudas extraacadémicas de los alumnos, ser dinamizador social de sus emociones (la motivación como sustituto del trabajo y el esfuerzo)€ Se llega así al hedonismo en el que desemboca toda infantilización por decreto y cuyo resultado es la abulia intelectual y la exigencia adolescente de comprensión ante la falta de esfuerzo e interés por aprender (¿la generación más preparada?).

El catecismo progre no permite educar para el riesgo sino para evitar frustraciones. Banaliza los conocimientos y sacraliza los procedimientos, aunque estos aniquilen el aprendizaje. Por ese motivo insisten en que la escuela debe educar pero se olvidan de la instrucción porque les suena a vocablo fascistoide, propio de las élites que discriminan a los alumnos por sus conocimientos.

He escuchado a un jefe de estudios perorar sobre la inutilidad de las clases magistrales hasta el punto de proponer en el proyecto educativo del centro la eliminación de las clases teóricas y sustituirlas por clases prácticas: La teoría en casa y la práctica en clase, rezaba el proyecto, condenando así a los alumnos a no poder seguir una clase para la que no se les ha preparado previamente. Este es el dogma rousseauniano del buen salvaje: los niños aprenden solos; el profesor solo es un facilitador de información. También es el dogma de la nueva revelación tecnológica: la sociedad ha cambiado; ahora los niños están más distraídos con los móviles y las tablets y hay que hacer cosas más prácticas, dicen los iluminados. Sí, y desde que esta jerga de paleto soberbio se ha instalado en las parroquias de la educación igualitaria el fracaso escolar se ha convertido en una característica idiosincrática de muchos centros de enseñanza y de todo un país. ¿De qué les sirve conocer la crítica de la razón pura o el imperativo categórico de Kant si jamás lo van a necesitar para conectarse por facebook o wassapear? Así, los antaño espacios de aprendizaje aparecen ahora revestidos de ocio, entretenimiento, desubstancialización de los contenidos y obsolescencia programada de los planes de estudios exigentes o clásicos.

Se impone así un gregarismo que arrincona al profesor en una jerga de pleonasmos que encubre la falta de saberes, pero le mantiene ocupado reescribiendo su programación de aula o redactando confesiones de por qué el sistema es infalible pero su labor individual no logra que todos los alumnos aprueben sin esfuerzo. Y la sangría continúa. En el instituto donde he trabajado los últimos cuatro años se han tenido que aprobar medidas extraordinarias porque el tapón de repetidores que se producía en 2º de la ESO era tan contundente que la medida adoptada fue€ ¿subir el nivel de exigencia? Noooo. Permitir pasar de curso con un suspenso más.

La revolución cultural se manifiesta siempre como ruptura de la cadena de transmisión de saberes, de ahí el declive del latín, el griego, la filosofía o incluso la historia, sustituida ahora por las ciencias sociales, dando lugar a una amnesia generalizada que impide cualquier emancipación real a través de una cultura que ya no se enseña, porque su lugar ahora lo ocupan las nuevas tecnologías y las ideologías de consumo.

Un reflejo de esta posmodernidad en la escuela es la vacuidad de los proyectos educativos, la saturación patológica de protocolos redundantes de intervención psicopedagógica (a saber qué significa eso), la sectarización de postulados antihumanistas como la eliminación de los saberes considerados inútiles, la entronización de las actividades de mero entretenimiento (talleres para la paz, talleres para la gestión de las emociones), la cronificación burocrático-patológica de la profesión docente (que justifica algunas plazas en propiedad de algún departamento) y los confesionarios (el bar del instituto) para profesores que todavía creen en la transmisión de conocimientos, considerando que una buena formación, y no el facilismo institucionalizado, es la mejor manera de que sus alumnos puedan promocionar socialmente.

La ética hedonista que guía los parámetros del actual sistema educativo supone un síntoma de decadencia tan extraordinario que las escasas convicciones que aún mantiene una parte del colectivo (los que siguen creyendo en su vocación) navegan a la deriva en un mar sin islas, a la espera de ser rescatadas de la botella.

* Miembro fundador de la asociación Profesores Libres de Ingeniería Social, PLISEducación.

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