Tribuna

¿Qué hacemos con las embarcaciones de recreo?

07.09.2015 | 02:45
¿Qué hacemos con las embarcaciones de recreo?

Vivimos en una isla, en un archipiélago y en consecuencia rodeados de mar por todas partes. Vivimos en el Mediterráneo cuya apasionante historia tiene su fundamento en el mar y en la navegación.

A día de hoy en la comunidad balear pueden navegar desperdigadas por todas las islas en el mejor de los casos unas miles de embarcaciones, y estaremos todos de acuerdo en que la mayoría de ellas lo hacen únicamente durante los meses de verano, en especial julio y agosto, siempre que durante este mes último mes no caiga alguna tormenta ya que ello acorta la temporada.

De lo que se deduce que la presión que sobre el medio ambiente, sobre el mar, pueden ejercer unas decenas o a lo sumo centenas de embarcaciones durante dos meses al año sobre una determinada cala, es mínima, y nada tiene que ver con la presión que ejercen otros elementos externos que comentaremos más adelante, ni por supuesto la que ejercen los cientos, miles o millones de personas, de bañistas, que invaden cada año nuestras playas y cualquier rincón de la costa a la que tienen acceso prácticamente sin control alguno, dejando el agua en un estado lamentable y las playas, en cuyo entorno ya no crece nada, hechas unos zorros. Ni tiene nada que ver con la presión que ejercen miles de vehículos o excursionistas que cruzando dunas, pinares y pasajes, en muchos casos protegidos, se desplazan por nuestras montañas o a las calas vírgenes de nuestras islas, arrasando con todo lo que encuentran a su paso. Es fácil comprobar que por donde pasan no crece ni la hierba y cómo perturban el reposo de las aves, insectos y animales que allí tienen sus hábitats.

Desde hace unos años se está limitando de cada vez más el derecho que tenemos a navegar y cada día se ponen más pegas al navegante. Prohibición de acceso a las playas, limitación de navegar cerca de la costa, prohibición de fondeo con distintos pretextos cada vez en más zonas, o instalación de campos de boyas teniendo que pagar por su uso sin recibir ningún servicio a cambio, dando igual si se fondea una hora o todo un día. Mientras el bañista no paga nada, ni por el socorrista que le vigila, ni por el policía que intenta controlarlo, ni por la limpieza de la playa que ha ensuciado, ni por las duchas y pasarelas que le ha colocado la administración y que se sufragan con los impuestos que pagamos entre todos, incluidos los que navegamos.

Y el problema no solo es este, sino que sin ningún tipo de justificación y con una absoluta falta de rigor, de cada día son más las instituciones o grupos de presión que se apuntan a demonizar la náutica de recreo, algo inexplicable en una isla, con la excusa de que son muchas las embarcaciones y de que con sus fondeos dañan la posidonia y ello no es así. Hay que hacer constar, a efectos informativos, que la posidonia es una planta que goza, como muchas otras, desde el año 2011 de una especial protección pero que en ningún caso está catalogada ni como vulnerable ni en peligro de extinción.

Los navegantes de recreo con sus fondeos no son los principales culpables, en la mayoría de los casos ni siquiera los culpables, del deterioro de la posidonia en aquellas zonas en que ello se produce. De ser así no tendríamos las casi setenta mil hectáreas de superficie que tenemos en nuestras costas, o para poner un ejemplo más próximo, en muchas lugares de la bahía de Palma (Illetes, Magaluf, Cala Blava, Enderrocat...) en donde en verano y desde hace muchas décadas fondean cientos de embarcaciones no quedaría ni rastro de la posidonia, y pese a ello, en las zonas en donde estas plantas solo se ven amenazadas por los fondeos apenas ha sufrido retroceso como se ha puesto de manifiesto en múltiples ocasiones.

En una charla coloquio que organizó la Asociación de Navegantes del Mediterráneo, que me honro en presidir, celebrada en un abarrotado salón de actos del Real Club Náutico de Palma el pasado mes de febrero y en la que intervinieron un biólogo, un ingeniero, un periodista y un navegante, a la que asistieron distintos responsables medioambientales de las islas y profesionales del sector, se exhibieron fotografías aéreas tomadas por un avión americano en el año 1956 de distintos lugares, entre estos Illetes, Formentor, Pollença y otros de Eivissa y Formentera, y se evidenció, comparando fotografías, que en todos estos lugares en donde en verano fondean un buen número de embarcaciones, las praderas de posidonia tienen la misma extensión ahora que la que tenían en aquellas fechas. Además, cualquier persona con unos mínimos conocimientos de navegación sabe que el patrón de una embarcación evita echar el ancla sobre el alga al ser este un fondeadero muy inseguro, y cualquier persona sin necesidad de tener conocimientos de navegación, pero con un mínimo de sentido común, puede comprender fácilmente que el fondeo de un pequeña embarcación (que son las pueden acercarse a la costa) durante unas horas al día y en días de bonanza en verano, apenas sin borneo, en muy pocas ocasiones puede hacer daño a la posidonia, una planta que además tiene una gran capacidad de regeneración. Ello sin olvidar que la superficie apta para el fondeo en nuestro litoral no sobrepasa los veinte kilómetros cuadrados de superficie (2.000 hectáreas, frente a las más de 70.000 de posidonia) y de estas más de la mitad son de arena.

Son otros, y no las anclas, los grandes enemigos de la posidonia y ello es de sobra conocido por quienes demonizan el fondeo. Vertidos de aguas de depuradoras o procedentes de acuíferos cargados de nutrientes (abonos), escorrentías o emisarios; construcciones en la costa; regeneración de playas; vertidos de materiales; pesca de arrastre ilegal; desaladoras; instalaciones de acuicultura; especies invasoras, cada día más y en mayor número (algas y peces); calentamiento del agua y cambio climático, y sin embargo al tener ello una más difícil solución, o no querer complicarse la vida los responsables del asunto, no afrontan estos problemas con la seriedad con que deberían hacerlo y dirigen el objetivo hacia el más débil, el navegante de recreo.

Y el problema, es que de cada día son más los que sin duda por intereses económicos o políticos se apuntan a la demagogia, cargan contra los que navegan y proponen más limitaciones al fondeo o a la navegación. Hemos visto este verano en la prensa, como instituciones, patronales, ecologistas, asociaciones de vecinos y hasta hoteleros (lo que tiene guasa), proponen la prohibición del fondeo en algunas zonas o en el mejor de los casos su regulación mediante la colocación de boyas, por supuesto de pago, con la escusa de preservar la posidonia.

Desde la Asociación de Navegantes Mediterráneo pedimos un mínimo de sensatez, un mínimo de seriedad, objetividad y respeto para los que navegamos, que también pagamos impuestos y bastantes más que muchos otros, para poder disfrutar de nuestra afición. Estamos en una isla y si algo se debe promocionar o fomentar es la afición al mar y a la navegación, como hacen la totalidad de las del Mediterráneo, bañadas por el mismo mar, con idénticas praderas de posidonia, sin tantas limitaciones y con unas normativas mucho más realistas y fundamentadas únicamente en cuestiones medioambientales.

Los que navegamos, los que amamos el mar o por lo menos los miembros de la Asociación de Navegantes Mediterráneo, no pretendemos en ningún caso que se limiten los derechos de los bañistas, ni de los excursionistas y mucho menos nos oponemos a que se protejan las especies que se deban proteger, a lo que nos oponemos es a que se haga demagogia con ello y sobre todo, y aquí está el quid de la cuestión, que todos quieran hacer negocio.

Si se tiene que prohibir el fondeo o se deben colocar boyas en aquellos lugares en los que se ha demostrado técnicamente que los fondeos, los fondeos no otros elementos externos, afectan a alguna especie protegida que se coloquen, pero en tal caso, como ya apuntábamos en un artículo anterior, que las gestione la administración, bien directa o bien indirectamente y que no se cobre por ello, que se financien con las ayudas que llegan de Europa o con los presupuestos del Estado o de la de la comunidad que por algo pagamos impuestos. Con estos mismos impuestos que pagamos entre todos, navegantes o no, y con los que se financia el mantenimiento o limpieza de las playas y sus socorristas (sin cobrar al bañista), las carreteras y muchos aparcamientos (sin cobrar al conductor), el uso de fincas públicas o los kilómetros de caminos y senderos, rutas de pedra en sec o "corredores verdes" (sin cobrar a los excursionistas), o los parques sin cobrar a los niños o a sus padres por el uso de sus instalaciones. Todos somos iguales incluso los que navegamos.

(*) Abogado, presidente de la Asociación de Navegantes del Mediterráneo

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