Europa, 1932. España, 2014

12.11.2014 | 06:30
Europa, 1932. España, 2014
Europa, 1932. España, 2014

La Operación Púnica es el último de los escándalos de corrupción destapados en España. Al menos el último mientras se escriben estas líneas; no se puede descartar que cuando vean la luz las portadas de los medios de comunicación estén salpicadas por otro caso. Los hay para todos los gustos: tarjetas negras a cuenta del contribuyente para caprichos, redentores de patrias con ´la pela´ en el extranjero y sin declarar, representantes de los trabajadores que desvían el dinero de su formación, defensores de los obreros que se inventan EREs para desviar fondos o conceder subvenciones, financiaciones ilegales de partidos y campañas o cobro de comisiones a cambio de adjudicaciones. Entramados que harían tambalearse los cimientos de cualquier democracia. Sin el condicional. Todo ello mientras muchos ciudadanos intentan salir adelante en medio de la peor crisis económica mundial desde el crack del 29. Lo más descorazonador es que ya a nadie le sorprende un nuevo caso. ¿Qué peligros entraña este divorcio entre los ciudadanos y quienes deberían representarles para la democracia?

Conocer la Historia debería servir para no repetirla. Son unos cuantos los paralelismos que pueden establecerse entre la situación actual y la Europa de entreguerras. En primer lugar, Hannah Arendt alertaba en Los orígenes del totalitarismo de los peligros del cinismo de los ciudadanos en la vida pública: "La propaganda de masas descubrió que la gente siempre estaba dispuesta a creer lo peor, por absurdo que fuera, y que no se resistía especialmente a ser engañada, puesto que, de todas formas, consideraba cualquier declaración una mentira". De esta forma, los totalitarios se dieron cuenta de que "bajo semejantes condiciones, uno podía hacer creer a la gente las más fantásticas declaraciones y confiar en que, si al día siguiente recibía la prueba irrefutable de su falsedad, esa misma gente se refugiaría en el cinismo".

¿Qué ocurrió después de la Primera Guerra Mundial para que Europa escribiera la página más negra de su historia? Arendt defiende que "el sistema de partidos dejó de ser un instrumento útil y el sistema de clases de la sociedad se quebró bajo el peso de las crecientes masas enteramente desarraigadas por los acontecimientos. Los viejos partidos mostraron claramente que ya no eran capaces de funcionar como representantes de los intereses específicos de sus votantes, sino que se habían convertido en meros defensores del statu quo". ¿Les suena?
Especialmente significativa por su actualidad resulta su descripción de la situación en la Alemania prehitleriana. "Sólo dos movimientos estaban al margen del sistema parlamentario y luchaban contra él, pero presentaban a sus candidatos: nazis y comunistas. Todos los demás partidos coincidieron de repente en un solo candidato. Las diferencias entre los partidos carecían ya por completo de significado; estaba en juego la existencia de todos ellos y, en consecuencia, se agruparon y esperaron mantener un statu quo que la garantizara. Un statu quo que en 1932 significaba el desempleo para casi la mitad del pueblo alemán. Nazis y comunistas necesitaban contar con aquellos que deseaban un cambio a cualquier precio (incluso el de la destrucción de todas las instituciones legales); éstos eran al menos los millones crecientes de parados y sus familias. Amenazaron ambos a sus electores con el temor al statu quo, exactamente de la misma manera que los oponentes habían amenazado a sus seguidores con el espectro de la revolución. Todos con la tácita presunción de que el electorado acudiría a las urnas porque estaba asustado". ¿Les resulta familiar?

Otro aspecto ilustrativo del auge de los totalitarismos es el de que surgieran en un momento en que "la reputación de los Parlamentos y partidos constitucionales había declinado constantemente. Para el pueblo en general parecían instituciones caras e innecesarias. Por ello surgieron grupos que afirmaron representar algo por encima de los intereses de partido y de clase, comenzando al margen del Parlamento, y sólo por ello ya tenían una gran posibilidad de conseguir popularidad. Tales grupos parecían más competentes, más sinceros y más preocupados por los asuntos públicos. Pero sólo en apariencia, porque su verdadero objetivo era promover un interés particular hasta que hubiera devorado a todos los demás y en hacer que un grupo particular se convirtiera en dueño de la maquinaria estatal.´ Arendt también avisa de que ´la propaganda puede atentar vergonzosamente contra el sentido común sólo donde el sentido común ha perdido su validez´".

El descrédito actual de las instituciones democráticas y la pauperización de los ciudadanos tiene precedentes. Ciertamente, es imprescindible que se produzcan cambios en la manera de entender la política. Ésta debería consistir en el servicio al ciudadano y no en una actividad parecida a la cleptocracia. Sin embargo, Europa ya demostró el siglo pasado que romper con un statu quo a cualquier precio puede conducir a una pesadilla aún peor. Como nos recuerda Arendt, "los nazis y los bolcheviques pueden estar seguros de que sus fábricas de aniquilamiento constituyen tanto una atracción como una advertencia. Las soluciones totalitarias pueden muy bien sobrevivir a la caída de los regímenes totalitarios bajo la forma de fuertes tentaciones, que surgirán allí donde parezca imposible aliviar la miseria política, social y económica en una forma digna del hombre". Los errores del siglo pasado nos demuestran que no podemos abdicar del deber de ciudadanos. No es cierto que ya no haya nada que perder si hacemos que la democracia caiga en manos de sus enemigos.

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