El caso Zweig

22.06.2014 | 06:30
El caso Zweig
El caso Zweig

Es mérito del editor Jaume Vallcorba haber desempolvado a Stefan Zweig de las estanterías de nuestros padres y haberlo colocado en las listas de los más leídos del país. Así ha ocurrido, en estos últimos años, con El mundo de ayer, Los grandes momentos estelares de la humanidad o su biografía de María Antonieta. El éxito de Zweig en España ha propiciado el reencuentro con un autor que no defrauda y entretiene mucho, pero ha habido también en él algo de nuevorriquismo lector. Me explicaré. Se ha acogido a Zweig y se ha hablado de Zweig como si fuera un descubrimiento súbito y actual –incluso como si fuera el gran intelectual que no fue–, cuando tanto nuestros padres como nuestros abuelos lo habían leído ya, y bastantes de nosotros, de su mano y en sus viejas ediciones, también. Quiero decir que nunca fue un autor minoritario o de culto, sino un autor muy popular, y en todas las librerías de viejo topabas con sus obras aquí y allá. Pero bienvenido sea el entusiasmo por Zweig, que fue un divulgador excelente, un hombre que vivió muy bien y se le nota en la felicidad de su prosa, y alguien muy generoso con sus amigos. Y gratitud a Jaume Vallcorba –como por todo el magnífico catálogo extranjero de su editorial Acantilado– por haberlo hecho posible.
Pero el éxito no está siendo sólo español. Recientemente Wes Anderson –el director de Viaje a Darjeeling– filmó Gran Hotel Budapest, basándose en el espíritu que recorre algunos de los libros de Zweig. Estos días acaba de salir en Inglaterra una biografía de George Prochik, titulada El exilio imposible, que trata, sobre todo, de sus últimos años de vida, entre Nueva York y Petrópolis, en el Brasil. Y las editoriales europeas no se cansan de reeditar sus obras. ¿Tiene eso algún significado que se nos escapa? ¿Vivimos en un ciclo parecido al que él retrató en El mundo de ayer?

Stefan Zweig era judío y tuvo que largarse de Europa vía Londres, como hicieron tantos. Unos para quedarse allí –Freud, por ejemplo– y otros para saltar a América. Zweig era pacifista y nunca utilizó su enorme proyección como escritor –su éxito ya fue fabuloso en vida– para criticar o enfrentarse a Hitler, cosa que sus amigos –principalmente el novelista Joseph Roth, también judío y una de las personas que se benefició de la generosidad de Zweig– le censuraron a menudo. Stefan Zweig consideraba que aumentar el enfrentamiento provocaría más violencia. Roth le contestaba que el silencio aún envalentonaría más a los matones y que una voz discrepante ayudaba a detener un fragmento de la barbarie. Ya sabemos cómo acabó aquello y ese final nos indica, aún con más fuerza, que era Roth quien llevaba razón y Zweig no.

Todo esto resulta muy curioso porque Stefan Zweig –como se palpa y respira en cada una de las páginas de sus libros– conocía muy bien la Historia y por tanto conocía bien el comportamiento de los hombres cuando las cosas se tensan en exceso. Sin embargo, al tensarse en su propia vida –en el momento histórico que le había tocado vivir–, se negaba a aplicar sus conocimientos sobre la realidad y prefería confiar en una bondad última que contribuiría a resolver, en la medida que fuera, tanta amenaza. El silencio, la tolerancia y la comprensión creía que serían más efectivos para la paz social que levantar la voz y decir basta a la patraña. Roth le decía que comprenderlo todo es confundirlo todo, parafraseando a Madame de Stäel, que había escrito que comprenderlo todo era perdonarlo todo. El lúcido Joseph Roth –el gran novelista de la decadencia del imperio austrohúngaro (siempre he tenido una querencia por lo austrohúngaro)– llevaba, otra vez, razón.

Pero las cosas nunca son tan exactas. Le damos la razón a Roth porque sabemos lo que ocurrió luego y desconocemos en cambio si Zweig previó que podía ocurrir algo así. La mente del hombre no basta, en los días tranquilos, para imaginar hasta donde puede llegar la barbarie disfrazada tantas veces de lo contrario. Roth era un artista y poseía la lucidez e intuición de los artistas. Zweig era un buen escritor, que comprendía muy bien a los artistas, pero que no era, exactamente, un artista. Quizá eso impidiera que pudiera darse cuenta de lo que sí se daba cuenta Roth. Lo que sí sabemos es que un hombre como Stefan Zweig –que era un hombre recto– de haber conocido o previsto lo que llegaría a ocurrir, sí se habría enfrentado a ello en el momento en que aún se podía hacer y era provechoso hacerlo.

No lo hizo porque creyó que no hacerlo impediría precisamente que se llegara a donde acabó llegándose. Esto debió de torturarle al final con cierta insistencia. Tanto en Nueva York, donde los exiliados europeos continuaban pidiéndole dinero –él siempre lo tuvo–, como en Petrópolis, cuando a través de la prensa, se enteraba de las visitas de agentes nazis por Sudamérica y contemplaba la derrota aliada en Asia. El final lo conocemos todos: su suicidio en brazos de Lotte, su mujer. El mundo era de sus enemigos y él no había hecho nada para detenerlos. ¿Nada? No es totalmente cierto. Él había tejido un tapiz sobre la vieja civilización europea y nos lo dejó como talismán, precisamente, para evitar la barbarie. Era su herencia y su legado y su forma de mantener a raya el horror. Que se le continúe leyendo con devoción quiere decir que algo de razón también llevaba.

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