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HEMEROTECA » |
RAFAEL PERERA
Seguramente serán numerosos los católicos de Mallorca que el próximo día 23, a las cinco de la tarde, acudirán a nuestra Catedral para rendir homenaje de despedida a Jesús Murgui.
Unos, la mayoría, lo harán por el afecto personal que les merece el que ha sido obispo de Mallorca durante los últimos ocho años, a quien habrán tenido ocasión de conocer y tratar personalmente en las numerosas ocasiones (no sólo en las llamadas "visitas pastorales") en las que Jesús Murgui se ha prodigado incansablemente, en actos o celebraciones muy distintas, a lo ancho de nuestra geografía. O bien acudirán a la catedral porque tienen constancia de la intensa dedicación y del excepcional esfuerzo del obispo Murgui durante ese periodo para "iluminar" con sus enseñanzas y directrices a los hombres y mujeres de Mallorca. Lo cual, ciertamente, reclama correspondencia y agradecimiento.
Otros, la minoría, asistirán al homenaje (o, mejor dicho, deberían asistir al mismo) por la convicción de que, como creyentes e hijos de la Iglesia, deben afecto y respeto al "obispo de Mallorca", es decir a aquella persona (sea la que fuere) que, por voluntad de esa Iglesia, ha estado al frente de una de sus parcelas (la isla de Mallorca), para regirla y gobernarla como sucesor de aquellos primeros obispos que fueron los "apóstoles", según nos relata el Nuevo Testamento. Y asistirán (o, repito, debieran asistir al homenaje) por el razonamiento de que, de la misma manera que yo defiendo y defenderé siempre a mi madre (aunque tenga defectos) y trataré de disimular sus flaquezas y de respetar sus decisiones, aunque éstas fueren discutibles o mejorables, es obligación de los que se sienten dentro de la Iglesia el acatar y el respetar sus decisiones; y, concretamente, el aceptar y apoyar de buen grado a quienes, en cada lugar y circunstancia, han sido puestos al frente de una parcela de dicha Iglesia. Razonamiento que exige no sólo respeto, sino que es digno de todo elogio, por la coherencia y congruencia que supone y representa.
Lo que no merece respeto alguno (al margen de la asistencia o inasistencia al aludido homenaje) es la actitud de aquellos que, presumiendo de estar dentro de la Iglesia, se han atrevido „con ocasión del anuncio del traslado de Jesús Murgui„ a intentar desacreditarle y menospreciarle en los medios de comunicación y en las redes sociales: Críticas negativas que requieren especial rechazo si han venido de parte de algunos clérigos, como así ha sido: clérigos entre los que merece especial censura Francesc Novella, un cura resentido y frustrado, que, además, por lo que se ha visto, carece de la más elemental educación. Menos mal, claro está, que tales actitudes negativas se han visto ampliamente compensadas por testimonios públicos de personas cualificadas, con sensibilidad y cultura suficientes para pronunciarse sensatamente sobre Jesús Murgui.
Porque resulta indiscutible, a los ojos de un cristiano de base, que el obispo Jesús ha desarrollado, durante esos casi nueve años de estancia en Mallorca, un plan de acción evangelizadora perfectamente diseñado para encauzar los esfuerzos de ese conjunto meritorio de curas que, en los pueblos y ciudades de la isla, están quemando sus vidas „con pocos medios humanos y materiales„ para transmitir la fe y para reforzar en los mallorquines y en los emigrantes los valores del Evangelio. Al igual que es cierto que Murgui se ha volcado en diversas obras que él consideró prioritarias, como por ejemplo Cáritas (del obispo Jesús es la frase "primero son las necesidades de los pobres que los tejados deteriorados de las iglesias"). De modo que, con hechos, ha tratado de hacer realidad aquella idea que él expresó en su primera alocución en la Seu de Mallorca, en febrero de 2004,: "Hoy no soy yo quien toma posesión de la diócesis de Mallorca, sino que es Mallorca la que toma posesión de mí".
Por todo lo cual, y pese a las discrepancias que legítimamente puedan mantenerse sobre su estilo de gobernar o sobre algunas de sus decisiones, no es de recibo, a la hora de su despedida, que se enfaticen aquellas discrepancias y se silencie lo mucho y bueno que, desde su muy difícil puesto, ha hecho Jesús Murgui por la Iglesia de Mallorca, con su mejor buena voluntad. Lo cual, desde luego, exige reconocimiento y gratitud. Así, pues, es patente que el homenaje-despedida anunciado para el próximo domingo es muy merecido.
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