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HEMEROTECA » |
LLORENÇ RIERA Hasta ayer era imprescindible levantar un Palacio de Congresos en Palma, hoy resulta inviable y ni siquiera se puede acabar su fachada engañosa y fea. La única salida para la sanidad balear consistiía en cerrar el Hospital General y el Joan March, ahora „en realidad siempre ha sido así„ es más sensato recomponer su utilidad. Mallorca necesitaba a marchas forzadas ampliar la incineradora de Son Reus para eliminar la basura que produce, ahora, mejor hoy que mañana, la gran solución salvadora es traer barcos de residuos de parte de Europa para abaratar costes, mitigar el exceso de capacidad de la planta y generar energía limpia. Así se gobierna, con lápiz y goma de borrar, este archipiélago a la deriva sobre el gran mar de la improvisación y los temporales de intereses cruzados. ¿A quién creer? ¿En quién confiar?
Escuchando ayer a Catalina Soler, la llegada a Mallorca de basura tratada procedente de 6 ciudades de Italia, Irlanda y Reino Unido, para ser incinerada en Son Reus, es poco menos que una bendición de los dioses. ¿Pensarán lo mismo los turistas de estas nacionalidades cuando deban decidir si siguen viniendo de vacaciones a Mallorca? Por de pronto, los residentes no se muestran tan entusiasmados como la consellera insular de Medio Ambiente. Desconfían de las garantías ecológicas que se ofrecen y de las ventajas económicas que pueda haber de por medio. La encuesta que publica hoy mismo este periódico y las manifestaciones de algunos colectivos ciudadanos son claras en este sentido.
A Soler sólo le faltó hacer hincapié en la fragancia del producto que piensa desembargar en Alcúdia a partir del año próximo. Total, los buques contenedor que salen de Pescara o Roma pasan cerca de Mallorca y conviene hacer negocio y ganar combustible compatible con baja emisión de efectos invernadero. "No huele nada", sentenció Soler, pasando por alto que el problema del tratamiento de basuras en Mallorca es de pestilencia más profunda porque no radica en la calidad técnica del tratamiento que se le da, sino en los filtros de su gestión política y en su escasa vocación progresiva por el reciclaje y los buenos usos en origen.
Si el Parlament y la Unión Europea lo autorizan, el Consell confía que Mallorca reciba ya el año próximo 100.000 toneladas biosecadas de basuras. Con ello confía ahorrar 20 millones de euros que permitirían evitar el 50% de incremento de la tasa de incineración,con lo cual se situaría en 1.071 euros por familia. Ahora, los ayuntamientos pagan 131 euros por tonelada. Con la basura de importación también se puede lograr energía eléctrica limpia y se evitaría la emisión de 207.000 toneladas de C02 a la atmósfera.
Es una cuestión de equilibrios en una isla que se empeña en creerse pequeño continente. A Mallorca le han endosado una incineradora de 700.000 toneladas anuales cuando no supera las 500.000 mil ni resulta aconsejable abrir canales para producir más desajustes territoriales. La pura lógica lleva a pensar que lo adecuado, en todo caso, sería aprovechar plataformas continentales para eliminar residuos insulares. Pero es más fácil lograr la llegada de residuos que descuento de pasaje a las personas con residencia estable.
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