|
|
|
HEMEROTECA » |
RUBÉN RIAL
Todo el mundo ha respirado con alivio: el Códice Calixtino se ha recuperado y la joya volverá a ser expuesta para la admiración del mundo en la catedral de Santiago. Estábamos convencidos de que se había perdido para siempre, que había entrado en los mercados clandestinos, los de esa gente que disfruta sus maravillas en solitario en sótanos con aire acondicionado y con grandes medidas de seguridad. Pero no; por suerte, el autor del robo era un electricista, un ladrón de medio pelo.
Pero lo interesante es que el electricista no sólo se había quedado con el códice, sino que desde hacía mucho también arrasaba con los cepillos de la catedral y así había reunido dos millones de euros. Es interesante porque me pregunto cómo podrá hacer la catedral para afirmar la propiedad de ese dinero. Porque creo que en ninguna iglesia dan recibos por el dinero que los devotos ponen en los cepillos. O, dicho de forma más clara, el dinero de los cepillos es un dinero negro, sólo puede figurar en una caja B.
No tengo ninguna duda de que usted lector es un ciudadano honrado y que si alguna vez vende o compra algo, cobra o paga religiosamente el IVA y por lo tanto no tiene ninguna caja B. Pero imagine, por un momento, que efectivamente usted tuviera escondido algún dinero de origen dudoso. Ahora imagine que un sujeto aún más sinvergüenza que usted, descubre su escondrijo y lo vacía. Imagino los sufrimientos del pobre propietario del dinero negro robado. Si lo denuncia, quizás atrapen al ladrón -no es muy corriente, pero es posible- aunque, en primer lugar, tendría que explicar a la policía de donde había conseguido ese oscuro dinero. Ahora, imagínense, un obispo presentando la denuncia en una comisaría: "Señor guardia, me han robado el dinero del cepillo". El guardia, muy serio, coge un formulario y empieza a rellenarlo. Pero enseguida llega a una línea en la que hay que describir el objeto robado. El pobre obispo empieza a tartamudear: no sabe cuánto le han robado. Puede ser mucho, porque hace poco fueron las fiestas de algún santo al cual hay mucha devoción en la parroquia. O puede ser cero, porque últimamente las cosas no van muy bien entre los parroquianos. El guardia y el obispo se mirarán a los ojos, callados durante unos segundos.
Se me ocurren dos finales. Quizás, el obispo se marcharía con el rabo entre las piernas (lo cual no debe ser muy diferente de lo de cada día; aunque llevan faldas, creo que casi todos son machos). Pero a lo mejor, el obispo inventa una cifra y, ya puestos, no puede quedarse en miserias; lo más seguro es que proponga al señor guardia algo con cuatro o cinco ceros. A partir de aquí, el guardia se pondrá a trabajar, a buscar huellas digitales, cabellos del supuesto ladrón (para el ADN), sospechosos, coartadas y todo lo demás de las novelas de Ágata Cristie.
Al final, acabaría en un tribunal -creo que esto es lo que le espera al electricista- y el señor juez leería unas diligencias, algo así como que "la parte demandante poseía una cantidad de dinero?". A lo cual el defensor del electricista se frotaría las manos y llegado su turno, empezaría a preguntar: ¿cómo sabe cuál es el montante de la cantidad robada? ¿Tiene algún documento que demuestre que usted es el propietario de dicha cantidad?
Uno reconoce que todo lo que sabe de juicios lo ha aprendido en las novelas de John Grisham; es posible que por aquí las cosas sean muy diferentes, pero yo lo veo como un empate: el electricista no puede explicar el origen del dinero, pero el obispo tampoco. Y si yo fuera el juez, me quedaría rascándome la cabeza.
Fuera como fuera, las cosas todavía no deberían terminar con el veredicto. Porque a continuación debería aparecer un inspector de hacienda haciendo preguntas sobre cajas B y el obispo a su vez empezaría a rascarse la cabeza y a tartamudear.
Pero no. Esas cosas no pasan. Porque los obispos tienen total libertad para hacer lo que les dé la gana con el dinero que consiguen, proceda del cepillo, del IBI, o de donde sea. Y si alguien cuestiona ese derecho, los obispos amenazan con el hundimiento de Cáritas.
Yo estoy de acuerdo con ellos. Pero preferiría ver las cuentas. Que cada vez que se abra un cepillo, un testigo imparcial tome nota de lo recaudado y lo inscriba en un libro. O mejor: que se eliminen los cepillos y los fieles ejerciten su caridad con trasferencias que dejen huellas fiscales bien claras. Y lo mismo con el resto del dinero que reciben o que dejan de pagar (el IBI) los obispos. Sólo entonces, sabré cuanto de su dinero va a Cáritas y cuanto irá al Banco Vaticano para invertirlo en valores del mercado especulativo o quizás en fábricas de armamento. Y me alegraré de algunos de estos destinos y me cabrearé de otros. Pero así podré hacerlo con pleno conocimiento.
|
|
Consulte los actos más recientes y las próximas conferencias de nuestro club.
Entradas de cine gratis con la tarjeta del subscriptor Círculo 10.
Ya puedes insertar tu anuncio clasificado en Diario de Mallorca.
| LA SELECCIÓN DE LOS LECTORES | ||
LO ÚLTIMO |
LO MÁS LEÍDO |
LO MÁS VOTADO |
| CONÓZCANOS: CONTACTO | DIARIO DE MALLORCA | LOCALIZACIÓN | REDACCIÓN | SUSCRIPTORES | PUBLICIDAD: TARIFAS | CONTRATAR |
|
|
|||||||
|
||||||||