JOSÉ CARLOS LLOP
1. Hace poco se publicó en este periódico una foto de los padres de Llorenç Villalonga. Es una fotografía de grupo, la de la familia Muntaner dels Cocons, y en ella destaca Miguel Villalonga Muntaner, militar de artillería que llegaría a general y padre de nuestro novelista. No va de uniforme sino con traje, corbata y aguja, parece, de brillantes. El tejido de verano pero con chaleco, la mano derecha apoyada sobre el riñón y la izquierda hacia atrás sobre un bastoncillo de caña que no se ve, revelan una justa mezcla de poderío y coquetería masculinos. La barba recortada, el tipo moderno y la mirada algo soñadora hace el resto: a primera vista uno podría estar ante el protagonista de L´innocente, la película de Visconti basada en la novela homónima de Gabriele d´Annunzio. Desde luego esa imagen es una imagen tan potente como refinada, mediterránea —no como la de su hijo Llorenç, más distante, de mayordomo inglés— y se advierte en ella un carácter sensual, observador y seguro de sí mismo. Desde que pude ver esa fotografía —las pocas que había visto de los padres de Villalonga hasta ahora eran de más avanzada edad— pienso que el hijo remató en la literatura la faena que su padre había comenzado en vida. O que el hijo vivió literariamente, cosas que podrían haber sido —o fueron de verdad— la vida de su propio padre. Y no hablo de modelos —que en la obra villalonguiana son otros parientes, no su padre— sino de esos moldes vacíos que los escritores llenan con sus páginas y sólo ellos saben dónde se encuentran.
2. La costumbre de la fotografía del autor junto al artículo tiene aquí en España poco más de un cuarto de siglo. Antes —lo digo para desmemoriados y lectores que se hayan ido incorporando en este plazo de tiempo— no había foto, sólo firma. De la misma manera que la mayoría de informaciones que aparecían en distintas secciones del periódico se encabezaban con el nombre de la agencia que proporcionaba la noticia, con el abstracto "Redacción", o con el más abstracto aún "Palma". Ni los colaboradores teníamos rostro, ni los informadores —otra cosa eran los entrevistadores— tenían muchas veces firma. Lo que quiere decir que unas veces la tenían y otras no. Pero lo de la firma cambió antes. Lo de la generalización de la foto, ya dije, no llega a treinta años. Y los hay —por ejemplo, El País— que se mantienen, puristas, en la firma sin fotografía.
El asunto de la fotografía es raro. Los hay que están encantados; otros no tanto. La foto roba anonimato y eso no es bueno; o por lo menos, cómodo no es. Y luego está el envejecimiento, ese empeño de la naturaleza. La foto hay que cambiarla cada cierto tiempo porque acaba falseando la realidad. Lo que provoca en los demás la sospecha de que el colaborador la ha sustituido por puro narcisismo, cuando simplemente lo ha hecho o porque así se ha decidido en el periódico, o porque el tipo de la foto y él cada vez estaban más distanciados. Si ocurre con otros, cómo no va a ocurrir con uno mismo.
A lo que iba. A mí me da lo mismo el envejecimiento del rostro mientras sea digno (es más, no me gusta esa manía de no querer envejecer físicamente). Y me importa un bledo si el señor de la fotografía y yo vamos pareciendo primos en vez de hermanos siameses. Pero no soporto el calor que da en verano ese busto que firma mis artículos, envuelto en esa pashmina roja y vestido con americana de tweed. El verano pasado ya cogí el sarampión sólo de verlo domingo a domingo. Y éste —un año mayor— corro peligro de pillar algo más grave. O sea que por favor, que alguien haga algo, quítenle esa bufanda, despójenle de esa americana invernal. Y si no lo hacen por mí, háganlo por los lectores que tenga. Aunque sean tres. No quiero perderlos por eso que ahora llaman un golpe de calor.
3. No hace ni diez días que murió el fotógrafo Horacio Coppola a los 105 años de edad, superando al escritor Ernst Jünger (que murió con casi 103), por hablar de dos hombres que llevan toda mi vida adulta haciéndome compañía. Cuando le preguntaron, pocos años antes de morir, qué le hacía feliz contestó un solo monosílabo: "Ver". Algunos —mientras ver sea también mirar— pertenecemos a ese club más que a ningún otro. Y a ver y a mirar la ciudad como queríamos verla —viva como una novela viva— nos enseñó él, más que ningún otro también.
Como todo pasa por Mallorca, recordaré que lo mismo con Horacio Coppola. En este caso —perdonen ustedes— le invité yo y aceptó encantado. Me explico: para la fotografía de la cubierta de la segunda edición de mi novela Háblame del tercer hombre, elegí una de las suyas: tanto él como su representante estuvieron de acuerdo. Es la imagen de un cine de Buenos Aires que se refleja en la vidriera de la entrada del edificio de enfrente. Una maravilla como todas: sus fotos de avenidas, puertos, barcos, edificios, automóviles, gentío urbano o seres solitarios. Día o noche. Sin Horacio Coppola la memoria del mundo hoy sería mucho más pobre. La mía, sin duda, también.