Nos lo temíamos

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Nos lo temíamos
Nos lo temíamos 

JOSÉ CARLOS LLOP La escena transcurre en un lujoso transatlántico a finales de los años 30. Cena en los salones del buque: ellos van de smoking, ellas de traje largo y con todo el joyero encima. Son ocurrentes, beben champán, se divierten. Una de las elegantes damas se deja llevar por el spleen y le dice al caballero que está a su lado: "me aburro tanto que no sé si suicidarme". Él, raudo, le contesta mientras enciende un cigarrillo con mechero de plata: "no lo hagas, querida; me han dicho que en la otra vida a los suicidas los hacen funcionarios".
La escena pertenece a una vieja película que vi hace años, pero me temo que es más actual ahora que cuando se filmó. El día en que Rajoy apareció ante la prensa con paso marcial y poniendo una boca muy rara –una boca como de buzón antiguo o de máscara dramática del teatro griego– para tratarnos como a niños con su interpretación del rescate bancario y después largarse a Polonia a ver un partido de fútbol, pensé en aquella escena y le dije a quien estaba a mi lado: "los primeros en pagar el rescate bancario van a ser los funcionarios".

Como es sabido por todo el mundo mundial, los funcionarios visten de frac o smoking –según la hora– para ir a trabajar, fuman aromáticos habanos de Vueltabajo y disponen de buenos paquetes de acciones y múltiples stock-options. Como son gente arriesgada y emprendedora, a los funcionarios les gusta hacer grandes negocios inmobiliarios y pactan con los directores generales de las cajas de ahorro unos préstamos fastuosos en condiciones más fastuosas todavía. Y se los dan, claro, porque los directores generales de las cajas de ahorro son gente muy comprensiva que sabe que los funcionarios tienen un sueldo discreto (de mierda, dicen ellos, cuando el funcionario ya se ha ido) y se merecen una oportunidad en la vida. Y claro, como el funcionario no dispone de todas las horas del día para atender su negocio inmobiliario –ha de cumplir con las siete diarias en su negociado y ahora ya le añaden media más– su boyante empresa constructora se va a pique, las cajas a la ruina y sus directores generales a casa con unas indemnizaciones millonarias, que se las merecen, pobrecillos, con tanto sufrimiento y excelencia en la gestión.
Al enterarse de este alto secreto financiero que hoy ofrezco en exclusiva, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional llaman por teléfono a Rajoy y éste les pone su boca de buzón antiguo y les amenaza y les presiona tanto, que deciden soltar 100.000 millones de euros para que cajas y bancos sean saneados de una puñetera vez, tras haber sido saqueadas por los malignos funcionarios de la administración nacional, autonómica y local. Y tímidamente –tanto Drácula Draghi como La Gobernanta Lagarde están acojonados frente al osado Rajoy y su bocota de buzón y sus presiones de forzudo– le dicen: "pero, Mariano, por favor: baja un tres por ciento más a los funcionarios, que son unos cabrones que han llevado a tu país a la ruina. Seguro que Marina d´Or es obra de un funcionario lector de Kafka". Y Rajoy contesta: "ahora no me vengáis con Kafka y estas mandangas, listillos, que tengo que ir al fútbol con unos amigos presidentes y luego me lo pienso. Pero no os preocupéis: desde González a Zapatero, pasando por Aznar, los funcionarios están encantados de que les bajen y congelen el sueldo. Es como un vicio al que le han cogido gusto, los muy cochinos?". Y cuelga, no sea vaya a perder el avión a Varsovia.

En fin: yo no sé si la Administración es el purgatorio y los funcionarios son suicidas que penan en él. Pero si no lo es, cada vez se le parece más. E incluso va tomando fundamento la sospecha de que el funcionario acabará pagando por ocupar su puesto de trabajo. Con las pérdidas que ha tenido hasta ahora ya lo hace en parte, pero puede llegar el momento en que el balance sea completamente negativo y deba poner dinero de sus ahorros, si no los ha gastado ya, para fichar por la mañana. Y no hablemos de la pensión, que no va a ser ni por asomo parecida a la que ha estado cotizando durante su vida laboral. El funcionariado es como la monogamia y ahora, en el ecuador o final de su carrera (porque si está al principio aún puede salir corriendo), el funcionario contempla cómo esa monogamia era una pantomima y creyendo que estaba casado con una mujer –o con un hombre–, resulta que su pareja le ha engañado durante toda su vida matrimonial. No con una o dos personas –el monógamo admite el adulterio como posibilidad natural– sino con cientos. Y sabe que a las puertas de la vejez, como se descuide, llegará a perder la poca dignidad que le quede, hurgando en un contenedor de basuras. Y lo que es peor: se le ha pasado el tiempo del Carpe diem y la hormiga ha olvidado cómo convertirse en cigarra.
Por si acaso, no se suiciden.

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