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Nadal es menos Nadal

 22:00  
 

RAMON AGUILÓ El pasado domingo, ampliando una información previa del Diario de Mallorca, un reportaje de El País daba cuenta de que la Agencia Tributaria había obligado a las sociedades de Rafael Nadal a cambiar de domicilio fiscal; como persona física Nadal siempre ha tenido el suyo en Baleares. Las sociedades, domiciliadas en el País Vasco, con un activo entre 2005 y 2011 de 56 millones de euros, habrían tenido, en el último ejercicio declarado, un beneficio de 19.808.112 euros, por los que se pagaron 10.319 euros de impuestos, pagando estos años, mediante el sistema de compensación, porcentajes inferiores al 1%. Se habrían beneficiado durante seis años de un régimen especial de aquella comunidad para las llamadas sociedades de promoción empresarial. La inspección a Nadal se enmarcaría en un programa de la Agencia investigando a centenares de sociedades radicadas en el País Vasco y Navarra que simulan desarrollar su gestión y actividades en esas comunidades para beneficiarse de una fiscalidad casi inexistente. Según el diario, el administrador único de la sociedad cabeza del grupo es Sebastián Nadal, padre del tenista. La regularización, con el cambio de domicilio fiscal a Manacor, habría supuesto el pago de varios millones de euros, estando en este momento el tenista al corriente de pago en sus obligaciones fiscales.

Parece evidente que la simulación de actividad en un territorio con objetivo de no tributar, o hacerlo mínimamente, conlleva necesariamente la conjugación del verbo defraudar. Desconozco los entresijos de la investigación, de si ha existido o no sanción tributaria. Pero la escueta información es, por sí sola, lo suficientemente relevante como para ensombrecer la imagen del más querido deportista de nuestro país. Puede que haya sido mal aconsejado. Puede que la intervención de la familia haya sido desafortunada, sin calibrar las consecuencias que sobre la imagen de un icono mundial como Rafael Nadal, al menos en Mallorca, podría tener esa alambicada construcción societaria destinada a no pagar casi impuestos. Si esto es motivo de sanción social en circunstancias normales, más lo es aún en momentos en que una gran mayoría de ciudadanos están sometidos a la angustia de la precariedad. Se nos había hecho creer que, mientras otros deportistas de élite fijaban su domicilio fiscal –donde pagan sus impuestos– en paraísos fiscales como Montecarlo, Andorra, etc., Nadal era, además de un deportista ejemplar, un ciudadano ejemplar. Además de ser un tenista extraordinario, inteligente, sacrificado, con una gran fuerza mental, era un ciudadano generoso, humilde, simpático, solidario, que mantenía sus amistades y aficiones de toda la vida. Es verdad que es un deportista que lo da todo. Pero también es cierto que, a excepción de los círculos nacionalistas –que le reprochan que sea del Real Madrid y que se envuelva en la bandera española–, los ciudadanos de este país le han situado en el podio más alto de la admiración y del afecto. En un país tan inclinado al cainismo y a la envidia, Nadal se ha convertido en un referente obligado de cómo nos gustaría ser. Lo que no se explica es que ni Nadal ni su entorno hayan sido sensibles al inmenso caudal intangible que corrían el riesgo de echar por la borda a cuenta de burlar a Hacienda.

Nadal nos ha dado épica y nosotros, soñadores compulsivos o necios espíritus nostálgicos del Todo, hemos creído estar ante un héroe homérico en un mundo huérfano de grandeza, cuando en realidad estábamos ante un hombre como nosotros que seguramente debe estar reclamando para sus adentros el derecho a serlo y a estar sometido a las mismas pasiones y a los mismos errores. Esta es la enseñanza que en su entorno seguramente no han sido capaces de proporcionarle: que acceder a la grandeza, ser de verdad grande, es una servidumbre más dura, más esclava, que cualquiera otra a la que pueda estar sometido nadie, pues nada cuesta tanto como estar a la altura de los sueños de los hombres. Después del ensueño viene la realidad. Uno puede comprender a pringadillos que sobrevivan acumulando escaso subsidio y chapuzas –¡sobrevivir es lo primero!– o que depauperados ciudadanos cambalacheen con facturas sin IVA, pero que se escurran de sus obligaciones tributarias personas como Nadal, con ingresos multimillonarios y con contratos para promoción de Balears con el gobierno autónomo también millonarios, causa desánimo y escándalo. Se nos piden sacrificios muy duros; las reformas que se están impulsando para salir de la crisis, más allá de aspectos concretos, con toda seguridad son necesarias, pero la única forma en que podamos soportarlos no estriba únicamente en una vaga promesa de mejora dentro de dos o tres años. Necesitamos para aceptarlos tener la convicción de que éste es un esfuerzo solidario de todos. Y las figuras más destacadas de nuestra sociedad deben predicar con el ejemplo. No podemos simultanear ese esfuerzo con la connivencia de la política con la corrupción, ni con la pervivencia de costosas burocracias partidarias, sindicales e institucionales, ni con las retribuciones escandalosas de los bancos –con ayudas públicas o sin ellas–, ni con las también escandalosas retribuciones de las empresas de servicios en busca del favor político, ni con el retorcimiento de las palabras del Consejo General del Poder Judicial para conseguir tratar a Urdangarin de forma diferente al resto de los ciudadanos, ni con las anfibológicas palabras del rey, que no sabemos si reclaman una cosa o su contraria, ni con una familia real con privilegios económicos superpuestos a los que ya disfrutan de acuerdo con la Constitución. Creímos, en algún momento, viendo batirse a Nadal en Roland Garros, en Wimbledon, en los abiertos de Australia o Estados Unidos, que la grandeza había abandonado el mundo de la economía y de la política, también de la cultura, que se había refugiado en la épica del deporte, encarnado, dentro y fuera de las pistas, en la persona de alguno de sus hombres, en él. Una fantasmagoría.

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