Fatiga

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Fatiga
Fatiga 

RUBÉN RIAL Todo el mundo sabe lo que es la fatiga y todo el mundo la ha sentido alguna vez. Puede definirse como la dificultad creciente en realizar alguna tarea y que aparece después de haber invertido algún tiempo ejecutándola. Uno se siente exhausto y débil; cualquier tarea adicional parece difícil.
Aunque aún no se conocen bien sus causas, al menos se sabe que hay dos tipos de fatiga: muscular y mental y, entre ambas, hay complejas interacciones. Se ha comprobado que, después de un trabajo mental intenso, la capacidad para hacer esfuerzos musculares disminuye. En la dirección contraria, se ofreció dinero a una serie de voluntarios por realizar un esfuerzo hasta el agotamiento. Por ejemplo, debían pedalear en una bicicleta estática al máximo de velocidad. Al cabo de cierto tiempo, el ritmo de pedaleo disminuía de forma apreciable. Pero, si entonces se ofrecía una cantidad adicional de dinero, el voluntario recuperaba la velocidad inicial. Y, si se le ofrecía aún más dinero cuando volvía a perder el ritmo, volvía a recuperarse. De lo que se deduce que la causa más importante de la fatiga está en el cerebro. Parece que es un recurso mental para dosificar los esfuerzos en función de los resultados esperados. La ley básica del cerebro es la de "si no es imprescindible, descansa; deja para mañana lo que podías hacer hoy"

Todo esto me viene a la cabeza pensando en los esfuerzos de nuestros políticos. Supongo que la campaña electoral es un importante esfuerzo, lo que se traducirá en la correspondiente fatiga. Pero me pregunto si, el 21 N, conocidos los resultados, los esfuerzos y la fatiga permanecerán. Hace ya bastante tiempo, al día siguiente de las elecciones, uno de los políticos elegidos, dijo algo así como "i ara, a Madrid, a perdre la pell lluitant per les Illes". Supongo que si a cada político se le hiciera un análisis de sangre antes y después de conocer los resultados, se encontrarían importantes variaciones, por ejemplo en los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Y si el análisis se repitiera cada mes durante los cuatro años siguientes, los niveles llegarían a mínimos preocupantes, bastante por debajo de los de cualquier mortal trabajador activo, no hablemos de los de cualquier parado. Vamos, que si lo de "perdre la pell" lo dice un político, por decirlo de una forma caritativa, me parece una metáfora un poco exagerada. O más bien "un mucho".
Siguiendo con estas ideas, se me ocurre que sería estupendo si antes de las elecciones todos los políticos se comprometieran a hacerse análisis para obtener datos objetivos sobre sus esfuerzos. Y mucho mejor si se comprometieran abandonar en el caso de que su nivel de estrés resultara ser inferior al de un ciudadano de a pie. Se habría demostrado que, de "perdre la pell" nada, algo que todos intuimos sin hacer grandes esfuerzos. Que su "agotador" trabajo sólo consiste en una agotadora serie de "ejercicios de posaderas", unas veces en los mullidos bancos del congreso, otras en los asientos traseros del coche oficial y otras en las butacas del avión. Clase "Business", por supuesto.
Digo que sería estupendo si se comprometieran a tal cosa, porque casi seguro que seis meses después de las elecciones no quedarían más de una docena de parlamentarios. Los verdaderos trabajadores. O simplemente aquellos que su fisiología, por alguna razón misteriosa, consiguieron que sus cápsulas suprarrenales siguieran activas durante más tiempo que las de sus camaradas. Y claro, a medida que aquellos desaparecían, ellos tendrían que cubrir sus funciones, con lo que quizás, al final acabarían siendo verdaderos currantes, ganándose el sueldo con el sudor de su frente.
Y sería divertido leer los periódicos el día en que pillasen alguno dopándose, como suele ocurrir en algunos atletas. Además de análisis de sangre, también se los harían de orina. Cada día, al terminar "el tajo" el inspector los acompañaría al baño y, ante su atenta mirada, cada uno depositaría el resultado de sus esfuerzos, tanto mentales, como físicos.

Una vez leí —debía ser una broma— que los filósofos presocráticos no se llamaban así por ser anteriores a Sócrates, sino porque defendían un ideal político en el que quienes gobernaban eran los presos. Pero el sistema no podía funcionar. Porque en cuanto los presos llegaban al poder, decretaban una amnistía y, claro, el gobierno caía. La situación actual en nuestro país es una especie de presocracia en la cual el estatus natural del político –y no es broma- debería ser la cárcel. Por los que roban –quizás no tantos como parece- pero si por todos los que parece que cobran sin dar golpe –una mayoría aplastante-. Pero claro, también es una presocracia imperfecta. Porque ellos mismos son los inspectores de su trabajo, ajustan su sueldo, deciden sus tareas, sus premios a la productividad, sus horarios, sus vacaciones, su jubilación?
Así cualquiera.

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