El burka, una exhibición de libertad

 
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JOSÉ JAUME Los jueces de Cataluña han bloqueado la normativa de un ayuntamiento catalán por la que se impide a las mujeres llevar el burka en los espacios públicos de titularidad municipal. La decisión del tribunal ha sido ovacionada tanto por algunas organizaciones feministas como por determinados representantes de la Iglesia católica y, claro, por las agrupaciones islámicas, porque lo que ante todo ha de ser protegido es la libertad de la mujer, de cualquier persona, a vestirse como considere oportuno; curiosa argumentación que puede servir para defender que quien desee ir desvestido en plena ciudad tiene derecho a hacerlo, cosa que no creo que islamistas e Iglesia católica aceptasen sin anunciar un descomunal cataclismo social.
El burka no es un asunto que concierna a la libertad individual de ponerse lo que una mujer considera oportuno; es, siempre, una humillación, un acto de sumisión, consentido o no; la manifestación externa de la supeditación de la mujer al hombre, de la que pasa a ser una esclava. El burka se lleva en la calle; en casa se quita, porque el cuerpo de la mujer es solo para solaz de quien la posee; lo disfruta en exclusiva el dueño y señor de la mujer, que a la fuerza o porque el lavado de cerebro se ha completado, no se rebela y lo viste. Estamos más que familiarizados con muchas sentencias absurdas emitidas por los tribunales españoles, como la de que no existe violación si la mujer no se resiste; que la paralice el miedo, la angustia, alguna vez no ha sido motivo suficiente: para que haya violación hay que ofrecer resistencia, aunque conlleve el riesgo de perder la vida.

Vestirse con el burka o las vestimentas islámicas que cubren rostro y cuerpo de la mujer es lo mismo: una miserable violación de su condición de ser humano. Entiendo la posición de la Iglesia católica: hay intereses comunes con el islamismo, aunque parezca lo contrario, que conviene preservar; también se comprende que las asociaciones islámicas hayan acogido con alivio la providencia judicial (todavía no se ha entrado en el fondo del asunto); su concepto de la libertad, de los derechos de la mujer, es, poniéndole mucha buena fe, peculiar. No soy capaz de comprender, por mucha buena fe que afanosamente busque, el extraño temor que atenaza a ciertas feministas cuando llega la hora de enfrentarse a determinadas prácticas, importadas por la inmigración proveniente de los países musulmanes, que degradan la condición de la mujer como ser humano. Es una situación recurrente, que no parece que quiera ser solventada, porque una absurda mala conciencia les impide denunciar las pautas supuestamente religiosas y culturales de las mujeres musulmanas sometidas a la vejación de la invisibilidad.
Qué razonable argumento puede airear la Justicia catalana para paralizar una ordenanza municipal que intenta evitar lo que para cualquier persona es una llamativa anomalía. Puede que el tribunal estime que en un espacio público, en la calle, una mujer tiene el derecho a ver el mundo a través de una rendija. Entonces, que se admita el nudismo también en plena calle. Si no se hace, es porque vulnera los derechos de la mayoría, a quienes el desnudo puede ofender; ofende, por lo menos con la misma intensidad, la siniestra invisibilidad a la que se somete a una mujer en nombre de unas creencias religiosas, que, algunos nos dicen, no son tales, sino normas que cínicamente son asumidas como tradiciones culturales. En el burka no hay tradición y cultura solo sometimiento. Tampoco es tan complicado como para que los jueces catalanes no lo entiendan.

Además, se está consiguiendo, en nombre de lo que todavía se considera políticamente correcto, engrosar los arsenales ideológicos de la extrema derecha, a la que el discurso contra el burka se le ofrece gratis, sin que la otra parte obtenga la munición necesaria para responderle, porque defender la libertad de la mujer a llevar el burka es oponer pólvora mojada a munición de muy grueso calibre.

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