MANUEL MOLINA DOMÍNGUEZ
Ha fallecido Carlos Magaz y Sangro, si no el mejor (siempre es difícil e injusto establecer categorías), sí uno de los mejores y más capaces abogados especializados en Derecho de Familia que ha ejercido en España durante las últimas décadas, y autor de numerosos artículos, colaboraciones y libros sobre la materia.
Le conocí personalmente hace ahora veinte años en la Escuela de Práctica Jurídica donde él era profesor y yo alumno. Allí Carlos Magaz compartía tareas docentes junto a otros prestigiosos juristas como el también fallecido Enrique Ruiz Vadillo (Presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, y después Magistrado del Tribunal Constitucional), Eduardo Torres Dulce y Juan Ortiz Úrculo (Fiscales en ese momento del Tribunal Constitucional), o Carlos Bueren Roncero (en aquel momento también, Magistrado de la Audiencia Nacional), entre otros. Dicen que un abogado en ejercicio no suele ser buen docente porque no le interesa crearse competencia en un ámbito donde la ídem es feroz. No creo que, como norma general, sea así. Pero si fuera cierto, Carlos Magaz sería claramente una excepción. No sólo era poseedor de una vasta formación, extensísima experiencia profesional, y excelentes dotes pedagógicas, sino que, además, le gustaba enseñar. Le recuerdo no sólo exponiendo los casos prácticos de Causas Matrimoniales, sino acercándose mesa a mesa a todos los alumnos, interesándose sinceramente por nuestras inquietudes profesionales y personales, y dándonos valiosos consejos prácticos.
Se preocupaba así mismo de que arraigara, en quien todavía no lo hubiera hecho, la idea de que en Derecho de Familia el abogado debe velar sin descanso por el interés de quienes son siempre los verdaderamente más necesitados de protección: los menores. Y, también, de la obligación del abogado de impedir que las partes de un proceso matrimonial (incluido el propio cliente, ya sea de forma fría o en un momento de ofuscación) intenten utilizar a esos menores (valiéndose del cariño que el otro progenitor siente por ellos) como moneda de cambio o instrumento de presión para obtener objetivos económicos. Unas ideas cuyo arraigo nunca ha sido tan necesario como en la actualidad.
Años después coincidí con Carlos Magaz en algún congreso profesional al que él acudía como abogado veterano y yo como letrado novel. Siempre me saludó cordialmente y se interesó por los avatares de mi ejercicio profesional. Y me consta que yo no era una excepción para él, y que siempre se siguió preocupando por sus antiguos alumnos con los que coincidía. De hecho, con cierto apuro por mi parte (ya que no quería molestarle), en alguna ocasión en que un asunto complicado me quitaba el sueño, me atreví a llamarle a fin de consultarle una duda. Siempre contestó de forma inmediata a mi llamada, y nunca obtuve un no por respuesta. Y eso, a pesar de que no manteníamos propiamente ningún tipo de amistad, y de que yo para él era un antiguo alumno de los muchos que habían pasado por sus clases. Esa era su generosidad profesional para con los compañeros más jóvenes. Un ejemplo para muchos.
Porque Carlos Magaz y Sangro no sólo ha sido un excelente jurista y meticuloso profesional, sino también –me consta directamente– un caballero en el mejor sentido del término, y, sobre todo, una buena persona. Descanse en paz.