RAMÓN AGUILÓ
Cumpliendo con su rol de inveterado optimista, Zapatero ha declarado en Shanghai que España tiene un futuro del tamaño de Miguelín. Miguelín, como sabrá ya mucha gente, es el autómata bebé de una altura superior a seis metros, diseñado por la cineasta Isabel Coixet, que se ha convertido en lo más visitado y comentado del pabellón de España en la Expo; más que la presencia de Gasol; mucho más que la copia de la copa de campeones del mundo de fútbol que también se expone. Parece ser, porque no es evidente, que la simbología del bebé tiene que ver con el lema de España en la exposición: "De la ciudad de nuestros padres a la de nuestros hijos". Quizá se refiere a la España de hoy, la que unas dos o tres generaciones tomaron en sus manos a partir de la mitad de los setenta y aún hoy detentan, prestos en muy poco tiempo a pasar el relevo. El escritor J.C. Llop, en La ciudad sumergida nos ha regalado el testimonio próximo y poético de una de estas transiciones, la nuestra, la de uno de los cambios más radicales que ha conocido Palma, una de las ciudades importantes del Estado, y que nos ha tocado vivir. Las próximas generaciones deberán enjuiciar la naturaleza de este cambio. No estoy seguro de que su dictamen sea complaciente.
La cosa tiene su guasa. No solamente por la cuestión de la simbología. Un bebé de gran tamaño siempre se ha asociado a la idea de un futuro saludable y en este caso no nos dice nuestro visionario presidente nada que no nos hubiera adelantado antes. Sobrepasábamos a Italia, estábamos a punto de alcanzar a Francia y Alemania podía estar preparándose, ya les comíamos la moral. Comprendo que desde el poder se quieran insuflar ánimos a una ciudadanía deprimida, pero ya estamos bastante hartos de que nos vengan con milongas. Muchos preferiríamos que se nos hablara claro de la situación del país, del esfuerzo que vamos a tener que hacer en todos los órdenes para salir del túnel. Que se nos ofreciera desde el poder un diagnóstico real de la situación y de los instrumentos que se van a poner en juego para superarla. Lo que no puede ser es que se nos echen desde un ministerio globos sonda semana sí semana no sobre impuestos, sobre inversión, sobre reforma laboral, que a los pocos días son matizados o rectificados por otro ministro o el propio presidente del gobierno. Lo que no puede ser es que se implementen medidas en función de los intereses electorales del PSOE y de los partidos que puedan condicionar la aprobación de los presupuestos generales, que a su vez determinan la duración del mandato político.
Dice Azúa en su Autobiografía sin vida que los signos, como la lengua en que se nos enseña a hablar, nos determinan. Y habla del signo que desde Constantino –In hoc signo vinces– hasta casi ayer ha sido omnipresente en nuestras vidas: la cruz. Y de otros signos más recientes que también han periclitado, como la foto del caudillo por la gracia de Dios, en aulas, ayuntamientos, oficinas del Estado, juzgados, en las monedas; su nombre esculpido hasta en las paredes de las iglesias, junto a la cruz. La espada y la cruz. Han desaparecido. La monarquía no es un signo de nuestro tiempo. Está, pero no determina ni nuestras vidas ni las de nuestros hijos. Dice Azúa que el nuevo signo es la pantalla. La pantalla de la televisión y la pantalla del ordenador. Lo que no se muestra en ella no existe. Pero el determinante no es lo que se muestra sino el rectángulo luminoso en que aparece.
Miguelín es un forzado símbolo, que no signo, de una España que, huérfana de proezas en el campo de la ética, de la ciencia, del desarrollo tecnológico, de la educación, proclama su idolatría por el entretenimiento de la calistenia servida por la pantalla determinante: el fútbol, nueva fe, Iniesta, su profeta. Miguelín tiene movimiento, lento, lo que posibilita una suerte de terrorífica presencia que remite al muñeco diabólico. Lo sería si, de repente, comenzara a hablar y repitiera, no como un buda oriental –signo feliz del sensual oriente, contrafigura del terrorífico signo de muerte de occidente–, el mantra del desapego del deseo, sino la necia proclama identitaria: "Yo soy español, español, español".