La estrategia del avestruz

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MANUEL MOLINA DOMÍNGUEZ Las provocaciones de nuestro vecino del sur no son nuevas. Probablemente sea cierta la tesis de algunos analistas en el sentido de que su propio Gobierno necesita provocar, buscando un enemigo exterior permanente (nos ha tocado a nosotros) que desvíe la atención del pueblo de sus propios problemas internos. Entre esos problemas, se me ocurre así a bote pronto, por ejemplo, el extremo contraste entre la inmensa riqueza de su dictador (y cortesanos) por un lado, y la profunda miseria del noventa por ciento de su población por el otro. Algo que en un país con un mínimo de libertad de expresión constituiría un semillero de rebelión. Y que incluso a una dictadura de esas características se le puede escapar de las manos.
Así, hoy se bloquea una frontera, mañana se insulta a las mujeres agentes de policía españolas, pasado mañana se le propinan unos cuantos puñetazos en los ojos a una mujer de mediana edad activista española pro saharaui; y de ese modo –hostigando que te hostigarás– se va probando hasta donde se puede llegar. Y si de paso, con el tiempo, nuestro vecino del sur consiguiera arrancarnos algo de territorio (un islote por aquí, una ciudad –española desde siglos antes de que el propio país vecino existiera– por allá) pues aún mejor: una alegría para sus ciudadanos más nacionalistas; y una satisfacción –siempre recomendable en los tiempos que corren– para un islamismo radical que poco a poco se va extendiendo por la zona (y del que, paradójicamente, hasta el momento nos está salvando de tenerlo más cerca –aquí, a las puertas de Europa– las propias maneras autoritarias de nuestro vecino dictador; motivo de la gran amistad y protección que tradicionalmente le profesan los EEUU).
Por ahora, respecto al territorio nos estamos librando. Por ejemplo, cuando lo de Perejil se actuó con rapidez y eficacia. Aunque fuese un islote que solo sirva para que pasten las cabras, da igual. Mucho se ha ridiculizado el tema desde ciertos sectores, pero la realidad es que: 1º) constituye territorio nacional; 2º) fue ocupado militarmente; y 3º) se recuperó de forma limpia y sin una sola muerte. Y a nadie le gusta que un vecino follonero le robe ante sus propias narices, por ejemplo, la antena del coche (aunque la pieza valga unos pocos euros). Pero si por evitar enfrentamientos se opta por no hacer nada, en poco tiempo –crecido el desaprensivo ante una inacción que podría confundir con debilidad o cobardía– desaparecerían ruedas, motor, y hasta la carrocería del vehículo (y eso sólo si –al tomarnos por el pito del sereno– la cosa no va a más). Por suerte, vivimos en un Estado de Derecho y disponemos de medios legales que nos evitan tener que tomarnos la Justicia por nuestra mano. Y en Derecho Internacional existe, primero la diplomacia, y también (frente al que no respeta esa legalidad) la legítima defensa –proporcional a la eventual agresión– del territorio y ciudadanos de un Estado.
En ese sentido es admirable la política tradicionalmente llevada a cabo por Gran Bretaña. Al menos, admirable para sus propios intereses, que es de lo que estoy hablando. Una diplomacia de mano de hierro enfundada en un guante de terciopelo. Exquisitamente correcta en el trato, pero siempre firme cuando es necesario. Y, sobre todo, una política internacional que –una vez claros los intereses británicos en el mundo– no varía sustancialmente aunque cambie el inquilino del 10 de Downing Street. Con unas líneas maestras respetadas responsablemente por los sucesivos gobiernos británicos sea cual sea su color político. ¡Qué sana envidia! Igualito que aquí, donde Gobierno y miembros de la oposición (en algunos de éstos también se echa en falta a veces una actitud más callada y discreta) se enzarzan, sacándose mutuamente trapos sucios sobre el tema, de forma lamentable.
Lo que está claro es que esconder la cabeza bajo tierra cuando se vislumbra el conflicto (como antiguamente se creía que hacía el avestruz), puede ser una buena estrategia a corto plazo para quienes tendrían que tomar decisiones difíciles (y poco rentables electoralmente) y prefieren evitar mojarse, saliendo del trance lo más airosos posible ("los que vengan detrás que apechuguen"). Pero siempre es desaconsejable a largo plazo.
Aunque tampoco se trata de ser belicoso a la primera de cambio: la guerra es una de las mayores atrocidades inventadas por el ser humano, en la que además siempre pagan los más inocentes, mientras que sus responsables suelen obtener beneficios. Ni tampoco de que no se pueda dialogar y negociar. Lo que pasa es que con según que abusones hay que hacerlo desde la firmeza. Demostrándole al que avasalla que, aunque preferimos no responderle con sus mismas armas, si no nos deja otra opción podemos hacerlo sin dudarlo. A su elección.

Porque los problemas no resueltos no solo suelen enquistarse, sino que –en algunos casos– si no se aplican mínimas medidas quirúrgicas a tiempo, se hacen cada vez más grandes. Y es entonces –cuando esos problemas se han escapado de las manos– cuando no queda más remedio que acudir a tratamientos cada vez más difíciles y drásticos, siempre desagradables de adoptar para toda persona civilizada.
Menos mal que lo del avestruz es sólo una leyenda. Porque si no, a estas alturas no quedaría ni un solo ejemplar en la faz de la Tierra. Por cierto, según el National Geographic (fuente, por lo general, bien informada), el avestruz sabe correr velozmente cuando es necesario para evitar el peligro: una medida muy útil. Aunque, si le acosan, también es capaz de defenderse enérgicamente con pico y garras. Y –lo más interesante– su presencia y actitud puede imponer cierto respeto disuasorio. Un respeto muy saludable.

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