Letizia nos trae la tercera república

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JOSÉ JAUME Se han convertido en un lugar común las informaciones sobre la "guerra fría" existente entre las infantas de España, Elena y Cristina, y la princesa de Asturias, Letizia. Poco a poco, lo que se daba como rumor se ha transmutado en la esencia de muchas crónicas no ya estivales sino de las que presumen de enjundia, porque consideran que en el enfrentamiento existente en la familia real anida el germen de la tercera república. Observar a las hijas del Rey en la boda de su primo en una isla griega (por fin el ex rey Constantino, hermano de la reina Sofía, puede viajar con normalidad al país del que tuvo que exiliarse cuatro décadas atrás por contemporizar primero con los coroneles golpistas y tratar de "borbonearlos" sin éxito después) junto a la mujer del heredero de la Corona, certifica que las relaciones familiares en la casa real andan algo peor que extraviadas. Las infantas no pueden soportar a su cuñada y se les nota; la reina Sofía hace lo que está en su mano (sigue siendo "una profesional"), mientras que el Rey parece que ha iniciado su larga y parsimoniosa despedida, cada vez más incierta tanto por su sustancial bagaje de servicios prestados como por la inestabilidad que algunos vislumbran cuando no esté en la jefatura del Estado.

Es verdad que la Constitución establece nítidamente que la sucesión a la Corona es automática: cuando falte Juan Carlos de Borbón le sucederá Felipe de Borbón. La Constitución no permite legalmente ningún vacío de poder. Pero que no haya vacío legal no quiere decir que no se pueda originar un enorme vacío político y social. Se ha dicho siempre que España no es un país monárquico y sí declaradamente "juancarlista". Tal vez. Lo cierto es que en treinta años España ha dejado radicalmente de ser la que era, y se nota: vaya si se nota. Entonces, ¿podrá Felipe de Borbón ser rey de España sin afrontar problemas de envergadura acompañado de la reina Letizia?
Los problemas pueden venir porque una parte de la derecha no soporta a la mujer del príncipe, no puede con Letizia, y las disensiones familiares entre ésta y las infantas no hacen más que alimentar la animadversión que sienten hacia ella. Basta leer o escuchar a Jaime Peñafiel (el mismo que en otro tiempo lloró sin rubor la muerte del general Franco. Quedó plasmado su llanto en la que entonces era su revista, al publicar el manuscrito del testamento del dictador) para enterarse de por dónde discurre cierta derecha, sobre todo madrileña, que hasta daría por buena la caída de la monarquía, porque les puede la visceralidad. Seguramente los comportamientos y actitudes de la princesa Letizia no ayudan. Es muy difícil formar parte de la familia real, la española o cualquier otra, viniendo de un mundo que no es el suyo. Letizia, princesa de Asturias por su matrimonio con Felipe de Borbón, es una mujer que parece inteligente, al tiempo que poco integrada en el universo de los borbones. La misma situación se ha vivido en otras monarquías europeas. No hace falta explayarse.
Pero la tercera república no vendrá porque una derecha despechada y siempre amiga de las conspiraciones, unos nacionalismos independentistas sin mejor causa que la de proclamarse republicanos de no sé qué república y una izquierda electoralmente irrelevante y consumida por sus querellas internas la deseen como laxante para aliviar sus lentas y pesadas digestiones. La tercera república llegará exclusivamente si la atmósfera que rodea a la familia real se hace irrespirable, que hoy no es el caso, y si el PSOE, sí, el PSOE, por mucho que le duela a la derecha aludida y a los que se niegan a entender nada, se declara republicano, que tampoco va a suceder mañana, acompañado de la pasividad del PP, ante una demanda social inequívoca.

La tercera república será el resultado de todo esto, pero no el de unas crónicas en torno a las desavenencias en la familia real y de la escasa profesionalidad de la princesa de Asturias. Además, si la tercera república ha de venir de la mano de la derecha conspiradora, los nacionalismos independentistas y de la izquierda añorante de los buenos tiempos del comunismo, los republicanos como yo, que no somos tan pocos, no la queremos.

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