EDUARDO JORDÀ
"¿Qué verdad deseaba decirnos Fornalutx?". Así, con esta pregunta, termina el poema que el poeta canadiense Irving Layton escribió a comienzos de los años sesenta sobre el pueblo de la Serra de Tramuntana. Fornalutx, se llama el poema, que ahora también da título a la mejor antología que existe de la poesía de Layton (hay una traducción reciente en la editorial Bassarai). Fornalutx no le gustó demasiado a Layton. "Los bancales hacen que uno se acuerde del infierno", dice un verso, y otro verso habla del calor insoportable, y otro verso se queja del polvo y del ruido, y otro verso lamenta que haya un vertedero cerca de la casa donde vivía el poeta. Mi recuerdo personal de Fornalutx es muy distinto –frío y silencio y aire cortante y limpias casas de piedra–, pero quizá lo único que hizo Irving Layton al escribir aquel poema fue contar cómo se sentía cuando visitó Fornalutx, y quien hervía de calor y de polvo y de ruido era él mismo, así que eso fue lo que vio y sintió en el pueblo y lo que luego escribió en su poema. Layton fue al pueblo buscando la luz, una especie de luz paradisíaca –la del Horno de Luz que él creía ver en el nombre de Fornalutx–, pero se encontró con algo muy distinto. De ese desengaño surgió su poema. Y su pregunta final, esa que nos deja con una inquietante sensación de angustia: "¿Qué verdad deseaba decirnos Fornalutx?".
Estos días, con el triste asunto de los correbous, me he acordado del poema de Irving Layton. Algunos conocemos a Layton porque Leonard Cohen siempre lo consideró su maestro ("Yo le enseñé a vestirse bien, pero Irving me enseñó para siempre a vivir", dijo Cohen cuando Irving Layton murió hace cuatro años), pero no creo que sea un poeta conocido entre nosotros, a pesar de que es un poeta importante. "¿Qué verdad deseaba decirnos Fornalutx?", se preguntaba Layton, y yo también me lo pregunto, y mucha gente tuvo que preguntárselo cuando vio la actitud de algunos de sus vecinos –demasiados, por desgracia– ante la protesta de una pintoresca organización antitaurina. ¿Tan grave era la protesta? ¿Tanto daño le hacía al pueblo? ¿Y había motivo para reaccionar con tanta violencia? Ya sabemos que la protesta era una tontería y una payasada, pero la reacción de la gente del pueblo daba miedo. "¿Qué verdad deseaba decirnos Fornalutx?", se preguntaba Layton en un día de mucho calor. Y qué verdad deseaba decirnos Fornalutx, el día en que unos vecinos quisieron linchar a unos pocos manifestantes que protestaban por las fiestas con correbous (unas fiestas, por cierto, de las que yo no había oído hablar nunca, y de las que ahora se hablará en medio mundo).
La actitud de algunos políticos del pueblo también plantea muchas dudas. ¿Por qué siempre pretenden dar la razón a los vecinos, hayan hecho lo que hayan hecho? Pero desde hace un tiempo se está extendiendo entre nosotros una actitud peligrosa por parte de ciertos políticos, que se ponen siempre de parte del pueblo –o mejor dicho, de lo que ellos consideran "su" pueblo– al margen de las consecuencias de los actos que se han cometido. Y eso es muy grave. Porque parece que las leyes y las normas de convivencia no tienen valor cuando chocan contra los intereses de los particulares. Y porque parece que los caprichos de unos pocos tienen mucho más peso que las normas que garantizan una convivencia en igualdad de condiciones para todos.
Y por desgracia tenemos demasiados ejemplos, algunos terribles, otros ridículos. La reacción de los políticos del Tripartito catalán ante la sentencia del Tribunal Constitucional fue una especie de rabieta de niños malcriados que amenazan a su maestro con desobedecerle delante de todo el mundo. Y hay muchos más. Las autonomías del PP que amagan con insumisiones fiscales o con la no aplicación de la ley del aborto son otra prueba del desprecio a las leyes. En realidad, todos estos políticos se comportan como aquellos sheriffs del Profundo Sur americano que ponían un árbol a disposición de sus ciudadanos cuando éstos se disponían a linchar a un negro. La ley, la estricta aplicación de la ley, es lo único que nos protege de los caprichos y los arrebatos de unos cuantos. "¿Qué verdad deseaba decirnos Fornalutx?", se preguntaba Irving Layton hace cuarenta años. En el caso de los correbous, lo único que deseaba decirnos es que la ley debe estar siempre por encima de todos nosotros, por mucho que nos moleste y nos indigne.