JORGE DEZCALLAR (*)
Un tribunal islámico ha condenado a 99 latigazos, primero, y a muerte, después, a una mujer acusada de adulterio. Al parecer, ella ha aparecido en televisión, donde ha aceptado los hechos, añadiendo el dato truculento de haber matado a su marido con ayuda de su amante, que por lo visto ha desaparecido. No es normal que uno aparezca en televisión haciendo este tipo de confidencias –a saber cómo se han obtenido– y si así ha sucedido debe ser por alguna razón que interesa al régimen, que permite estas sentencias y que da la impresión de tratar de armarse de razón ante la opinión pública internacional antes de permitir su ejecución.
Una sentencia que es al mismo tiempo legal desde el punto de vista local (porque está dictada de acuerdo con la ley y las costumbres vigentes) y una mostruosidad para quienes rechazamos la pena de muerte, y más aún si se inflinge de la bárbara manera que pretenden los que advocan una interpretación literal de la ley islámica.
Desgraciadamente, no es un caso aislado, y cada cierto tiempo nos enteramos de una nueva ejecución pública de gentes mayores de edad por tener sexo fuera de los cauces legalmente establecidos, un delito al parecer mucho más escandaloso que las matanzas que casi a diario nos refieren los medios de comunicación y que proceden de las mismas latitudes.
Hace años, en otro país del Golfo, cuando critiqué una lapidación, me contestaron que no debía pensar que allí se apedreaba a las adúlteras al modo que muestra la Biblia, y me contaron, como signo de "progreso", que el procedimiento preveía meter a la acusada en un saco y descargar sobre ella un camión volquete repleto de adoquines... Me ahorraré los comentarios, aunque el hecho revela lo complicado que resulta a veces debatir ciertos temas sobre los que se abre un insondable foso cultural.
El problema es el Renacimiento, que no se ha producido en el mundo árabe-islámico, a diferencia de lo ocurrido en la Europa cristiana y que supuso una revolución en el pensamiento similar a la que Copérnico desató en los cielos al desalojar al planeta Tierra del centro del universo. Claro que el polaco también era parte de ese mismo movimiento que colocó al hombre en el centro de la creación, como aparece en el techo de la capilla Sixtina, pintada por otro genio del mismo Renacimiento.
Es una revolución que no se ha hecho aún en otras latitudes, donde el individuo está sometido a la colectividad, al grupo, al Estado o a la religión. Un ejemplo nos lo da la celebración estos mismos días del sagrado mes del Ramadán en todo el mundo musulmán, que impone un drástico ayuno desde el amanecer hasta la puesta del sol, y cuya observancia no es tanto una cuestión de piedad individual –lo que sería inobjetable– como una cuestión de orden público que llega a prever castigos a quienes lo incumplan en público, aunque no sean creyentes. Todos quienes hemos vivido en países musulmanes sabemos que son muchos los que no cumplen con el ayuno, pero también sabemos que se ocultan para hacerlo por temor a las consecuencias de un desafío público de la norma, que se impone así al libre albedrío individual. No hace demasiado tiempo que también aquí se imponía la participación en procesiones o la música clásica en la radio durante la Semana Santa.
Creo que la pena de muerte responde a códigos primitivos que poco a poco serán barridos de la faz de la tierra, pero mientras eso ocurre, me parece aún más inacep-table que se castigue con una horrible tortura medieval como es la lapidación, lo que en definitiva no es sino la expresión de una libre opción sexual individual. Que ese castigo no sea ya impuesto por toscos aldeanos afganos sino por un tribunal estatal sólo añade repugnancia ante la sentencia.
(*) Embajador de España
en Estados Unidos