EDUARDO JORDÀ
La mejor explicación taurina que he oído en mucho tiempo la oí en Lyon, en un pequeño restaurante de la rue Saint-Jean, un día de noviembre en que hacía un frío de perros. En la mesa de al lado había una pareja de unos sesenta años, con ese aire sofisticado que es tan inconfundible en Francia (ella llevaba una boina de lana y los labios pintados y fumaba un cigarrillo, mientras que él llevaba un traje negro con un jersey gris de cuello vuelto y no fumaba aunque parecía morirse de ganas por hacerlo). Les acababan de servir dos entrecots, pero no los habían probado porque estaban escuchando con atención al dueño del local. Yo llegué cuando la conversación había empezado, así que no sé cómo surgió el tema ni quién empezó a hablar de toros, si fue el dueño o si fueron ellos. El caso es que el dueño estaba de pie frente a su mesa, y les estaba explicando las diferencias entre el capote y la muleta ("capoté" y "muletá", por supuesto, porque pronunciaba las palabras a la francesa).
El dueño era joven, de unos treinta años, y se parecía un poco al actor Sergi López (si ese parecido era casual o intencionado, eso ya no lo sé). Era un hombre entusiasta, porque se enfrascó tanto en la explicación que cogió con las dos manos la servilleta que llevaba metida en el delantal, y después de apartarse un poco de la mesa, hizo un movimiento muy lento a la altura de la cintura, hasta que trazó un semicírculo en el hueco que dejaban libres las otras mesas del restaurante. Voilà le capote, dijo, y de pronto me di cuenta de que todos los clientes del local se habían quedado en silencio y le estaban mirando con atención. La pareja también parecía fascinada por aquel hombre, que apartó una mesa vacía para tener más sitio libre y cogió la servilleta sólo con la mano derecha. Entonces separó bien las piernas, bajó el brazo hasta el muslo y empezó a moverlo muy despacio, con la vista fija en la servilleta y el cuerpo muy rígido (cuando lo vi, se me ocurrió que aquel hombre hacía toreo de salón en su casa). "Voilà la muleta, pase de pecho", dijo al terminar, y en ese momento volvió a meterse la servilleta en el delantal, colocó la mesa vacía en su sitio y volvió a la mesa de la pareja que todavía no había probado sus entrecots. Y entonces siguió hablando del "paseíllo" y los "picadores", y la pareja continuó escuchándole sin probar los entrecots, aunque los demás comensales del restaurante ya habían vuelto a sus asuntos y se oía el murmullo habitual de las conversaciones del mediodía, entre las llamadas de móvil, los gritos de la cocina y los resoplidos de frío de la gente que entraba aterida y se quitaba el abrigo.
Creo que han pasado dos o tres años desde que vi aquello, pero la escena se me quedó grabada, no sé por qué: aquel hombre que ejecutaba con una servilleta una verónica de ésas que –según me contó José Mateos– hacía como nadie Rafael de Paula. Yo no tengo ni idea de toros, ni me gustan, ni sabía cuáles eran las diferencias entre el capote y la muleta hasta que vi a aquel tipo en un bouchon de Lyon. Pero me llamó la atención el silencio reverencial que se apoderó del restaurante, porque se interrumpieron las conversaciones y la pareja que estaba en la mesa de al lado sonreía complacida por aquel espectáculo que parecía llegar de muy lejos, como si no estuviéramos en Lyon ni hiciera frío en la calle. Me gustó mucho Lyon, pero aquella escena fue lo que más me gustó de toda la ciudad.
Me he acordado de aquello por la polémica de la prohibición de los toros en Cataluña. Si sumamos los partidarios de las corridas de toros que hay en Cataluña con el número de militantes por los derechos de los animales, podríamos calcular que este asunto interesa a unas cien mil personas, no muchas más. Y aun así, este tema que no interesa a casi nadie ha ocupado durante un mes la atención de siete millones y medio de catalanes, y por extensión la de casi cincuenta millones de españoles. ¿No es ridículo? ¿No es para echarse a temblar? Que unos ciudadanos –se supone que racionales– pierdan el tiempo discutiendo estas cosas es una muestra de la insensatez de los tiempos que vivimos. Este asunto sólo debería preocupar a los aficionados, como aquel hombre de Lyon que toreaba –y muy bien– con una servilleta. Errol Flynn, en la película Fiesta, toreaba con algo todavía mejor: un cheque sin fondos. Eso es lo único que se merece la clase política que se ha metido en este lío para simular que tiene algo que hacer.