DANIEL CAPÓ
Vino un día a comer a casa. Le podemos llamar John, aunque en realidad ya no me acuerdo de su nombre. Era un hombre triste, apesadumbrado, y no obstante hacía esfuerzos por sonreír todo el rato. Mi amigo Kevin, que soñaba con entrar en los marines, le preguntaba sobre el ejército. Él contestaba con crudeza: "El ejército es aburrido, la guerra es aburrida y sucia". Años más tarde, cuando vi los documentales de Sokurov sobre la guerra en Armenia o leí la aclamada serie en cómic de Jacques Tardi sobre la I Guerra Mundial, pensé en esa especie de tedio vital del que nos hablaba John: no hay nada épico ni heroico en la guerra, sino sólo muerte, crueldad, horas vacías.
John era el ejemplo de una vida arruinada, fallida a pesar suyo. Quería ser ingeniero cuando le llamaron al Vietnam. Allí luchó y sobrevivió, pero una vez en EE.UU. no regresó a casa ni volvió a ser el mismo. Se movía entre el alcoholismo y la depresión; le gustaba el tacto de los árboles, montar cabañas de Lincoln Logs –el equivalente americano de Lego– y coleccionar chapas de soda. En un giro común a muchos estadounidenses, profesaba la fe de alguna facción de los adventistas. De ese largo día, recuerdo dos frases suyas. La primera es que no estaba dispuesto a pagar con sus impuestos la alimentación de los gatos de La Casa Blanca. La segunda, se la dedicó al entablado artesanal del parqué de la casa: "Mirad cuánto trabajo –nos dijo observando el suelo–, tantas horas, días, semanas, para luego nada". Recuerdo que, en ese momento, pensé que la belleza forzosamente significa algo y que su gratuidad refleja algún tipo de orden espiritual, pero me mantuve callado y no dije nada. Nadie dijo nada. Y al poco empezamos a comer.
Mi amigo Kevin ingresó en los marines, si bien años después lo expulsaron del cuerpo. Fue algo relacionado con los abusos y las novatadas. La paradoja es que evitó ir a la guerra: Afganistán, primero; Irak después. Pero la filtración esta semana de documentos secretos de la guerra en Afganistán –un hecho, sin duda, histórico– nos habla de algo muy parecido a lo que nos contó John ese día: que la guerra es sucia y aburrida. Para decirlo de un modo más apropiado, la guerra es una mierda que mancha y contamina a los que viven en ella. Así, mientras ojeaba en la web las crónicas de este suceso –el gran Andrew Sullivan, por ejemplo, ha titulado en The Atlantic: "La guerra que no se puede ganar"–, pensé en las memorias de un ex alumno de Eton que he leído recientemente. Eton College, la gran fábrica de la aristocracia mundial, uno de los corazones del viejo Imperio Británico. Cuenta el autor que, cuando llegó a Eton con trece años, el director reunió a los nuevos alumnos y les dijo: "Si estudiáis mucho y hacéis amigos y vivís lo suficiente, podréis llegar a ser los regentes del mundo". Eso, pensé, los regentes del mundo que ordenan guerras que no se pueden ganar. Y luego me dije que las guerras tienen la facultad de ensuciar más a unos que a otros, y que no es otra la sustancia de los imperios.